
“El futuro de la guerra no se decidirá entre drones y aviones de combate, sino en la capacidad de integración de tecnologías y tácticas”, sostuvo Aaron Kaplowitz en una columna publicada en The Wall Street Journal, donde analizó los recientes conflictos en Ucrania e Israel como ejemplos de una transformación profunda en la naturaleza de la guerra moderna.
El autor inició su análisis con el impacto que generaron los ataques de drones ucranianos en territorio ruso, los cuales dañaron bombarderos estratégicos que antes se consideraban intocables.
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Según Kaplowitz, la llamada “Operación Telaraña” no solo demostró ingenio tecnológico, sino que desafió supuestos arraigados sobre la guerra contemporánea. “Una fuerza superada en armamento pero ágil, utilizando drones comerciales, logró interrumpir a un adversario mucho mayor. La velocidad, la asimetría y la creatividad superaron a los sistemas heredados”, escribió el fundador de 1948 Ventures.
Pocos días después, el ataque israelí contra instalaciones nucleares iraníes ofreció, en palabras del columnista, “una lección más aguda y duradera: el futuro de la guerra no consiste en que los drones reemplacen a los aviones, sino en la integración”.
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Mientras que Ucrania mostró cómo tácticas inteligentes y ágiles pueden desestabilizar a un enemigo, Israel, según Kaplowitz, “dio una clase magistral de guerra moderna al combinar tecnologías convencionales y nuevas en el campo de batalla”.
El autor detalló que, en el ataque inicial de Israel, “más de 200 aeronaves lanzaron 300 municiones de precisión sobre 100 objetivos iraníes, según las Fuerzas de Defensa de Israel”. Al mismo tiempo, “cuadricópteros israelíes lanzados desde una base secreta dentro de Irán destruyeron lanzadores de misiles dirigidos al Estado judío”.
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Kaplowitz añadió que, mediante vehículos supuestamente introducidos de contrabando en Irán, operativos israelíes desplegaron sistemas de armas y misiles de precisión para destruir baterías antiaéreas. “Actuando sobre inteligencia recopilada durante décadas, Israel apuntó y eliminó a decenas de oficiales militares y nucleares iraníes”, relató el columnista, quien subrayó que en la ofensiva participaron inteligencia humana, operaciones cibernéticas, sistemas no tripulados y aviación tripulada. “Fue una hazaña de orquestación militar moderna”, afirmó.
Para Kaplowitz, la lección es inequívoca: “Las operaciones militares exitosas ya no dependen solo de la potencia de fuego abrumadora o de la novedad tecnológica. Ahora requieren síntesis: aire y tierra, sistemas heredados y de nueva generación, humanos y máquinas”.
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El autor citó a un exgeneral de las Fuerzas de Defensa de Israel, quien le explicó que, tras la operación, los líderes militares israelíes aceleraron sus ciclos de planificación de cinco años a cinco meses. “El ritmo del cambio tecnológico, la difuminación de los entornos operativos y las tácticas cambiantes de los adversarios exigieron ese cronograma más rápido. Para mantenerse a la vanguardia en el campo de batalla, ya no hay tiempo para adaptaciones lentas”, escribió Kaplowitz en The Wall Street Journal.
El columnista advirtió que este mensaje es especialmente relevante para las democracias, en particular para Estados Unidos. “Las guerras del siglo XXI no se ganarán eligiendo entre drones y aviones, entre lo analógico y lo digital, entre inteligencia artificial y la intuición humana. Se ganarán por los ejércitos que los combinen, de manera creativa y continua”, sostuvo.
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Kaplowitz consideró que la campaña de drones de Ucrania es un ejemplo de adaptación. “Frente a un ejército muy superior, Kiev equipó drones comerciales con explosivos y software. Ucrania destruyó más de 40 aeronaves rusas a cientos de kilómetros del frente por una fracción del costo de un solo caza”, explicó el autor, resaltando la eficiencia de estos métodos.
No obstante, advirtió que “aunque los drones baratos representan la punta de la lanza, no son la lanza en sí misma”. Según Kaplowitz, el asalto aéreo israelí requirió “una mezcla de sigilo y fuerza bruta, inteligencia artificial y juicio humano, sistemas no tripulados y pilotos”. Para el columnista, esto representó “la doctrina militar poniéndose al día con la tecnología”.
