El error de la prensa al subestimar a Hitler al inicio de su carrera política: “Es de una insignificancia sorprendente”

La revista The Atlantic recuerda que, antes de convertirse en el “Führer”, fue despreciado y subestimado por políticos, medios y ciudadanos, pero logró explotar el resentimiento colectivo para llegar a la cima y desencadenar una tragedia global

Durante la República de Weimar, Hitler fue objeto de burlas por su antisemitismo, su aspecto físico y su fallida carrera artística
Durante la República de Weimar, Hitler fue objeto de burlas por su antisemitismo, su aspecto físico y su fallida carrera artística
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En diciembre de 1931, la influyente periodista estadounidense Dorothy Thompson visitó la sede del Partido Nazi en Múnich para entrevistar a un hombre cuyo ascenso en las encuestas alemanas comenzaba a preocupar al mundo: Adolf Hitler.

Sin embargo, apenas unos segundos después de entrar en su oficina, Thompson concluyó que ese sujeto no tenía el calibre para liderar un país. Lo calificó como una figura de una “insignificancia sorprendente”. Menos de un año después, Hitler fue nombrado canciller.

La percepción de Thompson no fue una excepción. A comienzos de los años ‘30, buena parte de la prensa alemana, numerosos corresponsales internacionales y una mayoría de ciudadanos alemanes compartían esa misma impresión: Hitler no era más que un personaje ridículo en la escena política.

Sin embargo, esa burla colectiva no detuvo su avance. Como escribe Timothy W. Ryback, la pregunta persiste: ¿cómo fue posible que tantos se equivocaran tan rotundamente?

Objetivo de sátira

Durante los años de la República de Weimar, Hitler fue objeto constante de escarnio. Se destacaba su fracaso escolar, su trayectoria frustrada como artista, su escaso rango militar en la Primera Guerra Mundial y, sobre todo, su antisemitismo virulento pese a no encarnar el ideal ario que promovía.

Hasta su apellido fue blanco de bromas: derivado de variantes como Hüttler, sonaba, para los oídos del norte alemán, como algo campesino y provinciano. “¿Hüttler? ¿Hüttler?”, se burlaba Vorwärts, el órgano socialdemócrata, en 1932. “Suena tan gracioso”.

Ni siquiera en Baviera, donde Hitler había iniciado su carrera política, era tomado en serio. En 1922, un ministro del Interior propuso deportarlo a Austria. La idea fue rechazada con el argumento de que se trataba de una figura cómica que pronto volvería a la irrelevancia.

Intentos ridículos de nacionalización

Hitler, nacido en Austria, necesitaba la ciudadanía alemana para poder postularse a cargos públicos. En 1930, tras ser rechazado por las autoridades bávaras, Wilhelm Frick, primer nacional-socialista en ocupar un cargo ministerial, lo nombró comisario de policía en un remoto pueblo de Turingia.

Georges Didi Huberman
La prensa internacional oscilaba entre la burla y el desprecio hacia Hitler, aunque algunos reporteros documentaron su impacto emocional en los mítines (AP)

El puesto era legalmente válido, pero políticamente humillante. Hitler quemó los papeles del nombramiento apenas regresó a Múnich. La prensa se enteró de todos modos y lo apodó el “Gendarme de Hildburghausen”.

Su segundo intento fue igualmente embarazoso. En 1932, logró obtener la ciudadanía en Braunschweig como funcionario de rango medio. Al llegar a prestar juramento, tropezó en la alfombra, dejando a sus seguidores congelados en un saludo nazi mientras él se precipitaba hacia el suelo. Un observador comparó la escena con “Napoleón en ropa interior”.

La derrota electoral y su momentáneo descrédito

Con la ciudadanía asegurada, Hitler se postuló para la presidencia frente al venerable Paul von Hindenburg, de 84 años. En los afiches de campaña, se lo caricaturizaba como un pigmeo exaltado frente a un Hindenburg titánico. Perdió por seis millones de votos.

Cuando intentó impugnar el resultado, fue desestimado por el juez, quien le recordó que esa diferencia no podía atribuirse a irregularidades.

