De los “tres años difíciles” al coronavirus: la cultura del miedo y el silencio que impera en el régimen chino

Las políticas de persecución interna de Beijing no resultan novedosas. Se remontan a la época de Mao Zedong cuando nadie se animaba a contradecirlo en el seno del Partido Comunista. Esta vez, esa costumbre de miedo generó una epidemia que saltó sus fronteras

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Xi Jinping está al mando de un gobierno cuyas estructuras no toleran la divergencia ni las malas noticias (William Ferreria / Infobae)
Xi Jinping está al mando de un gobierno cuyas estructuras no toleran la divergencia ni las malas noticias (William Ferreria / Infobae)

Tres años difíciles”. Cuando un habitante de la China de Mao Zedong pronunciaba esas palabras, su interlocutor sabía de qué hablaba. También por qué optaba por ese eufemismo en lugar de decir con llanura a qué se refería: la Gran Hambruna que provocó la muerte de alrededor de 35 millones entre 1959 y 1961.

Mao había soñado que ese experimento económico hubiera sido recordado de otra forma. Al conjunto de medidas que condujeron a ese genocidio por inanición lo había untado con un pomposo nombre, El Gran Salto Adelante. Terminó siendo un gran salto al vacío que evidenció lo peor del régimen de entonces. El duelo silencioso, la ineficiencia económica y la abolición de la crítica -ya purgada desde hacía años- quedaron selladas para siempre en la memoria colectiva..

Durante años nadie hablaba en voz alta sobre aquella hambruna mortal cuyo impacto en vidas equivalió al barrido completo de la población de una provincia. Sin embargo, el lamento flotaba únicamente en el aire. Sólo mencionar que China había pasado hambre podía conducir a la cárcel, la tortura o la muerte. El arresto de aquellas voces díscolas del plan del conductor era muy común. La medida sirvió y por exceso de prudencia, la gente comenzó a hablar de los “tres años difíciles” para no morir encerrado. Esos tímidos eufemismos duraron por décadas, hasta tanto la figura de Mao concentrara un aura imposible de reprochar.

En julio de julio de 1959, en Lushan, Mao reunió al Partido Comunista Chino (PCC) para recriminarle las incipientes dudas que generaba su experimento social y económico. Comenzó allí una campaña de represión feroz. Los funcionarios de aquella época decidieron clausurar sus bocas por temor a la inquisición del PCC. Incluso, muchos de ellos informaban estadísticas adulteradas que impedían atender urgencias alimenticias en zonas desesperadas, provocando el deceso de cientos de miles en cuestión de semanas. A la inoperancia, a las políticas fallidas y al miedo se sumaron factores climáticos que empeoraron la situación. Pero la autocensura fue el común denominador. Había que mostrar -a cualquier costo- algún resultado cercano a la perfección.

No está claro cuándo comenzó la actual pandemia del coronavirus Sars-CoV-2 que extendió por el mundo la enfermedad COVID-19 que ya se cobró la vida de más de 800 mil personas. Casi 23 millones fueron alcanzados por la extraña cepa, a veces mortal, a veces imperceptible a los sentidos. Entre octubre y diciembre, según algunos registros no oficiales. Lo que sí se conoce es que se originó en Wuhan, provincia de Hubei. Desde el momento en que saltó el alerta local las autoridades militares de aquel epicentro se preocuparon por cumplir con una sola misión: cubrir cualquier indicio que generara preocupación y dañara la imagen exterior del país. La historia se repetía por no querer ofender a sus superiores y poner en duda la perfección sanitaria china.

Pero el sistema de escrutinio del régimen es abarcativo. Demasiado. El PCC se enteró por otras vías que se orquestaba una trama de mentiras para tapar el brote de una neumonía desconocida similar a la del Síndrome Respiratorio Agudo Grave (SARS, por sus siglas en inglés), nacida también en China, en 2002. Sin embargo, lejos de revelar de inmediato lo que estaba sucediendo, también silenciaron los datos que se volvían cada vez más visibles en las calles de Wuhan.

Al mismo tiempo, médicos de esa ciudad quisieron hacer sonar alarmas pero fueron, también, acallados. El martirio de Li Wenliang fue claro ejemplo de la deshumanización de un gobierno. Wenliang fue el equivalente chino a Valery Legasov, aquel científico soviético que se enfrentó a Moscú tras la catástrofe de Chernobyl.

