El campo de concentración de Sachsenhausen, en las afueras de Berlín.
El campo de concentración de Sachsenhausen, en las afueras de Berlín.

Entre las cosas difíciles del mundo contemporáneo —ser refugiado de una guerra, mantener la vida privada, superar la desigualdad económica— Jakob Hetzelein señaló una que pocos imaginarían: enseñar historia en Alemania.

Durante sus clases sobre el nazismo, uno de sus estudiantes en la escuela de un barrio modesto de Berlín hace imitaciones de Adolf Hitler —un dedo bajo la nariz, el brazo derecho extendido— cuando cree que Hatzelein no lo ve; otro le dibujó una esvástica en la chaqueta a un compañero; entre algunos es normal gritarle "¡Judío!" a quien hace una mala jugada en el fútbol.

En 2017, cuando fueron las elecciones federales y el partido de extrema derecha Alternativa para Alemania (AfD) logró por primera vez ingresar al Bundestag con 94 asientos parlamentarios, en la escuela se hizo un simulacro de elecciones. En la clase del maestro Hatzelein, varios estudiantes votaron por AfD.

Entre el antisemitismo de algunos inmigrantes musulmanes y el de los jóvenes alentados por el resurgimiento de la extrema derecha, los campos son un recurso de memoria. (Angie Angelus)
Entre el antisemitismo de algunos inmigrantes musulmanes y el de los jóvenes alentados por el resurgimiento de la extrema derecha, los campos son un recurso de memoria. (Angie Angelus)

A esa realidad hay que sumar la cultura con que llegan los refugiados de Egipto y Afganistán, donde el sentimiento anti-israelí se mezcla normalmente con el antiguo antisemitismo y a veces incluso llega al negacionismo de la Shoah.

Con una complejidad extra: los alemanes antisemitas, además, están en contra de los inmigrantes con los que tienen ese oscuro punto en común.

"Sí, enseñar historia se ha vuelto más difícil", dijo a la periodista Katrin Bennhold de The New York Times (NYT)

Pero dado que la historia es un pilar de la identidad germana tras como emergió tras la Segunda Guerra Mundial, los campos de concentración y exterminio y la masacre de seis millones de personas, hay gente que busca alternativas.

Los neonazis hallaron un fuerte impulso en el ascenso del partido de extrema derecha AfD.
Los neonazis hallaron un fuerte impulso en el ascenso del partido de extrema derecha AfD.

Sawsan Chebli, una legisladora estatal de Berlín de ascendencia palestina, propuso que las visitas a los campos nazis fueran obligatorias, para todo el mundo: para los que recuerdan, para los más jóvenes, para los inmigrantes. Y Hetzelein decidió montar a sus estudiantes al tren suburbano para un viaje de una hora a Sachsenhausen, donde funcionaron sucesivamente campos para opositores al nazismo entre 1933 y 1934, un campo de concentración entre 1936 y 1945 y un campo especial soviético entre 1945y 1950. Hoy es un monumento y un museo.

"Alemania lucha con el ascenso inquietante de dos clases de antisemitismo, y la comunidad judía, de unas 200.000 persons, otra vez está nerviosa", explicó NYT. Por un lado, los neonazis se han envalentonado porque AfD es el primer partido ultranacionalista que ingresa al parlamento desde la Segunda Guerra Mundial. Por otro lado, "existe la preocupación de que la absorción reciente de más de un millón de inmigrantes, muchos de Medio Oriente y muchos musulmanes, ha creado inadvertidamente incubadoras de una clase diferente de antisemitismo: una que se escuda tras las injusticias del conflicto palestino-israelí pero que con frecuencia abraza los antiguos estereotipos del odio".

La rápida e intensa absorción de refugiados de Medio Oriente en Alemania trajo un discurso anti-israelí que muchas veces se expande al antisemitismo y hasta al negacionismo de la Shoah. (AFP)
La rápida e intensa absorción de refugiados de Medio Oriente en Alemania trajo un discurso anti-israelí que muchas veces se expande al antisemitismo y hasta al negacionismo de la Shoah. (AFP)

La cuestión de los inmigrantes ha captado la atención pública: un grupo quemó una bandera de Israel en la Puerta de Brandeburgo en diciembre; un grupo de refugiados dijo que el Holocausto era "una conspiración judía" porque así lo habían estudiado en la escuela en Siria. Pero Günter Morsch, director del Sachsenhausen, cree que no es lo mejor que se puede hacer.

"No podemos permitir que este debate cree otra forma de racismo", dijo, en alusión a la islamofobia. "¿Qué pasa con los alemanes que son antisemitas?".

La pregunta cobra fuerza porque nueve de cada 10 delitos discriminatorios que se denuncian en Berlín fueron perpetrados por ciudadanos alemanes.