Tras obtener el 37 % en las elecciones parlamentarias, exigió ser nombrado canciller. Hindenburg lo rechazó tajantemente por considerarlo un extremista incapaz de comprometerse. El periodista Konrad Heiden resumió el momento así: “Toda Alemania lo vio subir las escaleras del poder. Toda Alemania lo vio caer de nuevo”.

En una escena mediática marcada por la polarización, Hitler era fustigado sin tregua por los periódicos de izquierda y centro. Incluso los medios conservadores lo respaldaban con reservas, criticando su intransigencia para formar coaliciones. Solo Völkischer Beobachter y Der Angriff, portavoces del partido nazi, reproducían sus discursos. Para sortear ese cerco informativo, Hitler alquilaba aviones de Lufthansa y recorría el país a ritmo frenético: hasta cinco mítines diarios.

Contactos con la prensa extranjera

Ernst Hanfstaengl, su enlace con el mundo anglosajón, organizó entrevistas con periodistas de Estados Unidos y Reino Unido. Una de ellas fue con Dorothy Thompson, quien lo definió como “el prototipo del hombrecito”. También lo entrevistó Harold Callender, de The New York Times, quien lo observó con ironía: agitado, gesticulando, repitiendo eslóganes y frases violentas contra el marxismo.

Dorothy Thompson hitler portada
La periodista Dorothy Thompson describió a Hitler en 1931 como una figura “insignificante”

Aunque en entrevistas no admitía abiertamente que el antisemitismo fuera pilar del partido, su retórica dejaba claro que su proyecto implicaba modificar radicalmente el orden constitucional.

Un caso excepcional fue Sefton Delmer, reportero del Daily Express de Londres, quien ofrecía una cobertura favorable. Describió multitudes enfervorizadas aclamando a Hitler y llegó a acompañarlo en su avión de campaña. En noviembre de 1932, cuando el líder nazi parecía políticamente acabado, Delmer lo entrevistó en Weimar. Hitler le aseguró: “En menos de cuatro meses llegará nuestro día”.

Mientras el partido se debatía entre sectores radicales y moderados, Hitler canceló repentinamente una reunión clave en Berlín, siendo interceptado por Göring en pleno trayecto en tren. Vorwärts se mofó publicando una caricatura suya en camisón. La prensa lo daba por acabado.

No obstante, Hitler no parecía afectado. Declaró al canciller von Papen que ponía la causa por encima de los ataques personales. Su abogado, Hans Frank, explicó que Hitler decía en voz alta lo que muchos pensaban, ofreciendo un plan para canalizar su resentimiento.

Más allá del ridículo: el poder de la emoción

El embajador estadounidense Frederic Sackett advertía que la base de seguidores de Hitler no se debilitaba pese a sus fracasos. El psiquiatra Hans Prinzhorn lo explicó con claridad: Hitler lograba suspender la razón en sus mítines mediante un uso calculado de ritmo, volumen, pausas y repetición. Esa conexión emocional, escribió, lo hacía invulnerable a los ataques racionales de periodistas y opositores.

Las circunstancias cambiaron drásticamente en 1933: Hitler pasó de ser ridiculizado a ocupar el cargo de canciller de Alemania
Las circunstancias cambiaron drásticamente en 1933: Hitler pasó de ser ridiculizado a ocupar el cargo de canciller de Alemania

Para fines de 1932, incluso The New York Times creía que Hitler había alcanzado su techo. En enero de 1933, Vorwärts publicó una caricatura titulada “El nuevo Hamlet”, con Hitler meditando en un cementerio lleno de tumbas nazis. Seis días después, fue nombrado canciller.

Ryback concluye que el hombre que Dorothy Thompson ridiculizó como “insignificante” era el mismo que alcanzó el poder en 1933. Lo que cambió no fue él, sino las circunstancias.

Pese a estar endeudado, dividido internamente y al borde del colapso político, una serie de maniobras en los pasillos del poder lo catapultó a la cima. La risa se apagó. La tragedia comenzó.

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