
El primer día de marzo del 2021, un hombre de 31 años llamado José Luis irrumpió en el Salón de Tesorería de Palacio Nacional y logró llegar hasta el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, para pedirle ayuda.
Se trataba de un ex recluso con una sentencia de dos años, un hombre que no conseguía trabajo ni tenía la oportunidad de ver a su hija. ”No encuentra camino para rehacer su vida, quedamos en ver qué se puede hacer…”, dijo la directora de Atención Ciudadana, Leticia Ramírez, poco después.
José Luis es una de las más de 200,000 personas privadas de su libertad que estuvieron en el Sistema Penitenciario Nacional hasta 2019, de acuerdo con la Comisión Nacional de Derechos Humanos. Es la cara pública de la realidad que viven miles de ex prisioneros al conseguir su libertad, pero que, a pesar de tener derecho a programas de reinserción, una vez fuera se enfrentan a una realidad que constantemente les obstaculiza rehacer su vida.
El problema fundamental es que “no hay procesos efectivos de reinserción”, señaló Cynthia Morado, directora de Reinserción Social para Adolescentes de Reinserta, organización enfocada en apoyar a personas privadas de su libertad.

“Los programas actuales sirven para que las personas estén entretenidas, pero no se desarrollan las habilidades psicosociales para generar planes de vida alejados del delito o nivelar todas las desventajas”, detalló.
Muchos de los adolescentes que terminan en prisión, asegura Morado, han vivido en contextos con escasas oportunidades educativas o laborales. Además, algunos han estado insertos en espacios violentos o no tuvieron figuras de autoridad y atención durante su vida.
Josh tiene 22 años, pero cinco de ellos estuvo recluido en el Centro de Internamiento para Adolescentes Quinta del Bosque, Estado de México. Hace nueve meses obtuvo su libertad y cuenta que no fue nada fácil salir del reclusorio.
“Me acuerdo que el primer día que salí. La neta tenía mucho miedo porque, después de cinco años, veía todo bien cambiado. Tenía miedo de algún ajuste de cuentas, desconocía todo por completo”, relató.
Josh salió en medio de la pandemia por coronavirus y no cuenta con apoyo familiar. Su padre falleció durante su encierro y su madre y hermano dejaron de contactarse con él en 2019. “Al salir, tuve que volverle a agarrar la onda a la calle, aprender a moverme otra vez, las direcciones y todo eso”, contó a Infobae México. “Hay un miedo porque la sociedad todavía nos ve como delincuentes aunque uno haya cambiado, eso es algo que nunca se quita y uno tiene miedo de que lo reconozcan”.

Uriel, por su parte, tiene 24 años y ha estado en la cárcel en dos ocasiones. Ambas salidas fueron distintas. “La primera vez que caí estaba tierno, tenía 18 años. Era totalmente diferente de lo que pensaba, quería volver a entrar y me arrepiento de haberme dicho ‘ahora sí voy a aventarme algo más grande’”, explicó.
En esa ocasión, Uriel salió libre a los seis meses, pero admite que “no aprendió” y fue detenido nuevamente. Esta vez estaría cuatro años y 13 días remitido en el Reclusorio Varonil Oriente de la Ciudad de México.
“La segunda vez fue totalmente distinta. Aprendí a valorar muchas cosas. Cuando salí a la calle me espantaba de todo, de cualquier patrulla que veía”, relató el joven y agregó que “gente como nosotros le batalla mucho. Hay de dos: seguir igual o hacer un cambio”.
“NOSOTROS TE HABLAMOS”: EL HOSTIL MUNDO LABORAL
Al quedar en libertad, los ex reclusos se enfrentan a la necesidad de encontrar y mantener un empleo, reintegrarse a sus círculos sociales cercanos y evitar la reincidencia delictiva, aspectos que los programas de reinserción social tendrían que tomar en cuenta, según Morado.
La Ley Nacional de Ejecución Penal y la Ley Penal para Adolescentes contemplan el derecho que tienen las personas privadas de su libertad a los programas de reinserción. De hecho, el artículo 14 de la primera norma señala que la Autoridad Penitenciaria brindará “los medios para procurar la reinserción de la persona sentenciada a la sociedad y que no vuelva a delinquir “.
Cynthia Morado señaló que, aunque los programas aparecen normativamente, “en la práctica no existen o no existe una oferta programática efectiva”. Dentro de prisión hay talleres de diversos tipos, pero la oferta escolar y laboral se queda corta. “A pesar de que hay cierta oferta, estos programas no son especializados y entonces da lo mismo, las personas cuando salen de ahí, salen poco preparadas”, detalló.
Organizaciones como Reinserta brindan talleres dentro de las cárceles para tratar de nivelar las desventajas que tendrán los presos al salir de de la cárcel. Aún así, en el ámbito laboral, los ex reclusos batallan constantemente para estabilizar su situación.

