Reikiavik, enviado especial.  Bajar del avión en el aeropuerto de Keflavik es lo más parecido en la Tierra a la sensación que experimentó Neil Armstrong al pisar la luna. No es una metáfora. En los años 60, los astronautas de la misión Apolo viajaron a Islandia para entrenarse en sus yermos terrenos volcánicos antes de aventurarse en el espacio.

El primer impacto llega por la nariz. Como si uno hubiera vivido encerrado hasta recién en una cueva, de pronto ingresa por las fosas nasales un aire de una pureza desconocida. Enseguida se descubre que también la vista es mucho más nítida y profunda de la que uno creía tener. Los 50 kilómetros hasta la capital del país, Reikiavik, son fantasmagóricos. Un horizonte infinito de tierra y piedras negras, salpicado de reflejos brillantes del sol primaveral reflejado en los últimos restos de nieve del invierno. Cada tanto se levantan columnas de un humo blanco como el algodón. O son fumarolas que expelen los gases hirvientes que se acumulan debajo de esta inestable isla circular montada sobre la grieta que divide las placas tectónicas  norteamericana y euroasiática. O son las chimeneas de plantas geotérmicas que aprovechan ese calor subterráneo para la producción de energía eléctrica.

En poco más de un mes, el 16 de junio, la selección de Islandia jugará con Argentina en Moscú un partido histórico que la convertirá en la nación menos poblada en jugar un Mundial de Fútbol. El planeta futbolístico ya había girado su cabeza con asombro hacia esta isla de poco más de 330 mil habitantes cuando dio su primer golpe en 2016 al eliminar a Inglaterra de la Eurocopa. La clasificación al Mundial de Rusia, un año después, confirmó que no había sido un mero golpe de suerte.

Pero el milagro deportivo tampoco es aislado. En realidad, es el último de una serie de milagros geológicos y humanos que han confluido para que este paraje inhóspito anclado en la orilla del Círculo Polar se haya convertido en una de las naciones más prósperas de la Tierra, aunque muchas veces sus paisajes no parezcan de este planeta.

Un somero repaso por distintos rankings ubica a Islandia:

1° en el Índice de Paz Mundial (Institute for Economics & Peace).

1° en Igualdad de Género (Foro Económico Mundial, 9 años consecutivos en esa posición).

1° en desarrollo y acceso a tecnología de la información (International telecommunications Union -ITU).

2° en el Índice de Democracia Mundial (The Economist).

2° en acceso y calidad de su sistema de salud (Lancet).

2° con más libros publicados per cápita (International Publishers Associaction).

3° en el Indice de Progreso Social que conjuga desarrollo económico y calidad de vida (Social Progess Index).

4° país más feliz en un índice que conjuga ingresos, vida saludable, expectativa de vida, libertad, seguridad social, confianza y generosidad (Organización de las Naciones Unidas).

Todo esto se logró en un territorio de la mitad del tamaño de Uruguay cuyo 11% está cubierto por glaciares, con más de 200 volcanes (muchos de ellos en actividad) y donde apenas el 0,7 % es tierra cultivable.  Donde durante 3 meses al año casi no se ve la luz solar y durante otros tres meses no existe la noche.

Este año, Islandia celebra el centenario de su independencia (durante los siguientes 25 años mantuvo algunas cuestiones administrativas en manos de  Dinamarca hasta que la constitución de la República en 1944 terminó de romper lazos con la corona danesa). En 1918, era una las naciones más pobres y atrasadas de Europa. Un siglo siglo después, es uno de los países más desarrollados del planeta.

A esa Islandia lejana, extraña y curiosa que fascinó a viajeros vikingos a través de los siglos y a escritores como Jorge Luis Borges, a esa por la que simpatizarán miles alrededor del mundo cuando comience a rodar la pelota en Rusia, se asoma Infobae desde hoy en un viaje que promete ser fascinante.

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