
En un campo de aspecto ordinario, bajo el cielo despejado de junio de 2015, George Powell y Layton Davies caminaban en silencio, arrastrando sus detectores de metales por la tierra húmeda de Herefordshire, Inglaterra. Habían elegido esa parcela con precisión quirúrgica, tras semanas de estudio y mapas topográficos.
El lugar, al norte de Leominster, se abría como una promesa: colinas con nombres antiguos como Kings Hall Hill y Kings Hall Covert, una zona que sugería un pasado regio y enterrado.
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Cuando la máquina de Powell emitió un pitido agudo, ambos hombres comenzaron a cavar. No sabían que, en ese momento, estaban abriendo la tapa de un cofre invisible y milenario que cambiaría sus vidas, y con ellas, también la historia de la Inglaterra medieval.
Debajo de la tierra removida, emergieron piezas que parecían salidas de una leyenda: un anillo de oro macizo, un brazalete en forma de serpiente que se ajustaba como una armadura ligera alrededor del brazo, un colgante con una esfera de cristal de roca sostenida por delicados filamentos.
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Lo más impactante, sin embargo, vendría después: bajo la joyería reposaban más de 300 monedas de plata y lingotes cuidadosamente alineados.
El hallazgo, según informó The Guardian, parecía haber sido escondido por un guerrero vikingo alrededor del año 878, probablemente durante una retirada del ejército nórdico tras ser vencido por Alfredo “El Grande” en Wiltshire.
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La legislación británica es clara: cualquier persona que descubra un objeto metálico de más de 300 años de antigüedad debe reportarlo al forense local en un plazo no mayor a 14 días.

Según contó ABC News, el objetivo de esta norma, estipulada por el Treasure Act de 1996, es garantizar que hallazgos arqueológicos de valor patrimonial puedan ser preservados en museos y estudiados por historiadores.
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Quien cumple este proceso puede recibir una recompensa, dividida entre el detectorista, el propietario del terreno y el ocupante del mismo.
Pero Powell y Davies eligieron otro camino. Dos días después del descubrimiento, se presentaron en un mercado de antigüedades en Cardiff llamado The Pumping Station. Allí mostraron algunas piezas al comerciante de monedas Paul Wells, quien comprendió de inmediato la magnitud del hallazgo.
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El colgante de cristal, según determinó luego un experto, era probablemente del siglo V o VI; el brazalete y el anillo, del siglo IX.
Pero entre las monedas, se destacaba una rareza inaudita: los ejemplares conocidos como “dos emperadores”, con las efigies de Alfredo de Wessex y Ceolwulf II de Mercia, dos reyes anglosajones que, hasta ese momento, no habían sido documentados juntos en ninguna representación monetaria.
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Según ABC News, estos hallazgos tenían un valor económico descomunal, estimado en más de 3,8 millones de dólares, según la policía británica y un coleccionista que compró parte de las piezas. Además, estaban transformando el conocimiento histórico sobre un período crítico de formación del reino de Inglaterra.
Gareth Williams, curador de monedas medievales y colecciones vikingas del Museo Británico, sostuvo que la evidencia numismática revelaba un posible pacto entre los dos monarcas, lo que forzaba a los académicos a revisar las fuentes escritas de la época.
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“Las monedas nos están dando una comprensión distinta de la historia”, declaró a The New York Times.
Los dos hombres, se pusieron en contacto con otro cazador de tesoros, Simon Wicks, y llevaron algunas monedas a la casa de subastas Dix Noonan Webb, en Mayfair, Londres.
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Según The Guardian, allí, uno de los especialistas del lugar se quedó sin palabras al observar dos de las monedas de los “dos emperadores”. Estimó que cada una podría alcanzar un valor de hasta 200.000 dólares.
Mientras tanto, los rumores comenzaron a circular en la comunidad detectorista. El oficial de enlace de hallazgos de Herefordshire, Peter Reavill, decidió intervenir. El 6 de julio, 33 días después del hallazgo, escribió a Powell y Davies con una simple pregunta: “¿Tienen algo que reportar?”. Pero negaron todo.
Según The Guardian, tiempo después, y presionados por la creciente atención de las autoridades, entregaron algunas joyas y un lingote, pero insistieron en que las monedas eran pocas, estaban dañadas y que no valía la pena reportarlas.
La policía comenzó a rastrear el origen de las monedas desaparecidas; encontraron en casa de Paul Wells cinco de ellas cosidas dentro de una lupa. Cuando fue arrestado, dijo: “Sabía que esto iba a pasar”.
Según The New York Times, en paralelo, los detectives recuperaron fotografías del tesoro en un hoyo recién cavado, imágenes que Powell y Davies habían eliminado de sus teléfonos, pero que los sistemas forenses pudieron restaurar.
El juicio se llevó a cabo en la Corte de Worcester. Powell fue condenado a 10 años de prisión; Davies a 8 años y medio. Simon Wicks recibió una sentencia de cinco años, y Paul Wells fue hallado culpable de conspiración para ocultar bienes criminales.

Según declaró el juez Nicholas Cartwright, el verdadero crimen no fue el hallazgo, sino el deseo de conservar el tesoro en secreto.
Sin embargo, la historia judicial no terminó allí. En enero de 2024, se emitió una orden de arresto contra George Powell, quien debía comparecer ante el Tribunal de Magistrados de Birmingham.
La cita judicial no era por un nuevo delito, sino por una audiencia clave: debía responder por no haber pagado los 800.000 dólares, que un juez había determinado como el valor atribuible a su porción del tesoro desaparecido.
La multa formaba parte del proceso de recuperación de bienes bajo el Proceeds of Crime Act británico. Powell no se presentó y, desde entonces, es buscado por las autoridades.
Por su parte, Layton Davies, su compañero detectorista, tampoco pagó su parte correspondiente del botín desaparecido.
Por ese motivo, su sentencia fue ampliada, recientemente: debe cumplir cinco años y tres meses adicionales de prisión, una prolongación directa de su condena anterior, producto del incumplimiento económico derivado del robo.
A pesar de las condenas, gran parte del tesoro sigue desaparecido. Según ABC News, de las 300 monedas, solo se han recuperado 30.
Los investigadores creen que los condenados o sus cómplices saben dónde están las piezas restantes. La policía ha hecho un llamado público para recuperar el patrimonio, y la investigación continúa abierta.
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