Los talibanes asedian las grandes ciudades de Afganistán y ponen a Biden en una difícil disyuntiva

Las fuerzas de los rebeldes extremistas islámicos tomaron más de 200 puestos de control del ejército en los últimos tres meses. Estados Unidos debe decidir si termina de retirar sus tropas o si permanece para defender al gobierno afgano

Las fuerzas del ejército afgano no podrían enfrentar la ofensiva de los talibanes si las tropas occidentales de la OTAN se retiraran.
Las fuerzas del ejército afgano no podrían enfrentar la ofensiva de los talibanes si las tropas occidentales de la OTAN se retiraran.

Cuando los talibanes huían de Kabul, en diciembre del 2001, uno de sus principales clérigos y ex ministro se quedó rezando en su casa. Cuando fui a entrevistarlo, me despidió con un “no se preocupe, ya vamos a volver. Es voluntad de Dios”. Dos décadas más tarde, la predicción del barbudo clérigo está a punto de hacerse realidad. Las milicias talibanas se encuentran asediando a las principales ciudades del país y en poco tiempo podrían lanzar una ofensiva que los lleve, nuevamente, a controlar Afganistán.

Las fuerzas fundamentalistas islámicas sunitas que gobernaron entre 1996 y 2001 imponiendo sus creencias a través del terror, ya estuvieron muy cerca de esta posición actual varias veces en estos veinte años, pero nunca lo hicieron con tantos hombres ni en tantas ciudades al mismo tiempo. Tomaron varios puestos militares en la ciudad clave de Kunduz, cerca de la frontera con Tajikistán, y ya gobiernan la vecina Pul-i-Khumri. Esto les dio el control de la ruta que lleva hasta Kabul, la capital. Algo parecido sucede en Kandahar, en el sur, del otro lado de las montañas del Hindu Kursh y la frontera con Pakistán. Esa fue la ciudad emblema de los talibanes cuando se hicieron fuertes allí en los años noventa. Los líderes provenían de las madrazas, las escuelas coránicas, que los refugiados habían levantado del lado paquistaní para huir de la invasión de las tropas soviéticas.

Los ministros de Defensa de los países de la OTAN, la alianza militar occidental, ratificaron el jueves que mantendrán a los 12.000 militares de 38 países que están allí para entrenar y dar apoyo al ejército afgano. Entre ellos, también se encuentran los 2.500 miembros del ejército estadounidense que por un acuerdo firmado el año pasado por la Administración Trump con los enviados talibanes deberían retirarse el 1 de mayo. Con la salida de estas tropas de la guerra más larga en la historia de Estados Unidos, se produciría un vacío que los talibanes ocuparían de inmediato. Sobre todo, porque también se retiraría la aviación que opera desde las bases y portaviones que se encuentran en la zona. Un desafío enorme para el nuevo gobierno de Joe Biden. Si cumple con el acuerdo, los 20 años que transcurrieron desde que Estados Unidos invadió el país para desactivar los campos de entrenamiento que la red terrorista Al Qaeda mantenía en Afganistán al amparo de los talibanes, serían tirados por la borda. Y si se queda, las tropas estarán expuestas a los ataques de los rebeldes, como ocurrió en todo este tiempo, y encajadas en otra etapa imprevisible del conflicto.

El canciller iraní, Mohammad Javad Zarif recibe al jefe talibán, el Mullah Abdul Ghani Baradar, en Teherán como parte de las negociaciones internacionales.
El canciller iraní, Mohammad Javad Zarif recibe al jefe talibán, el Mullah Abdul Ghani Baradar, en Teherán como parte de las negociaciones internacionales.

“La amenaza de victorias militares de los talibanes, especialmente en una zona tan simbólica y estratégica como Kandahar, hace difícil que el gobierno de Biden asuma los riesgos de finalizar la retirada de las tropas”, explicó en el NYTimes.com, Andrew Watkins, analista del International del Crisis Group. “Retirarse podría ser políticamente imposible si Kandahar aparece destacada en las noticias”.