La cadena de hermético ocultamiento fue revelada por los periodistas Edward Wong, Julian E. Barnes y Zolan Kanno-Youngs del diario The New York Times, basados en documentos de inteligencia que describían cómo fue esa sucesión de encubrimientos. “El informe, originalmente distribuido en junio, tiene secciones clasificadas y no clasificadas. Apoya la idea general de que miembros del Partido Comunista ocultaron información importante al mundo”, dicen los reporteros. “Altos funcionarios en Beijing, incluso cuando se esforzaban por obtener datos de funcionarios en el centro de China, desempeñaron un papel en encubrir el brote al ocultar información a la Organización Mundial de la Salud”.

En los primeros días de la semana, Cai Xia -una de las más importantes intelectuales del PCC- fue expulsada de la Escuela del Comité Central del Partido. Es el órgano encargado de la formación de los cuadros políticos del futuro de China. La profesora era una piedra en el zapato de altos dirigentes comunistas, sobre todo en aquellos cercanos a Xi Jinping. La académica señaló que lo que ocurre con el poder del máximo dirigente nacional refleja un círculo vicioso y que “los de abajo tienen demasiado miedo” como para plantear alguna disidencia. “Se siguen tomando decisiones equivocadas hasta que la situación se sale de control. En este círculo vicioso, no hay forma de evitar que el país se deslice hacia el desastre”, argumentó. El régimen no sólo la expulsó de las aulas, sino que además le canceló sus beneficios de retiro.

Fue tal el disgusto que generó la crítica de Cai Xia al manejo que hizo Beijing de la crisis del coronavirus y al pánico a decir la verdad que tienen algunos de sus pares, que días después de haber sido degradada el diario Global Times -brazo fiscalizador del régimen en los medios- publicó un editorial con vocabulario rancio y nacionalista. La mejor muestra de la nueva diplomacia del Wolf Warrior que tanto entusiasma a sus jerarcas. El periódico acusó a la profesora de haber realizado “ataques maliciosos al sistema de China”. “No lo hubiera hecho si no tuviera la intención de conspirar con fuerzas externas para dañar los intereses de su patria. Cai respondió con fiereza el castigo que se merece. No se arrepintió en lo más mínimo, sino que atacó aún más al PCC, convirtiéndose en la última ‘superestrella’ de los medios occidentales”, señaló el boletín del régimen.

No importa cómo defina Cai la libertad de expresión”, refirma Global Times, en un mensaje sombrío, aleccionador. La mujer no tiene derecho a hablar. Tampoco otros. Lo padeció el pasado 10 de agosto Jimmy Lai, dueño de medios de comunicación de Hong Kong, enfrentado con el poder central fue detenido bajo la nueva ley de seguridad nacional que somete al centro financiero. El empresario fue liberado al día siguiente.

Al presidente chino lo recubre una pátina impermeable de noticias positivas internas. Cuando se filtran las desagradables, Beijing ordena silenciar de manera brutal cualquier voz disidente, por más insignificante que parezca. Emplea para ello toda la maquinaria estatal. Desde los medios tradicionales hasta el silenciamiento de hashtags. Ocurrió cuando Li Wenliang murió en los primeros días de febrero. No sólo se lo persiguió hasta su lecho, sino que además se prohibieron las manifestaciones a su favor en las redes sociales que controla la autocracia.

Mao Zedong murió en 1976, a los 82 años, cuando su sangrienta Revolución Cultural culminaba. A partir de esa fecha -9 de septiembre- la población y hasta miembros del PCC pudieron librarse de la mordaza que los censuraba y hablar en voz alta del fracaso monumental de las políticas de El Gran Salto Adelante. Y, un poco menos, de la masacre que había causado.

Cuando por fin la evidencia de los millones de muertos lo puso a reflexionar y lo empujó a poner fin a su delirante proyecto económico, Mao tenía 67 años. El Gran Salto Adelante no había cumplido tres años aún cuando comenzó a desarmarlo. Canceló aquel funesto programa, pero se perpetuó el “círculo vicioso” descripto por Cai. Xi Jinping, tiene hoy la misma edad que cumplía entonces el fundador de la República Popular China, de quien hereda ese estilo de gobierno basado en el miedo y en la concentración absoluta de poder. Quizás la libertad de expresión de la que reniega el jefe del actual régimen pueda ser una de las claves para evitar una próxima pandemia, y lo coloque a él en otro lugar frente a la historia. Hubiera pasado con Mao, pero no.

Sin embargo, nadie en la capa más próxima a Xi se animará a sugerírselo. Otra vez: por miedo.

Twitter: @TotiPI

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