(Enviados especiales) Olga Karatach tiene 68 años y toda su vida la vivió en Malotaranivka, un pueblo ubicado a 40 kilómetros del frente de batalla que libran Ucrania y Rusia. Olga es viuda, siempre fue ama de casa y sus vecinos elogian las compotas caseras que hace con sandía, duraznos, peras y manzanas. Hace tres días, cuando aún era madrugada, un misil pegó a 30 metros de su cama. Dejó un hoyo gigantesco, adonde había una tienda comercial, que ahora es una pila de escombros.
“No se cómo me salve. No escuché ninguna alarma, yo estaba en el baño. Fue un milagro”, relató Olga a Infobae.
La viuda sobreviviente y su cuñada -que tambien se llama Olga- ayer trabajaban en la casa destruida tratando de recuperar las cosas que quedaron debajo de las piedras. Es un trabajo tedioso, casi inútil.
-Quedó muy poco. No tengo plata, no tengo trabajo, y el alcalde vino y ni siquiera quiso entrar a ver cómo había quedado mi casa-, agregó Olga.
-¿Está viviendo acá?-, preguntó este enviado especial.
-No. No se puede. Me fui.


Artur Serdyuk tiene 33 años, y es vecino de Olga. Maneja un tractor y ayer también estaba -con dos amigos- rescatando las pocas cosas que el misil dejó intactas. Muestra resignación, y no sabe qué hará con su vida.
“El cohete ruso cayó cerca de las tres de la mañana. Estaba durmiendo y escuché dos ruidos. Me levanté y como no vi nada, encendí un cigarrillo. Y me puse a fumar en la puerta de mi casa. Habré estado dos minutos. Y me fui a dormir. Al instante, escuché un estruendo horrible y yo todo tapado por el techo de mi casa. Si me hubiera quedado fumando un minuto más, estoy muerto, Me hubieran matado los pedazos del misil”, contó Serdyuk -mientras fumaba- a Infobae.

-¿Le quedó algo?
-No. Algún recuerdo, y la cama. Pero nada de valor.
-¿Adonde vive?
-Acá. Tengo un sótano. Y duermo ahí.
-¿No hay trabajo?
-No. Yo trabajaba en el campo, manejaba un tractor todos los días. La guerra se llevó todo.


Dmytro Semenov y su novia Kateryna Shytsko llegaron temprano a la plaza central de Kramatorsk. Ya se escuchaba la sirena alertando sobre un posible ataque aéreo y el humo del bosque incendiado por las tropas rusas creaba una niebla de guerra que flotaba en esta ciudad ubicada a pocos kilómetros del frente de batalla.
Dmytro es un soldado de Defensa Territorial y Kateryna estudia peluquería en la universidad de Kramatorsk. Ayer a la mañana, Kateryna se alejó de Dmytro, abandonó su ciudad natal y viajó a Dnipro, un pueblo ubicado a 250 kilómetros de distancia.
“Yo le dije que se fuera. Aquí -en Kramatorsk- no es seguro. Va a vivir en un departamento compartido con otras refugiadas. Sólo pagará la comida y el gas”, comentó el soldado Dmytro Semenov a Infobae.
-¿Hay un retroceso de las tropas rusas?-, preguntó este medio.
-Sí. Han perdido posiciones. Nosotros recibimos mucho armamento y ayuda humanitaria, y eso nos ayuda.
-¿Puede haber una contraofensiva rusa?
-No creemos. Ellos están tratando de no retroceder, y nosotros cada día estamos mejor equipados.
-¿Va a viajar a Dnipro, adonde va su novia?
-Espero que sí. Pero ahora la prioridad es la guerra.

En la retaguardia de la guerra, los civiles tratan de sobrevivir. Se acostumbraron a las sirenas, comen lo que pueden, y rezan por un nuevo día. Asumen que no tienen nada asegurado y aguardan a los suyos que pelean en el frente de batalla. Se exhiben resignados, pero desean recuperar su historia y su vida cotidiana.
No será una tarea sencilla.
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