En la misma época de fines del 2001, fui testigo de lo que ya era moneda corriente en la guerra civil que precedió la entrada de los talibanes. Los jefes tribales, que mantienen pequeñas milicias propias, negociaban todo el tiempo la pertenencia a uno u otro bando. Defendían sus propios intereses territoriales y sólo les importaba estar en el bando que los protegiera y les pagara mejor recompensa. Algo que se desbarató cuando tomó el comando de Kandahar en 2011 el general Abdul Raziq. Un duro que puso orden regando con sangre los campos plantados de amapolas. De estas plantas se extrae el opio y la heroína. Afganistán es el mayor productor global de esa droga. Un talibán infiltrado en la policía mató a Raziq y el control pasó a estar en manos de uno de sus hermanos. Todo volvió a ser como es costumbre desde hace siglos en esta tierra. Los jefes tribales volvieron a negociar con los talibanes y éstos pudieron avanzar mientras los soldados y policías afganos se retiraban sin combatir.

La firma del acuerdo entre Estados Unidos y los talibanes en Doha para poner fin a 18 años de guerra.
La firma del acuerdo entre Estados Unidos y los talibanes en Doha para poner fin a 18 años de guerra.

Los talibanes exigen que se cumplan los acuerdos alcanzados en 2020 en Qatar por el que se debería formar un gobierno interino que llame a elecciones. También demandan la liberación de miles de presos. Hasta ahora, el presidente afgano Ashraf Ghani, se negó a cumplir con lo pactado. Los rebeldes tampoco honraron su compromiso y mantuvieron su ofensiva. En los últimos tres meses conquistaron más de 200 puestos de control del ejército y se hicieron de un arsenal importante que incluye artillería pesada.

En las zonas controladas por los talibanes se impusieron nuevamente las reglas draconianas de cuando gobernaban el país. Ahora, los “inspectores del cumplimiento de la ley coránica” prohiben la música porque distrae del deber de rezar cinco veces al día y destrozan cualquier teléfono celular que encuentran. Obviamente, las mujeres deben ir cubiertas de pies a cabeza con el burka, no pueden trabajar ni asistir a las escuelas o universidades. Pero, al mismo tiempo, ese orden emanado de los escritos del siglo XIV, elimina la corrupción de la burocracia estatal y le quita poder a las bandas locales, algo que es bienvenido por los campesinos y jefes tribales.

En este contexto, una retirada de las tropas occidentales pavimenta el camino para que los talibanes estén en pocos meses gobernando nuevamente en Kabul. Stefano Stefanini, ex embajador italiano en la OTAN y ahora analista de Project Associates, cree que a nadie debería sorprenderle que Trump haya hecho todo lo posible para llevar a cabo la retirada, ya que buscaba legitimidad para seguir negando la pérdida de la presidencia ante Biden o un legado para volver a presentarse como candidato en 2024. Pero dice que la nueva Administración va a cambiar la situación radicalmente. “Una retirada importante de Estados Unidos sería percibida como una gran pérdida por aquellos países que se quedan en la actual misión de la OTAN y para los militares afganos. Las tropas especiales de combate americanas ya se fueron a casa y quienes aún permanecen allí están para entrenar, asistir y asesorar a las fuerzas afganas. Y estas confían en la presencia estadounidense para su protección y seguridad. De lo contrario, serán muy vulnerables”, apunta el experto italiano. “Por otra parte, no creo que los generales del Pentágono vayan a querer salir derrotados de Afganistán”.

La tierra mítica de “las dulces granadas”, que nadie pudo conquistar definitivamente y a la que Alejandro Magno, cuando estuvo allí, le dio una mezcla cultural extraordinaria con elementos griegos, persas e indios, antes de que la invasión mongol de Gengis Khan impusiera el barbarismo, vuelve a estar encerrada en su propio laberinto. Los talibanes conocen muy bien el camino de salida.