Vladimir Putin busca recuperar la imagen de líder fuerte perdida al compás de la revuelta del Grupo Wagner, el mayor desafío político sufrido por el mandatario desde su llegada al poder, al tiempo que también se quiere vender como un hombre cercano a sus ciudadanos que goza del respaldo popular. Mientras tanto, crecen las dudas sobre el grado de penetración que pudo tener en Moscú el motín del oligarca Yevgeni Prigozhin, también en el círculo más cercano al Kremlin.
Las imágenes de una aparición de Putin durante un viaje a la ciudad de Derbent en la región de Daguestán en el sur de Rusia, mostraron cómo se sumerge en una pequeña multitud de personas de una forma inusual para el estilo frio y aislado del líder ruso.
En esta oportunidad Putin apareció estrechando manos y dando besos en la cabeza de una joven adolescente que se entusiasmó con él y le suplicó a su madre que le tomara una selfie juntos.

¿Un doble?
La escena era marcadamente diferente a las medidas extremas de los últimos años que impusieron estrictas cuarentenas para cualquier persona fuera del círculo cercano de Putin antes de reunirse con él.
Su comportamiento transformador ha llevado a muchos, incluidas figuras rusas de alto nivel, a alimentar la especulación de que el saludo de Putin a los admiradores en Daguestán era de hecho un doble.
Todo esto se da luego de que las tropas de Prigozhin emprendieron el fin de semana rumbo a Moscú -llegaron a tomar sin oposición la ciudad Rostov- para perpetrar una rebelión que Putin logró frenar prometiendo el exilio de su antiguo aliado a Bielorrusia y la retirada de cualquier posible cargo judicial. El líder de Wagner reapareció el lunes para aclarar que no quería derrocar el Gobierno, pero lo cierto es que el hasta ahora intocable presidente ha quedado dañado.

En los días posteriores, Putin ha tratado de presentarse como el líder que Rusia necesita, alabando en público a las Fuerzas Armadas por evitar lo que podría haber sido “una guerra civil”. También sigue en su puesto el ministro de Defensa, Sergei Shoigu, al que Prighozin tiene en el punto de mira desde hace meses por su supuesta mala gestión de la ofensiva militar en Ucrania y por pretender la disolución de su grupo paramilitar.
El presidente bielorruso, Alexander Lukashenko, ha reconocido errores en la gestión de esta crisis, principalmente por no haberla evitado antes de que se produjera, pero en Moscú han esquivado la autocrítica y no han dado detalles tampoco del alcance político de una rebelión que por ahora Putin ha circunscrito al Grupo Wagner, una red de mercenarios que ha sido clave en el frente ucraniano.

Sin embargo, fuentes de la Inteligencia estadounidense citadas por The New York Times han apuntado que el general Sergei Surovikin, que entre octubre y enero comandó la ofensiva en Ucrania, estaba al tanto. Prigozhin ha aplaudido en varias ocasiones la labor de Surovikin, que fue sustituido a principios de este año por Valeri Gerasimov, otro de los enemigos declarados del líder de Wagner junto a Shoigu.
A Surovikin no se le ha vuelto a ver en público y fuentes citadas por el periódico The Moscow Times y por Financial Times señalan incluso que ha sido detenido, un extremo sobre el que no se ha pronunciado el Gobierno ruso ni tampoco ningún otra autoridad extranjera que pudiese haber verificado este arresto por sus propios medios.

Otra de las dudas aún por aclarar es hasta dónde estaba dispuesto a llegar Prighozin o cuáles eran los objetivos reales de su motín. Según The Wall Street Journal, el jefe del Grupo Wagner llegó a planear la captura de la cúpula militar rusa y aceleró sus planes tras constatar que los servicios de Inteligencia estaban al tanto de los preparativos de la revuelta.
El líder de Wagner, entretanto, guarda silencio en Bielorrusia, país al que supuestamente llegó el martes y desde el que ahora debe reconfigurar el futuro de una organización de mercenarios con ramificaciones también en África. El motín al menos sí ha servido para que el propio Putin reconociese por primera vez que la empresa había recibido dinero de las arcas públicas rusas --más de 86.260 millones de rublos, unos 921 millones de euros al cambio--.
(Con información de Europa Press)
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