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El autor identificó en este punto el mayor desafío para el ejército estadounidense. “Las plataformas de armas heredadas de Estados Unidos —tanques, barcos, aviones— siguen siendo formidables, pero a menudo están desconectadas entre sí y de la arquitectura en red habilitada por inteligencia artificial que define el conflicto moderno”, escribió.
Kaplowitz criticó que la innovación se incorpore como un accesorio a hardware obsoleto, en lugar de integrarse en el ADN de la organización. “La inteligencia artificial mejora la precisión de los ataques, pero rara vez informa la estrategia. La interoperabilidad entre lo viejo y lo nuevo sigue siendo irregular, obstaculizada por adquisiciones heredadas y compartimentos burocráticos”, afirmó.
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En la mitad de su artículo para The Wall Street Journal, Kaplowitz señaló que los competidores avanzan con rapidez. Recordó que en 2021, China sorprendió a funcionarios estadounidenses con una prueba de misil hipersónico que dio la vuelta al mundo.
El general Mark Milley, entonces jefe del Estado Mayor Conjunto, testificó que fue “muy cercano” al momento Sputnik chino. Para Kaplowitz, el verdadero asombro residió en la integración detrás del arma: “guía basada en el espacio, propulsión hipersónica y precisión de ataque funcionando en coordinación”. Según el autor, Beijing reconfiguró su ejército en torno a cómo esa capacidad encajaba en su estrategia general.
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En contraste, Kaplowitz sostuvo que Estados Unidos suele tratar las mejoras tecnológicas como complementos, no como catalizadores de una transformación mayor. “Esto deja brechas críticas, tanto frente a China como ante adversarios improvisados en Afganistán e Irak, que demostraron que pueden superar a las fuerzas estadounidenses con tecnología más barata e ingenio”, escribió.
Para cerrar esa brecha, el columnista propuso que las democracias deben aprovechar el poder emprendedor del sector privado. “Las firmas de capital de riesgo y las startups impulsan cada vez más la innovación en el campo de batalla. En Silicon Valley y Tel Aviv, pequeñas empresas suelen ir más allá de lo posible más rápido que los contratistas tradicionales de defensa”, afirmó.
Sin embargo, advirtió que para que esta innovación se traduzca en ventajas estratégicas, los estamentos de defensa deben conectar las tecnologías emergentes con las necesidades militares. “Eso implica repensar las adquisiciones, crear incentivos para la experimentación y hacer que la integración de startups sea la norma”, escribió Kaplowitz.
El autor advirtió que si Estados Unidos no logra reconciliar sus fuerzas de la era industrial con las demandas de la era digital, “ni siquiera un presupuesto de defensa masivo garantizará la superioridad”. Para Kaplowitz, la inteligencia artificial y los sistemas no tripulados deben considerarse componentes integrales de la formación, la cultura de combate y los objetivos. “Un ejército verdaderamente moderno entrena a cada comandante para pensar con drones y escribe la inteligencia artificial en las reglas de enfrentamiento. La integración es un proceso continuo de alinear herramientas, talento y tácticas con la lucha del futuro”, sostuvo.
Kaplowitz enfatizó que esa lucha futura ya llegó. “Las armas hipersónicas, los ciberataques y los enjambres autónomos ya están operativos. Los ejércitos deben moverse más rápido, en el terreno y especialmente en su pensamiento”, escribió. El autor subrayó que lo que diferenciará a los ganadores de los perdedores en esta nueva era será “la creatividad y la coherencia con la que los ejércitos combinen sus activos”. Tanto la improvisación en el campo de batalla de Ucrania como la integración estratégica de Israel, según Kaplowitz, refuerzan esta idea: “Las herramientas importan, pero cómo se usan importa más”.
“Las democracias, limitadas por la rendición de cuentas pública y presupuestos restringidos, no tienen más opción que hacer más con menos, y hacerlo de manera más inteligente. Deben liderar esta evolución no solo con fuerza bruta, sino con imaginación”, escribió Kaplowitz en la parte final de su columna para The Wall Street Journal.
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