
Las vasta mayoría de los países del mundo han visto sus economías fuertemente impactadas por la pandemia del nuevo coronavirus. Pero si bien domar la pandemia para retomar los niveles de producción previos a ella está al tope de sus prioridades, también enfrentan desafíos paralelos que también atentan contra su crecimiento.
En el caso de China, es una posible crisis alimentaria. Además de la caída económica causada por el Covid-19, el gigante asiático ha visto una serie de eventos locales e internacionales que han golpeado su infraestructura. En el primer caso se cuentan inundaciones y tifones récord; además de plagas de langostas y gusanos cogolleros que arrasaron con las cosechas de maíz. En el segundo, en tanto, está el deterioro de sus relaciones bilaterales con Estados Unidos y Australia, dos de los países de donde más comida importa.
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El régimen de Beijing se encuentra ante la hercúlea tarea de alimentar a sus casi 1.400 millones de habitantes, cifra que representa aproximadamente el 22 por ciento de la población mundial. No obstante, cuenta con solo un 12,7 por ciento de las tierras cultivables a nivel global, según cifras del Banco Mundial. Si bien Beijing saca rendimientos por hectárea comparativamente altos por usar más fertilizantes que cualquier otro país del mundo, esto no parecería ser suficiente.
Desde el final de la guerra civil en 1949, China ha perdido un quinto de sus tierras cultivables. La mayor parte de ellas tuvo lugar durante las últimas dos décadas, dado el incremento de la urbanización e industrialización consecuencia del boom económico del país.
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La contratara de este progreso fue que disminuyó la cantidad de tierra arable. Según indicó la agencia estatal china Xinhua, el área total de tierras cultivable para el año 2015 se había reducido a 135 millones de hectáreas. En consecuencia, el Ministerio de Tierra y Recursos sentó como objetivo vital mantener la cifra en al menos 124 millones de hectáreas.

La iniciativa, no obstante, implica hacer frente al creciente número de desastres naturales producto del cambio climático. Según el Ministerio de Gestión de Emergencias de China, este año las inundaciones provocadas por la lluvia y las sequías anteriores han amenazado la presa de las Tres Gargantas de China, interrumpido la producción de arroz, trigo y otros cultivos en el sur de China y en la cuenca del río Yangtze.
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Según un informe realizado por periodistas de Hong Kong, que recorrieron la región noreste del país que fue gravemente afectada por un tifón e inundaciones, la cosecha de maíz tendría una caída cercana al 20 por ciento, lo que podría llevar a su vez a un aumento de su precio.
Otro grave problema que amenaza el suministro de alimentos son las plagas de insectos. El gusano cogollero, que se alimenta de maíz, ha sido detectado en cinco provincias chinas este año, arruinando el sembrado y elevando los precios del maíz a máximos de cinco años, a pesar de la liberación de 35.500 toneladas de maíz de las reservas del país.
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Las chances de una escasez inmediata se ven acrecentadas por el hecho de que el comercio internacional se ha visto fuertemente afectado por la pandemia. Brasil, Canada, Tailandia,Vietnam, Camboya, Rusia e India han suspendido o reducido sus exportaciones de cereales a otros países. China, al ser ya el mayor importador, estuvo entre los más afectados.
En consecuencia, China se ha visto obligada a utilizar sus reservas y a aumentar sus importaciones desde donde ha podido. En concreto, ha recurrido a a países de África, América Latina y el sudeste asiático. Según datos de la Administración General de Aduanas de China, el país importó 910.000 toneladas de trigo (197 por ciento de aumento interanual), 880.000 toneladas de maíz (23 por ciento de aumento interanual), 680.000 toneladas de sorgo y 140.000 toneladas de azúcar.
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En paralelo, el régimen ha implementado una campaña en contra del “derroche de alimentos”, que analistas indican refleja esta preocupación. El mismo presidente Xi Jinping se ha involucrado en lo que el régimen ha definido como una campaña de “frugalidad”. “El desperdicio es vergonzoso y la frugalidad es honorable”, señaló en su discurso más reciente, publicado por la agencia de noticias estatal Xinhua.

De inmediato, tras escuchar la advertencia del jefe de Estado, autoridades locales comenzaron a trabajar para evitar el “desperdicio” de comida. En diversas provincias, como Hubei y Henan lanzaron la “operación plano vacío”, que nació en 2013 pero que se reinició tras las palabras del jefe del PCC. Fue así que la Asociación Industrial de Catering de Wuhan llamó a todos los restaurantes para que implementen el sistema "pedido N-1″. Es decir, a cada pedido hecho en una mesa de comensales se restaría un plato de comida. Las regiones de Xianning y Xinyang propusieron adoptar la misma iniciativa.
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El ministerio de Cultura y Turismo se ha acoplado a la campaña, anunciando que ha pedido a sitios turísticos, hoteles y restaurantes, entre otros, que “cumplan con su responsabilidad, mantengan la disciplina y aboguen por un turismo civilizado”, además de anunciar “actividades para que el público sea consciente y recuerde la importancia de la tradicional virtud del ahorro”.
Según la Oficina Nacional de Estadísticas, los alimentos en China han subido un 13,2 por ciento en lo que va del 2020. La carne de cerdo, popular en el país, registró las alzas más fuertes -del orden del 86 por ciento- producto de la necesidad del país de sacrificar parte del stock de cientos de millones de ejemplares por la gripe porcina.
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Sin embargo, aún si logra evitar una escasez en el futuro inmediato, el país deberá encontrar maneras no de mantener su producción a futuro, sino de incrementarla. China estima que para el año 2030 su población ascenderá a 1.500 millones, con lo cual necesitará producir 100 millones de toneladas adicionales de cereales por año para cubrir la demanda.
Ante ello, empresas chinas del sector agrícola invirtieron en cereales, soja, huertos y ganadería en Argentina, Chile, Brasil, Mozambique, Nigeria, Zimbabwe, Camboya y Laos. En Australia, el rancho más grande del mundo pasó a manos chinas en 2016, adquirido por la inmobiliaria Shanghai CRED. En Nueva Zelanda, las empresas chinas compraron decenas de granjas lecheras. En Ucrania, una empresa china arrendó 3 millones de hectáreas de tierras agrícolas en 2013. Y en Francia, China compró viñedos y adquirió 1.700 hectáreas de cultivos de cereales en el centro del país.
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