
El presidente Joe Biden reafirmó esta semana que el punto final del conflicto entre Israel y Hamas tiene que ser un Estado palestino “real” que coexista con el israelí. Informó que estaba negociando con los países árabes los pasos a seguir, aunque no dio más detalles. “Puedo decirles que no creo que esto termine hasta que haya una solución de dos Estados”, dijo Biden en una rueda de prensa en San Francisco tras su cumbre con el líder chino Xi Jinping.
Desde que comenzó la guerra en Gaza, tras los brutales ataques de los terroristas de Hamas el 7 de octubre pasado, Biden y su canciller, Antony Blinken, insisten en la necesidad de salir de este conflicto con dos Estados. El establecimiento de un Estado palestino ha sido durante mucho tiempo un objetivo de la política estadounidense, pero ninguna administración logró avances sustanciales en esta cuestión desde la firma de los Acuerdos de Oslo de 1993 bajo los auspicios del entonces presidente Bill Clinton. El último gran impulso en este sentido lo dio John Kerry cuando era secretario de Estado en la administración Obama. Aunque no es una posición exclusiva de Washington. En los últimos días hablaron en favor de la misma solución el primer ministro británico, Rishi Sunak, y el presidente francés, Emmanuel Macron, entre otros líderes globales.
En el esfuerzo de décadas por resolver el conflicto entre israelíes y palestinos, a muchos les ha parecido “la menos imperfecta de las muchas ideas imperfectas”: la solución de los dos pueblos conviviendo dentro de sus propios territorios y en paz. Un Estado palestino independiente, formado por Gaza y Cisjordania, coexistiendo con Israel. Este objetivo, planteado desde la creación del estado israelí en 1948, se materializó en la política oficial de la mayoría de los gobiernos del mundo y fue la base de las conversaciones de paz durante décadas. Pero también se convirtió en una de las frases más huecas y vacías de contenido de la política internacional. A pesar de toda la diplomacia, las cumbres y las declaraciones, el objetivo sigue estando frustrantemente lejos y, para muchos, muerto.

Las fuentes diplomáticas estadounidenses que están trabajando en el tema, indican que desde el punto de vista operativo, esto podría implicar la formación de una fuerza de mantenimiento de la paz internacional-Autoridad Árabe-Palestina que tomara el relevo de las fuerzas israelíes tras la derrota de Hamas; la unificación de Cisjordania y la Franja de Gaza bajo el control de la Autoridad Palestina; la reactivación de las negociaciones israelíes-palestinas para alcanzar un acuerdo sobre el estatuto definitivo; y el fomento de la seguridad y la estabilidad regionales mediante la normalización de las relaciones con Arabia Saudita y otros países árabes que implicaría una inyección masiva de dinero saudí o del Golfo para reconstruir la devastada Franja.
Desde el pensamiento racional y la diplomacia, aparece como una solución perfecta para esta guerra y para un conflicto de 75 años. Desde el punto de vista práctico, casi imposible. El avance de los asentamientos ilegales judíos sobre las tierras palestinas impide armar un mapa concreto de los territorios como se había logrado con los Acuerdos de Oslo de 1993, que fueron los que llegaron más cerca de la paz en la historia de Medio Oriente.
“En ese territorio hay ahora 7 millones de judíos y 7 millones de palestinos - 2 millones de palestinos que son ciudadanos israelíes, 3 millones de palestinos que están en Cisjordania, y de dos a dos millones y medio de palestinos son refugiados en Gaza-. Así que son 7 millones contra 7 millones `entre el río Jordán y el mar´”, nos recuerda el profesor Omer Bartov de Brown University. “La única solución es una convivencia pacífica de estos dos pueblos en una especie de Federación, algo muy difícil de conseguir”.

