
El 9 de febrero de 1865, después de la caída de Oaxaca como consecuencia de la Intervención Francesa, el general Porfirio Díaz fue detenido y trasladado a la ciudad de Puebla, en donde arribó el 1 de marzo. Primero fue llevado al fuerte de Loreto, en donde permaneció 3 meses, después al ex convento de Santa Catalina y, finalmente, fue encarcelado en el Colegio Carolino, cuando este era ocupado para uso militar.
Sin embargo, su estadía sería corta, pues en la madrugada del 20 de septiembre se escapó. Este hecho es de los momentos pocos recordados en la historia de Díaz, pues el autoritarismo que estableció durante los 30 años que estuvo en el poder y su figura como caudillo militar son los principales referentes en el entorno de su figura.

En el libro Memorias, Díaz narra que tenía planeado escaparse el día de su cumpleaños, el 15 de septiembre, pero decidió cambiar de fecha debido al movimiento de tropas que rondarían por las fiestas del aniversario del comienzo de la independencia.
Al llegar el día 20, Porfirio Díaz organizó una distracción para la guardia, y con algunas reatas, tanto como para defenderse como para amarrarse, consiguió burlar a la seguridad y salir del Colegio Carolino.
“Después de tirar el lazo sin ver bien y sólo calculando el lugar en que estaba la canal, logré acertar la lazada, y haciendo algunos esfuerzos por cerciorarme de su resistencia subí por la cuerda a la azotea…”, narró el ex presidente en su libro biográfico.

Cuando Porfirio Díaz se encontraba en la azotea del Carolino, emprendió su camino hacía la esquina de San Roque, lugar en dónde llevó a cabo su descenso. Entre los vidrios rotos y el ruido que estos generaban, el piso mojado por las lluvias, Díaz estuvo a punto de ser descubierto.
Al llegar a la esquina de San Roque y Alatriste, el ex presidente se amarró a una estatua de San Ignacio, para posteriormente descender por el muro.
“El santo oscilaba mucho al tocarlo; pero tendría probablemente alguna espiga de hierro que lo sostuviera, y para mayor seguridad no fijé la cuerda en él, sino en la piedra que le servía de pedestal y que era a la vez la angular del edificio”, contó Díaz.

Sin darse cuenta, Porfirio Díaz cayó en un cercado en donde se encontraban unos cerdos, lo cuales pusieron en riesgo su fuga, pues comenzaron a descontrolarse al verlo descender sobre ellos a través del muro de Carolino.
Después de que estos se calmaran, Díaz cruzó la cerca rumbo a la calle, y justo en ese momento, se encontró con un militar, lo que provocó que se escondiera de manera inmediata. Cuando el gendarme desapareció, Porfirio siguió su camino.
“Seguí violentamente mi marcha para la casa donde tenía mis caballos, mi criado y un guía, y pude llegar a ella sin dificultad”.
Porfirio Díaz partió hacia un rancho llamado Santa María Del Río, el cual se encontraba entre los estados de Puebla y Guerrero, en dicho rancho lo esperaba el coronel Bernardino García, junto con un batallón para seguir con la batalla en contra de la Intervención Francesa.
En el centro de Puebla se encuentra una cantina con el nombre de La Fuga de Don Porfirio, como homenaje a este hecho, que sin duda alguna cambió el rumbo de la historia de México.

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