
El pueblo de Funes, enclavado en el Tirol del Sur, en Italia se ha convertido en los últimos meses en un verdadero fenómeno de las redes sociales. Sus vistas panorámicas de los picos Odle y la imagen icónica de una iglesia del siglo XV rodeada de montañas han conquistado a usuarios de todo el mundo, quienes comparten incesantemente fotografías y videos de la zona. El efecto viral ha transformado a este enclave de habla alemana, antes tranquilo y reservado al turismo de baja escala, en uno de los lugares más deseados por viajeros internacionales en busca de paisajes de postal.
La popularidad online de Funes lo ha colocado en el mismo grupo que otros destinos “víctimas de su propia belleza”, como el pueblo austríaco de Hallstatt, las terrazas de arroz de Bali o el monte Fuji en Japón. Todos estos lugares comparten el haber sido propulsados por el contenido viral hacia una afluencia masiva de visitantes, atraídos por el deseo de replicar en redes sociales las mismas imágenes espectaculares que vieron en sus pantallas. En el caso de Funes, la viralidad ha situado a la pequeña localidad en el mapa global, pero no sin consecuencias.

El incremento exponencial del turismo ha traído consigo una serie de problemas que afectan tanto al entorno como a la vida cotidiana de los residentes. Según informes recientes de Time Out, la llegada constante de visitantes internacionales ha generado un aumento notorio de intrusiones en propiedades privadas, atascos de tráfico en las estrechas vías del pueblo y un crecimiento de la basura acumulada. La pintoresca iglesia, que durante siglos permaneció en relativa calma, ahora se ve frecuentemente rodeada de turistas armados con cámaras y teléfonos móviles, ansiosos por capturar la “foto perfecta” para sus perfiles digitales.
Estas tensiones entre la comunidad local y los visitantes han obligado a las autoridades de Funes a tomar decisiones drásticas. Con la llegada de la temporada alta, que se extiende desde mediados de mayo hasta noviembre, se implementarán barreras físicas con el objetivo de restringir el paso a quienes no sean residentes ni tengan reservas de alojamiento en el pueblo. Esta medida busca recuperar la tranquilidad y proteger tanto el entorno natural como la vida diaria de los habitantes. A partir de su aplicación, solo podrán acceder en vehículo los residentes y huéspedes con reserva confirmada, mientras que los excursionistas que deseen disfrutar de las vistas deberán caminar unos 15 minutos por un sendero.

El control no termina ahí. Las nuevas barreras, ubicadas en un tramo más ancho de la carretera para evitar embotellamientos, estarán además vigiladas por personal especializado para asegurar su cumplimiento. Esta acción representa el segundo intento del ayuntamiento de Funes por limitar el acceso masivo al área más fotografiada del pueblo. Hace tres años, una iniciativa similar fracasó cuando los turistas encontraron maneras de eludir las barricadas, siguiéndo a los residentes o rodeando los obstáculos con sus coches. Ahora, el refuerzo de la vigilancia pretende cerrar cualquier margen de maniobra.
La presión turística no es un fenómeno aislado en Funes ni en las Dolomitas. En el pasado, algunos negocios locales han instalado torniquetes de pago por uso para disuadir el paso libre de excursionistas por rutas muy frecuentadas, especialmente en tierras privadas cercanas a senderos populares de la zona de Odles. Esta estrategia, que se aplicará nuevamente este verano, busca equilibrar el derecho de acceso con la necesidad de conservar el entorno y reducir la saturación.

Las Dolomitas en su conjunto se han consolidado como uno de los destinos de montaña más codiciados de Italia y Europa. La región, famosa por sus escarpadas cumbres, pueblos de arquitectura alpina y rutas de senderismo de incomparable belleza, ha pasado de ser un secreto bien guardado a figurar entre los lugares más “cool” y fotografiados del continente. Sin embargo, este éxito turístico plantea el dilema de cómo preservar la autenticidad y el equilibrio ecológico frente a la presión de las multitudes.
Para quienes buscan disfrutar de la naturaleza sin contribuir a la masificación ni alterar la vida de los lugareños, existen alternativas menos concurridas dentro de Europa. Diversos rincones de belleza subestimada ofrecen paisajes igual de impresionantes, pero sin la sobrecarga de visitantes ni la tensión social que hoy vive Funes. Así, la creciente preocupación por el turismo responsable empieza a moldear nuevas formas de viajar, centradas en el respeto al entorno y a las comunidades locales.
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