
A pocos meses de cumplir 90 años, la escritora mexicana Elena Poniatowska mantiene la obsesión de los buenos entrevistadores, que se callan y dejan hablar a los otros, en espera de pescar una buena historia como la de su nueva novela, la segunda parte de “El amante polaco”.
“No soy de hablar de mí misma. Mi oficio desde hace casi 70 años es hacerles preguntas a los demás; no me dedico a pensar en mí misma porque mi tema no soy yo. Es un buen título para esta charla, mi tema no soy yo”, asegura este viernes en entrevista a Efe la Premio Cervantes de 2013.
El rojo de una nochebuena medio metro encima de su cabeza hace juego con el blanco de su cabello. Es la imagen perfecta para platicar porque son los colores de Polonia, el país donde reinó Stanislaw Poniatowski, el protagonista de la novela.
“Fue un hombre noble; ha de haber sido bueno para hacer el amor porque fue amante de Catalina la Grande y agradaba a las mujeres. Era muy culto, de niño, tuvo un papá guerrero que le salvó la vida al rey de Suecia, pero a él no le gustaban las armas”, asegura al referirse a su antepasado de hace más de 200 años.
RECREACIÓN HISTÓRICA

Poniatowska, que ganó el premio Alfaguara en 2001, el Rómulo Gallegos, en 2007, y el Biblioteca Breve, en 2011, retrató con su prosa a un rey empeñado en darlo todo por su país, y en el texto recreó la Europa entre 1732 y 1798, los años de vida del monarca.
Solitario y triste, después de que Catalina le arrebató la virginidad, la paz y al final el país, Stanislaw mueve sus cartas para mantener a Polonia a salvo de tres potencias depredadoras: Rusia, Prusia y Austria. Al final queda como un perdedor, sin embargo muere con la paz de haber obedecido a su corazón.
Al igual que en el primer libro, al final de cada capítulo Elena recrea la vida política y cultural de México y cuenta secretos de su vida de mujer adelantada y de escritora con casi todos los reconocimientos posibles, menos el Premio Nobel.
Insiste en que sus testimonios no son adelantos de su biografía porque prefiere escribir sobre los demás. Ahora solo ha revivido recuerdos, de su vida, de su relación con personalidades y del ambiente de México en varios momentos del siglo XX.
Para escribir sobre el último rey polaco, Elena consultó muchos libros en inglés y francés porque en español no hay nada sobre el tema. Confiesa que cuando era pequeña no le hablaron de Stanislaw y al indagar sobre su vida, le encantó su manera de ser.
Imagina un escenario ideal: el antepasado polaco aparece en el jardín de su casa, presidido por una buganvilia. Elena sabe que eso solo puede suceder en una historia inventada, pero como se dedica a ellas, está preparada para reaccionar.
“Si me lo encontrara, le regalaría el libro, le diría que me encanta el apellido Poniatowski; que conozco mal Polonia y lo invitaría a una copita de vodka. Pero él no bebía, entonces quizá lo forzaría. Le diría que vivir en México ha sido un regalo polaco, que aquí a la política le decimos la polaca, y esas cosas”, confiesa.
EL ELIXIR DE LA POESÍA

De la misma manera que las personas de su edad toman pastillas para la tensión, la diabetes o la acidez, cada mañana Elena Poniatowska acude a la poesía como un elixir, que tal vez no ha sido la razón de su larga vida, aunque sí de que sea más bella.
Confiesa que cada día relee varios poemas y menciona a algunos de sus autores favoritos, entre ellos Octavio Paz, Federico García Lorca, Rosario Castellanos, y Cristina Peri Rossi, reciente ganadora del Premio Cervantes.
“Leer poemas todos los días es algo que siempre hago”, revela, y señala sus libreros de madera pintada de blanco con tres metros de altura, en los que descansan obras principales de la literatura en varios idiomas.
¿Sería exagerado afirmar que si todos leyéramos poesía, tal vez no nos hubiera dañado la covid-19?
“Para nada, yo creo que esa es una verdad como un kilo de oro”, responde Poniatowska.
EFE
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