
Ciudad de México, 2013. La Procuraduría del entonces Distrito Federal presenta en sus instalaciones a un adolescente de actitud tímida y nerviosa que oculta su rostro ante las cámaras. Tiene el cabello lacio casi cortado a rape, la boca pronunciada por los dientes frontales y sus ojos poseen una mirada penetrante.
Es el “Ivancito”, un joven que en 2007, seis años antes, puso en jaque a la policía de Ciudad de México y fue acusado de seis homicidios, aunque el terminó confesando casi una veintena.
Apodado desde niño como El Pequeño, creció en la Unidad Habitacional Ermita Iztapalapa, también conocida como “El Hoyo”, y famosa por ser la colonia más peligrosa de la urbe más grande del continente.
Un sitio donde se criaron otros criminales célebres como “El Pechugas” (secuestrador) y “El Bebé” (líder de una banda de 200 ladrones), solo por mencionar algunos. No existen cifras oficiales sobre los delitos que ocurren entre sus calles, ya que es uno de los pocos sitios donde la policía no puede patrullar.

La familia del “Ivancito” está conformada en su mayoría por una dinastía de asaltantes y extorsionadores del transporte público en Iztapalapa. Uno de sus primos estuvo relacionado con el asesinato de un policía judicial y otros parientes trabajaron para Delia Patricia Buendía Gutiérrez, alias la “Ma Baker”.
“Mi jefe (papá) ha estado preso en el Reclusorio Oriente, en el Sur, creo en el Norte y dos veces en el Bordo de Xochiaca. Robaba joyas y cajeros. También andaba de cabrón”, le confesó al periodista Humberto Padgett durante su estancia en el tutelar de menores de San Fernando.
A él lo acusaron de robo a mano armada, secuestro y homicidio. Formaba parte de una banda de adolescentes que traía asolada a toda Iztapalapa.
Se inició en el mundo del crimen como dealer, pero al poco tiempo cambió de oficio por una oferta mucho más redituable: “Desde los 11 vendí vicio. Después robé carros. Luego vimos que ahí (en el asesinato) había más dinero y nos cambiamos [...] Al poco tiempo pude comprar mi carro, mi casa y ayudé a mi mamá a arreglar la suya. Me gastaba 50 mil varos en un cotorreo. Nos íbamos de vacaciones una semana a Puerto Vallarta o Acapulco”, confesó.
“Cuando era por dinero les poníamos unos cinco tiros. La mayoría de veces los agarrábamos saliendo de sus cocheras. ¡Pum! A quemarropa, de frente. ¡Pum,pum! Cuando era guerra por el poderío del barrio tirábamos hasta 30 balazos [...] La mayoría de las veces era entre la mafia. A mí me mandaba la mafia a matar más mafia. Gente de en medio. A ellos les daban indicaciones y a nosotros nos mandaban para hacer el trabajo”, explicó.
El 11 de enero, cuando fue presentado en las instalaciones de la PGJDF, lo acusaron de asesinar a un vecino de la Unidad Ermita Zaragoza de 21 años de edad.
Apenas dos meses antes había salido libre del tutelar de menores, pero no pasó un mes para que volviera asesinar.
Mientras estuvo recluido, “El Ivancito” vivía en un dormitorio restringido, solitario, húmedo, con poca luz, con visitas restringidas y actividades específicas. Allí intentó quemar a uno de los internos y cuando estaba a punto de salir le llegaron rumores de que un joven llamado Francisco Javier Ángeles Gutiérrez le mandaba decir que ni se presentara por el barrio, porque de lo contrario se las vería con él.
El Ivancito reviró: “díganle que le voy a dar piso donde lo tope”.
Y así fue. El 26 de diciembre, junto con otros siete adolescentes, persiguió y emboscó a Fernando hasta que logró meterle cuatro tiros en la cabeza.
Pronto volvió a la cárcel. La detención se dio luego de que éste buscara a su pareja sentimental y al hijo que tienen en común en el Estado de México.
Actualmente sigue encerrado en el Reclusorio Sur.
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