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, afirmó durante la campaña de reelección de 2015 que no habría un Estado palestino independiente mientras él ocupara el cargo. Desde entonces, tuvo algunas idas y vueltas en su discurso con importantes salvedades en materia de seguridad. A principios de este año declaró a la CNN: “Ciertamente estoy dispuesto a que tengan todos los poderes que necesiten para gobernarse a sí mismos (por los palestinos), pero ninguno que pueda amenazarnos”. El concepto parece muy amplio. Y aún si Netanyahu estuviera dispuesto, la coalición que formó con los partidos de la extrema derecha colonista y religiosa para poder permanecer de cualquier manera en el poder, ahora le atan las manos para hacer concesiones a los palestinos en una negociación.
Muchos ven a Netanyahu dejando el poder después de la guerra tras asumir la responsabilidad por la grave falla de inteligencia que no pudo prever el ataque de Hamas, lo que podría facilitar algún tipo de acuerdo. Aunque el principal líder de la oposición, Yair Lapid, el líder del centrista Yesh Atid con 24 de los 120 asientos en el Knesset, pide que se vaya “ahora” para poder encaminar las negociaciones posteriores al conflicto. De todos modos, no será fácil encontrar un consenso dentro de la quebrada sociedad israelí para llegar a un proceso de paz. La salida de los 8.000 colonos que habían tomado tierras en Gaza, en 2005, desgarró a la sociedad israelí y la extrema derecha recita desde entonces: “Jamás debimos haber dejado esas tierras, miren cómo nos pagan”. El plan de retirada israelí o de desconexión impulsado por Ariel Sharon contemplaba, entre otros aspectos más importantes para ese momento, el objetivo de mantener abierto un corredor que pudiera unir Cisjordania y la Franja de Gaza ante la posibilidad de la creación de un futuro Estado. Desde entonces, los sucesivos asentamientos ya hacen casi imposible este corredor, por lo que los dos territorios palestinos no podrían tener una unión terrestre.
“Pero quizá el mayor obstáculo para cualquier solución revivida de dos Estados provenga del propio Israel”, escribió el ex negociador palestino Ahmad Samih Khalidi en un artículo publicado por The Guardian. “Cualquier avance serio hacia la solución de dos Estados requerirá necesariamente un cambio significativo en la realidad de un solo Estado imperante en Jerusalén Este y Cisjordania. Lo más probable es que la matanza del 7 de octubre lleve a la opinión pública israelí aún más a la derecha. Los 750.000 colonos repartidos por Jerusalén Este y Cisjordania -que ahora buscan armas para crear “zonas estériles” alrededor de las ciudades y pueblos palestinos con el fin de afirmar la soberanía israelí y negar cualquier derecho nacional palestino- formarán una barrera política y psicológica aún más infranqueable para alterar el statu quo en beneficio de los palestinos. La posición palestina tras la guerra puede hacer más difícil que cualquier autoridad o líder adopte una posición más comprometida hacia un acuerdo político, o cualquier presencia israelí en Gaza”.

Mark LeVine, profesor de Historia y director del programa de Estudios Globales sobre Oriente Medio de la Universidad de California en Irvine, cree que en base a esto la solución de los dos Estados ya no es posible. “Basta con mirar el mapa. Todos desearíamos que la solución de los dos Estados fuera posible porque sería fácil de hacer. `Tú te quedas con esta parte, tú con esta otra’, como un divorcio”, explicó. “Sin embargo, no se puede vender la casa y separarse. La situación tendría que ser más parecida a la de un divorcio de la época de la pandemia, en el que te divorcias, pero sigues viviendo en la misma casa”, prosiguió. LeVine imagina una especie de modelo híbrido: “Estados compartidos, superpuestos, o lo que llamamos ‘Estados paralelos’ que no se definan por la conexión entre territorio y soberanía. Israel podría seguir siendo un Estado judío, Palestina podría ser un Estado palestino, pero judíos y palestinos podrían vivir en cualquier parte”, explica.
“Sí, la única solución es una confederación, lo que significaría que habría dos Estados”, coincide Omer Bartov de la universidad de Brown, en Providence. “Habría un Estado judío y un Estado palestino. Ambos tendrían plena soberanía. Y seguirían más o menos las fronteras de 1967, la llamada Línea Verde, pero harían una distinción entre residencia y ciudadanía, de modo que la gente, digamos, los judíos que viven en un Estado palestino, podrían seguir siendo ciudadanos israelíes, que tienen derechos de residencia en un Estado palestino, pero tienen que adherirse a todas las leyes, normas y reglamentos de ese Estado palestino. Y los palestinos que viven, digamos, en Nablus y les gustaría vivir en Haifa, como un francés de París al que le gustaría vivir en Berlín, podrían trasladarse a Haifa, y podrían tener derechos de residencia, pero tendrían que ajustarse a todas las normas y reglamentos del Estado israelí. Y Jerusalén sería la capital conjunta de ambos. Y por encima de eso, habría instituciones que se encargarían de los asuntos mutuos de estos dos estados, que ahora están muy entrelazados por las infraestructuras, la electricidad, el agua y demás. Es realmente imposible separarlos. Ahora mismo, por supuesto, parece una quimera. Pero creo que, a largo plazo, probablemente sea la única solución viable.”
De utopías está hecho el mundo. Y la solución de los “dos Estados” que parecía la mejor para todos hace 30 años ya se transformó en otra cosa. Pareciera que, si bien se sigue utilizando la misma frase, la sustancia es algo diferente. Habría un nuevo significado. Lo sabremos cuando Biden u otros líderes globales expliquen de qué se tratan las negociaciones que se están llevando a cabo en estos días para el fin de la guerra de Gaza mientras las bombas siguen cayendo sobre la Franja, se batalla en los hospitales, se crea una catástrofe humanitaria y se negocia la liberación de, al menos, 50 de los rehenes.
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