Dado que ambas formas de odio surgen del mismo problema social de base, la falta de educación, las visitas a Sachsenhausen intentan una forma de arreglo. "No es una panacea", reconoció Chebli, pero sí "una experiencia transformadora": ella visitó un campo de concentración en su juventud y sintió que su perspectiva cambiaba para siempre.

El campo de concentración de Sachsenhausen busca una experiencia de identificación entre el visitante de hoy y el prisionero de ayer para una comprensión mejor de los hechos.
El campo de concentración de Sachsenhausen busca una experiencia de identificación entre el visitante de hoy y el prisionero de ayer para una comprensión mejor de los hechos.

"Es una forma potente de mantener la memoria viva y de dar significado a nuestro mantra de "nunca más", dijo a Bennhold. "Tenemos que regresar a la esencia de lo que significa: se trata de defender los derechos humanos y los derechos de las minorías, de todas las minorías".

Eso, a la vez, podría incorporar a los que se sienten segregados en el presente.

Como todo campo cercano a Berlín, Sachsenhausen no fue un lugar de exterminio (los nazis los alejaron de la gran ciudad del poder): en sus oficinas se tomaron las decisiones sobre otros doce campos de concentración y exterminio de importancia, como Auschwitz. Allí se determinaba qué experimentos médicos se harían dónde o cuánto Zyklon B hacía falta en una cámara determinada.

El neonazismo en Alemania es una fuerza repudiada pero en crecimiento. (Getty Images)
El neonazismo en Alemania es una fuerza repudiada pero en crecimiento. (Getty Images)

Hubo, de todos modos, unos 200.000 detenidos, decenas de miles de los cuales murieron por las condiciones del lugar. Mariana Aegerter, la guía, explicó que 40.000 fueron judíos, pero que el resto fueron comunistas, sacerdotes, homosexuales, gitanos, discapacitados y los considerados "antisociales" en general: gente sin hogar, sin empleo, varones con pelo largo o preferencia por la música extranjera como el jazz. "También había musulmanes", agregó.

Uno de los estudiantes, que adhiere al islam, se asombró. "¿Musulmanes también? No sabía".

Aegerter es, además de historiadora, una experta en llenar de vida el espacio vacío del museo: hacer que los visitantes sientan que allí había habido gente como ellos, crear un puente entre el que mira hoy y quien estuvo detenido ayer. "Nuestra herramientas más importante —dijo a NYT— es la identificación".

Contó una historia que le sucedió a otro guía: un adolescente sirio le preguntó por qué se habían hecho museos de centros de tortura. "Para que no volvamos a tenerlos", le respondió el guía. "En Siria también tenemos centros de tortura", le explicó el muchacho. "Quizá, cuando la guerra termine, deberíamos convertirlos en museos, también".

Un sector del campo de concentración de Sachsenhausen. (Angie Angelus)
Un sector del campo de concentración de Sachsenhausen. (Angie Angelus)

Con los estudiantes palestinos es más difícil: "¿No le parece que lo que los judíos hacen con los palestinos hoy es lo mismo que lo que nos nazis hicieron con los judíos", le preguntó una niña a Aegerter. "No. Pero eso no significa que uno tenga que aprobar todo lo que hace el estado de Israel". La chica no quedó muy convencida de la explicación.

También con aquellos inmigrantes que, por el mero color de su piel, son discriminados aunque sean alemanes nacidos y criados. "Desde luego que el antisemitismo es importante", le dijo uno a Chebli. "Pero ¿qué pasa con el racismo que yo vivo a diario?". Ella cree que luchar contra la islamofobia es algo fundamental para luchar contra el antisemitismo.

Y particularmente difícil es con aquellos alemanes atraídos por la ultraderecha. Una maestra le contó a Aegerter que se sentía mal porque había organizado una excursión a Sachsenhausen para uno de sus cursos especialmente preocupada por tres estudiantes a los que veía inclinarse hacia el neonazismo. El día de la visita, los tres se declararon enfermos y faltaron.

Las encuestas muestran que los alemanes ahora se oponen a la llegada de nuevos refugiados.
Las encuestas muestran que los alemanes ahora se oponen a la llegada de nuevos refugiados.

"Lamentablemente, no fue una excepción", dijo la guía a Bennhold. También hay padres que se niegan a que sus hijos visiten los campos.

Morsch —quien lleva 25 años al frente de Sachsenhausen— sabe que sería ingenuo "pretender que una visita de dos horas convierta a un neonazi en un antifascista". Pero lo considera un paso valioso y de impacto. No obstante, opina que no debe ser obligatorio. El maestro Hetzelein no está de acuerdo. En Bavaria, donde creció, lo llevaron a ver Dachau, que quedaba cerca de Munich. "No alcanza con leer libros sobre el tema", dijo. "Hay que sentirlo".

Luego de la visita habló sobre eso con sus 22 alumnos. De ellos, 21 le dijeron que pensaban que, cuando fueran padres, llevarían a sus hijos a conocer un campo.

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