“Cuando te piden el papel de antecedentes ya sabes que no va haber trabajo”, explicó Julio, quien pasó cuatro años en el Reclusorio Varonil Sur.
Tanto él como Uriel han tenido que recurrir a trabajos informales por la falta de oportunidades. Julio, por ejemplo, trabajó en una obra negra por nueve meses, pero al haber salido tres años antes de su sentencia, también estaba obligado a cumplir con ciertas actividades y una firma periódica que condicionan su libertad.
“Era bien complicado porque no es tan fácil que el patrón se ponga en tus condiciones”, contó. Los antecedentes penales y la ausencia periódica de las actividades laborales, aunque fuera por un compromiso penal, se volvieron un doble rechazo en el mundo laboral. Sin embargo, Julio asegura que “para mi era un compromiso (ir a firmar) y prefiero perder mi trabajo que mi libertad”.
Finalmente, las alternativas de los ex reclusos se reducen al empleo informal, el autoempleo o la contratación de empresas que aceptan no poner atención a los antecedentes penales. “Todo ello bajo un esquema de inestabilidad”, puntualizó Morado. “Hay estos estigmas de que son personas malas, delincuentes. (El pensamiento de que) si ya estuvo en la cárcel, si ya robó alguna vez, va a ser delincuente toda su vida”, señaló.
Uriel, por su parte, contó desde su experiencia que “es súper difícil conseguir un trabajo. Yo iba a empresas, a fábricas, pero se me cerraban las puertas por los antecedentes penales. Me decían ‘nosotros te hablamos’, pero ese ‘te hablamos’ era nunca”.
Ante la negativa para un trabajo formal, Uriel comenzó a trabajar con personas que colocan vidrio y aluminio y, más adelante, laboró en una construcción. “Es la única forma en la que te aceptan, pero te esclavizan machín, hay mucha gente que no sabe sus derechos, te pagan lo que quieren o te ponen a trabajar horas de más, pero uno lo tiene que hacer porque sabe que tiene gastos ¿no? “.
“AGUAS, HA IDO A LA CÁRCEL”: LA CIUDAD DE LOS ESTIGMAS

La especialista de Reinserta asegura que la falta de oportunidades viene especialmente de la “poca comprensión e información” que hay sobre la situación los ex reclusos antes y después de estar en prisión.
“Nunca es justificar, pero sí entender por qué una persona puede llegar a estar en esa situación. Estar más abiertos a que si hay programas de reinserción efectivos, se puede llegar a un cambio”, explicó Morado.
Además, muchas personas salen de prisión sin documentos oficiales, es decir, no son considerados “ciudadanos como tal”. Josh ha visto frenadas muchas de sus oportunidades por no tener una identificación oficial; él fue recluido a los 16 años y salió con 20 hace algunos meses. “Salí siendo un adulto y ya te toca la vida de adulto en la que si no trabajas no comes”.
Los tres ex reclusos aseguraron que han sufrido discriminación por parte de las personas con las que interactúan día con día, quiénes, al enterarse que estuvieron en prisión, los tratan con recelo con frases como “Aguas, ese ha ido a la cárcel”.
Los estigmas sociales, la falta de oportunidades laborales y los frenos burocráticos de la falta de documentación oficial, obstaculizan el deseo de los ex reclusos de rehacer su vida alejados del delito.
El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) por medio de la Encuesta Nacional de Población Privada de la Libertad 2016 informó que el 25% de la población de centros penitenciarios eran reincidentes y reingresados.
Públicamente, José Luis, el hombre de la mañanera, desahogó la desesperación de un contexto hostil al buscar directamente al presidente de México. Sin embargo, algunos no logran sobreponerse y caen en la reincidencia delictiva.
“No es fácil estar fichado, una persona tal vez ya la vivió, ya la sufrió y aún así lo tratan diferente”, aseguró Julio al pedir que la sociedad aprenda a apoyar aquellas personas que buscan una vida alejada del delito. Él tiene cuatro hijos, a dos de ellos no los vio crecer por estar recluido, pero los últimos dos nacieron cuando era libre.
“Al principio sí me costó obtener algo estable”, explicó. Por medio de redes sociales llegó a recibir ofertas para volver a delinquir, pero “de antemano sabemos que es fácil y que puedes obtener más, pero tarde o temprano va a pasar algo (...) yo cuando sí pensaba en aventarme otro robo, siempre, siempre se me venían a la mente mis hijos”, aseguró.
Josh vive actualmente en un centro para tratar adicciones y, a pesar de no tener ningún tipo de apoyo familiar, busca una vida en la que no tenga que delinquir. “A veces para nosotros es difícil saber qué hacer con esta libertad (...) el internamiento nos hace muy dependientes. Yo me acostumbre a estar allá e incluso un mes antes (de quedar libre) ya no quería salir porque sentía que me tragaba la ciudad”.
Por su parte, Uriel invita a las personas que están o estuvieron en prisión a tomar un proceso de reinserción. “Se trata de ayudarnos porque el cambio lo va a hacer quién quiere, me gustaría que mucha banda se uniera a esto para bajar el tema de la delincuencia, aunque, bueno, sé que nunca se va a acabar”.
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