“Felicidades. Su hijo ha sido liberado”. Iván Roman recibió el mensaje del ejército ucraniano este jueves al mediodía. Ni el frío ni las últimas horas de espera empañaron su alegría.
Llevaba sin verlo desde 2022. “¡Tengo buenas noticias! ¡Ha sido liberado!“, le grita por teléfono a un amigo de su hijo. ”¡Grité de alegría!“, cuenta a periodistas. “¡Vuelve! Incluso he hablado con él unos minutos”, exclama. Rusia y Ucrania canjearon el jueves 157 prisioneros de guerra de cada bando, algo que no ocurría desde octubre entre los dos países en guerra.
El hijo se llama Iván, como su padre. Fue capturado por el ejército ruso en noviembre de 2022 en Vugledar, en Donbás, en el este de Ucrania.
Desde entonces, su padre acudió a casi todos los canjes, que por ahora son los únicos avances concretos en las relaciones entre los dos países en guerra desde que Rusia invadió Ucrania en febrero de 2022.
No solo él, sino que su compañero de armas Kolya, de la 72.ª brigada mecanizada, también ha sido liberado. Entre la multitud que lleva horas esperando frente al hospital al que deben llegar los prisioneros, estaba Olga Kurk Malayeva, de 26 años. Sonríe porque por fin podrá ver a su marido después de “tres años y diez meses”.
Ruslan, un militar del 501º batallón de marina fue hecho prisionero en Mariúpol, la gran ciudad del sur de Ucrania que fue sitiada y cayó en manos de Rusia al comienzo de la guerra. “Estoy abrumada por la emoción”, cuenta la joven envuelta en una bandera del cuerpo del ejército de su marido.
Varios amigos la acompañan pero la tensión es tal que Olga llora, se tambalea y le cuesta respirar.
Búsqueda desesperada
Cae la noche cuando por fin llegan los tres autobuses con los prisioneros liberados. A través de las ventanas se pueden ver sus rostros demacrados.
Afuera, en la nieve y la oscuridad, la multitud se agolpa para darles la bienvenida. Iván y Olga desaparecen en medio del caos. La joven consigue abrirse paso hasta la entrada del autobús. Abraza a su marido cuando baja y se aleja con él. Por fin pudo besarlo. “¡Bienvenidos!“, “¡Gracias!”, gritan las personas que forman un desordenado pasillo de honor a los hombres liberados.
Pero también lanzan nombres, como si fueran botellas al mar: los de sus seres queridos desaparecidos o prisioneros, de los que no tienen noticias desde hace meses, o incluso años.
Estas madres, mujeres, maridos y padres desconsolados nunca recibieron el mensaje del ejército. Vienen con la esperanza de que los prisioneros sepan algo de sus familiares. Tras el caos inicial, los prisioneros son trasladados inmediatamente a uno de los edificios del hospital, donde deben someterse a exámenes médicos. Detrás de una ventana, se les ve en una habitación.
Las mujeres se acercan y pegan las fotos de sus seres queridos en el cristal. Uno de los antiguos prisioneros se acerca, mira las fotos y, ante cada una de ellas, niega con la cabeza.
(AFP)
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