
La catedral de Notre Dame de París reabre sus puertas al público este fin de semana al término de una exhaustiva restauración de cinco años, con un espectáculo musical el sábado y una misa solemne al día siguiente.
Con esta reapertura, no solo recupera su protagonismo como lugar de culto, sino que también renueva su atractivo como uno de los principales destinos turísticos del mundo.
A continuación, cinco aspectos de su historia casi milenaria que merecen ser redescubiertos.

Maurice de Sully, el primer constructor
Maurice de Sully soñaba con levantar la catedral más grande del mundo occidental.
Un proyecto ambicioso para un hombre nacido campesino que se convirtió en obispo de París en 1160. No provenía de una familia poderosa, pero contaba con el apoyo del rey Luis VII el Piadoso, con quien había estudiado en la escuela catedralicia de París.
El siglo XII fue una época de expansión para la cristiandad, debilitada por herejías y cismas. Gran predicador, Maurice de Sully estaba convencido de la necesidad de exaltar el poder de la Iglesia.
Según sus planes, la catedral, construida después de haber erigido cuatro iglesias en la isla de la Cité, tenía que ser la más grande y alta. Tendría torres y una aguja coronada por un gallo para despertar a los cristianos dormidos.
La tradición sitúa la colocación de la primera piedra en 1163. Maurice de Sully, fallecido en 1196, no llegó a ver la finalización de la obra, hacia 1345.

Un almacén de vino
Durante la Revolución Francesa la catedral pasó a ser propiedad del Estado. Un Te Deum se entonó el 25 de septiembre de 1792 para celebrar la proclamación de la República.
Con la abolición del culto católico en 1793, Notre Dame se convirtió en un “templo del raciocinio”, con un altar dedicado a la diosa Razón. Las estatuas de reyes y santos de la fachada fueron decapitadas o destruidas en fragmentos que quedaron dispersados por todo París.
En 1794, Robespierre hizo aprobar la existencia de un “Ser Supremo”, cuyo culto no necesitaba edificios religiosos. Las celebraciones se realizaron al aire libre.
Abandonada y deteriorada, la catedral terminó siendo un depósito de vino para el ejército.

La coronación de Napoleón
Napoleón eligió Notre Dame para su coronación como emperador. Era el primer soberano francés en hacerlo. Antes de él, solo Enrique VI de Inglaterra fue coronado rey de Francia dentro de sus muros, en 1431.
Para la coronación del emperador se restauró rápidamente la catedral. Las casas de numerosos vecinos fueron expropiadas y demolidas para crear una gran plaza con tribunas.
El edificio fue blanqueado con cal y decorado con tapices llenos de emblemas del Imperio, que bloqueaban la entrada de luz natural.
Un trono imperial dominaba el interior. Se accedía mediante una escalera de 24 escalones cubiertos con alfombra azul.
Un segundo trono fue preparado para el papa Pío VII, relegado prácticamente al papel de testigo en el autocoronamiento de Napoleón.
La ceremonia, inmortalizada por el pintor David, duró tres horas en el frío glacial del 2 de diciembre de 1804.

Salvada por una novela
Fue tras la publicación de la novela de Victor Hugo “Nuestra Señora de París”, en 1831, cuando la opinión pública tomó conciencia del estado de deterioro de este tesoro gótico.
Tras multitud de revoluciones, saqueos e incendios, el monumento estaba en ruinas y las autoridades sopesaron incluso la idea de demolerlo.
“Es difícil no suspirar, no indignarse ante las degradaciones y mutilaciones que el tiempo y los hombres han infligido al mismo tiempo a este venerable monumento”, escribió Victor Hugo.
En su obra, Hugo personifica la catedral como una mujer de carne y piedra, despertando una emoción colectiva.
El éxito de la novela llevó a la creación del servicio de monumentos históricos en 1834, que nombró a Eugène Viollet-le-Duc como arquitecto encargado de su restauración.
La obra duró más de 20 años y devolvió a la catedral el aspecto que mantuvo hasta el incendio de 2019.

Quimeras no tan medievales
Si bien las gárgolas de las canaletas de Notre Dame son medievales, las quimeras de la balaustrada fueron añadidas por el arquitecto Eugène Viollet-le-Duc en el siglo XIX.
Inspirada en las caricaturas de Honoré Daumier, esta colección de criaturas fantásticas en forma de monos, hombres salvajes, dragones y pelícanos, vigilan París.
Una de ellas, la Estirge, un vampiro alado, cornudo y sacando la lengua, se convirtió en un símbolo de la ciudad.
En plena revolución industrial, Viollet-le-Duc empleó técnicas medievales para construirlas, y lo mismo hizo con la aguja que desapareció en el incendio de 2019.
El pasado 23 de junio, las quimeras volvieron a su lugar. Cinco de ellas habían sido dañadas por el fuego. La aguja, por su parte, fue reconstruida de forma idéntica.
(Con información de AFP)
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