
La misión de bombardeo de Estados Unidos que atacó tres instalaciones nucleares en Irán durante el fin de semana representó una de las operaciones aéreas más extensas y exigentes de la historia militar reciente, con pilotos de bombarderos B-2 enfrentando los límites de la resistencia humana en una travesía de 37 horas.
Siete bombarderos furtivos, cada uno con dos tripulantes, partieron sin escalas desde la Base Aérea Whiteman en Misuri, cruzaron medio mundo y regresaron, en lo que se considera uno de los ataques aéreos de mayor duración en la era moderna. Según CNN, la magnitud logística y humana de la operación requirió la coordinación de más de 125 aeronaves, incluyendo cazas, aviones de reconocimiento y de reabastecimiento en vuelo, además de un despliegue de otros bombarderos B-2 que volaron en dirección opuesta como maniobra de distracción.
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El coronel retirado Melvin G. Deaile, quien ostenta el récord de la misión de bombardeo más larga -44 horas sobre Afganistán en 2001-, es una de las pocas personas que comprenden la experiencia de pilotar durante una operación de tal envergadura.
Deaile, actualmente director de la Escuela de Estudios Avanzados de Disuasión Nuclear en el Colegio de Mando y Estado Mayor de la Fuerza Aérea, compartió detalles de su propia experiencia, aunque aclaró que no posee información directa sobre la reciente misión en Irán ni habla en nombre del Departamento de Defensa.
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Deaile calificó la operación del sábado como “una hazaña increíble”. Destacó que “tuvimos siete aviones sobre el área objetivo, ejecutando siete bombardeos diferentes, todo en el lapso de 30 minutos”. Esta sincronización y precisión, según el coronel retirado, marcan un hito en la historia de la aviación militar.
La misión de Deaile en 2001 se desarrolló en los primeros días de la Operación Libertad Duradera, lanzada por el entonces presidente George W. Bush menos de un mes después de los atentados del 11 de septiembre, con el objetivo de atacar a Al Qaeda y los talibanes.
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Los bombarderos de largo alcance y gran altitud, como el B-2, resultaron esenciales para los primeros ataques sobre Afganistán. Durante su tiempo en Whiteman, los pilotos calificados para misiones recibían entrenamiento en simuladores de larga duración, aunque estos rara vez superaban las 24 horas. Antes de su vuelo récord, la misión más extensa de Deaile había durado 25 horas.
La preparación para una misión de este tipo implicaba una planificación meticulosa del descanso. Los médicos de vuelo proporcionaban pastillas para dormir a las tripulaciones en los días previos, con el fin de asegurar el mayor reposo posible antes del despegue. “Sabíamos que si el presidente daba la orden, volaríamos la segunda noche”, relató Deaile.
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El día de la misión, el comandante se despertó entre tres y cuatro horas antes del despegue para asistir a las reuniones informativas junto a su piloto y la tripulación del otro B-2 de la formación. El despegue se realizó en el bombardero furtivo bautizado como “Spirit of America”.

Durante el vuelo, la política exigía que ambos tripulantes permanecieran en sus asientos en momentos críticos: despegue, reabastecimiento, bombardeo y aterrizaje. En los intervalos, se turnaban para dormir en una pequeña litera improvisada detrás de los asientos.
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Deaile explicó que, aunque tal vez hayan mejorado la comodidad en los últimos 20 años, en su época se trataba de una camilla modificada donde el tripulante fuera de servicio podía descansar entre tres y cuatro horas entre reabastecimientos aéreos. Dormir resultaba complicado debido a la ansiedad inherente a una misión de combate, pero el agotamiento físico terminaba imponiéndose.
El vuelo de Deaile cruzó el Pacífico, bordeó el sur de la India y luego viró hacia el norte en dirección a Afganistán. El avión recibió combustible varias veces en pleno vuelo. La exposición a la luz solar durante casi 24 horas alteraba el ritmo circadiano, dificultando la somnolencia. Para combatir el cansancio, los médicos de vuelo autorizaban el uso de “go pills”, anfetaminas que ayudaban a los pilotos a mantenerse despiertos. Deaile subrayó que las políticas podrían haber cambiado desde entonces y que su experiencia no necesariamente refleja la de las tripulaciones actuales.
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El B-2, fabricado por Northrop Grumman, es uno de los bombarderos más costosos y avanzados del mundo, pero las condiciones a bordo distan de ser lujosas. El sanitario consistía en un inodoro químico, utilizado solo en emergencias para evitar desbordes, y carecía de divisores que brindaran privacidad. “La privacidad es que el otro mire hacia otro lado”, bromeó Deaile.
La deshidratación por la altitud y la cabina presurizada obligaba a los pilotos a beber aproximadamente una botella de agua por hora. Para orinar, utilizaban “piddle packs”, bolsas similares a las Ziploc llenas de arena para gatos. Deaile y su compañero calculaban el peso acumulado de estas bolsas como una forma de pasar el tiempo durante las 44 horas de vuelo.
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La alimentación también presentaba desafíos. Ambos pilotos llevaban almuerzos y recibían comidas diseñadas para consumir en vuelo, pero la falta de actividad física durante tantas horas reducía el apetito. El espacio en la cabina permitía caminar un poco, aunque no lo suficiente para ejercitarse.
La misión sobre Afganistán incluyó varias horas sobre el país, con múltiples bombardeos. Inicialmente, el plan no contemplaba una duración de 44 horas, pero tras abandonar el espacio aéreo afgano, recibieron la orden de regresar para una segunda pasada.
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Tras completar la misión, aterrizaron en Diego García, una base militar en una isla a unos 1.770 kilómetros (1.100 millas) al suroeste de la India. Durante la sesión de debriefing, los pilotos revisaron videos de los objetivos alcanzados, comieron, se relajaron durante una hora y finalmente pudieron dormir.
El teniente general retirado Steven Basham, quien pilotó B-2 sobre Serbia en 1999 durante su primer uso en combate, compartió con CNN que el despegue probablemente representó “el momento más surrealista” para las tripulaciones de la reciente misión. “Están ejecutando una misión que nadie en el mundo conoce, salvo unos pocos”, afirmó Basham.
Un aspecto singular de la operación del sábado fue la carga de cada avión: bombas GBU-57 Massive Ordnance Penetrator (MOP) de 13.600 kilogramos (30.000 libras), diseñadas para penetrar profundamente en las montañas donde, según funcionarios estadounidenses, se fortificaron elementos del programa nuclear iraní. Fue la primera vez que este tipo de bomba se utilizó en combate, y solo los B-2 pueden transportarlas. Siete bombarderos llevaron en total más de una docena de estas bombas.
Basham explicó que la pérdida repentina de varias toneladas de peso tras el lanzamiento probablemente tuvo un impacto mínimo en una aeronave tan avanzada como el B-2.
El regreso a Misuri implicó nuevos reabastecimientos en vuelo, que Basham describió como “probablemente los más difíciles que hayan experimentado los tripulantes agotados”. No obstante, destacó que “lo que los animará será volver a entrar en la costa de Estados Unidos y recibir ese ‘bienvenidos a casa’ de un controlador estadounidense”.
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