
En medio de la confusión y el temor, muchos habitantes de Teherán han optado por pasar la noche en estaciones de metro, ante la falta de refugios antiaéreos accesibles y la amenaza constante de los bombardeos.
La capital de Irán enfrenta una situación crítica tras los ataques aéreos de Israel, que han dejado a la población sin información confiable, con servicios interrumpidos y con la sensación de que deben valerse por sí mismos. La ciudad permanece prácticamente paralizada, con calles vacías, comercios cerrados y comunicaciones inestables, mientras la población busca desesperadamente seguridad y respuestas.
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Los bombardeos israelíes, dirigidos a destruir el programa nuclear y la capacidad militar del régimen persa, han dejado al menos 585 muertos y más de 1.300 heridos, de acuerdo con una organización de derechos humanos, mientras que gran parte de su sistema de defensa aérea quedó fuera de combate, lo que, según las Fuerzas de Defensa, les permite operar sus aviones sin restricciones sobre los cielos de la ciudad.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, instó a los cerca de 10 millones de habitantes de Teherán a evacuar “inmediatamente”, sin aportar mayores detalles o precisiones sobre su advertencia.
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Miles han intentado huir hacia los suburbios, el mar Caspio o incluso hacia Armenia y Turquía, pero muchos, especialmente ancianos y enfermos, permanecen atrapados en edificios altos sin posibilidad de desplazarse.
La falta de información agrava la angustia de los residentes.
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Los medios locales, también afectados por los bombardeos, han dejado de informar sobre los ataques, lo que dejó a la población en la incertidumbre máxima.
“No sabemos si mañana estaremos vivos”, expresó Shirin, una residente del sur de Teherán, en declaraciones a The Associated Press.
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Las comunicaciones son tan precarias que muchas llamadas se interrumpen abruptamente, ya sea por nerviosismo o por la pérdida de señal. El gobierno iraní ha reconocido la suspensión del acceso a internet, argumentando que se trata de una medida para proteger al país y evitar que Israel se valga del servicio para sus operaciones, aunque esto impide que los ciudadanos accedan a noticias del exterior.

Toda esta situación ha obligado a las familias a tomar decisiones difíciles. Un investigador de derechos humanos iraní-estadounidense relató en diálogo con The Associated Press que la última vez que supo de sus familiares fue cuando intentaban abandonar Teherán a principios de la semana, pero la falta de gasolina y el tráfico les impidió salir.
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“No sabemos a dónde ir. Si morimos, morimos”, le dijeron sus primos mayores, a la par que él lamentó: “Su única sensación era la desesperanza”.
Otras familias han optado por separarse para proteger a los más vulnerables. Un refugiado afgano de 23 años, que lleva cuatro años viviendo en Irán, contó que decidió quedarse en Teherán, pero envió a su esposa y a su hijo recién nacido fuera de la ciudad después de que un ataque dañara una farmacia cercana.
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“Fue un golpe muy duro para ellos”, explicó.
Para otros, como Shirin, abandonar la ciudad no es una opción viable. Su padre, que padece Alzheimer, necesita una ambulancia para trasladarse, y su madre, con artritis severa, no podría soportar ni siquiera un viaje corto.
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A pesar de ello, intentó reunir medicamentos con la esperanza de poder escapar y su hermano esperó en una gasolinera hasta las 3 de la mañana, pero tuvo que marcharse cuando se agotó el combustible.
La gasolina está racionada a menos de 20 litros por conductor en todo el país desde el lunes, tras un ataque israelí que provocó un incendio en el mayor yacimiento de gas del mundo.
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El agotamiento y la resignación también se hacen presentes.
Arshia, un joven de 22 años, decidió permanecer en casa con sus padres desde el primer ataque israelí, aunque su barrio, Saadat Abad, en el noroeste de Teherán, se ha transformado en un pueblo fantasma: las escuelas están cerradas, casi nadie sale a la calle y muchas tiendas han agotado productos básicos como agua potable y aceite de cocina.
“No tenemos los recursos para irnos en este momento (pero) no quiero pasar 40, 30 o 20 horas en el tráfico, solo para llegar a algún lugar que podría ser bombardeado”, dijo.
La ausencia de una respuesta estatal efectiva ha dejado a los residentes a su suerte.
Cuando los ataques comenzaron antes del amanecer del viernes, ninguna sirena antiaérea sonó en Teherán. Para muchos, esto fue una señal de que tendrían que arreglárselas solos.
Durante la guerra entre Irán e Irak en la década de 1980, la ciudad contaba con casas con sótanos y simulacros de ataques aéreos, pero la actual proliferación de rascacielos densamente poblados carece de refugios adecuados.
“Es un error del pasado que no construyeran refugios, a pesar de que hemos estado bajo la sombra de una guerra desde que tengo memoria”, dijo un vecino de la capital.

En su lugar, la respuesta del régimen se ha limitado a la apertura de mezquitas, escuelas y estaciones de metro como refugios, pero muchas de estas instalaciones están ya cerradas o saturadas.
El viernes por la noche, cientos de personas se congregaron en una estación de metro de Teherán y familias enteras se acomodaron en el suelo, buscando protección.
Todos sentían pánico por la situación. Nadie sabe qué pasará después, si habrá guerra en el futuro y qué deberían hacer. La gente cree que ningún lugar es seguro para ellos”, dijo una joven que estuvo en el lugar aquella noche.
El miedo en Irán se entrelaza, a su vez, con el temor a largo plazo a las acciones de Israel.
Para Shirin, la situación es compleja: aunque se opone a la teocracia y a la represión hacia las mujeres, le incomoda la idea de que un gobierno extranjero decida el destino de su país.
“Por mucho que deseemos el fin de este régimen, no queríamos que se produjera de la mano de un gobierno extranjero. Habríamos preferido que, si iba a haber un cambio, fuera resultado de un movimiento de la gente en Irán”, comentó-
(Con información de AP)
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