Lozoya y el mito del enemigo

No creo que la intención sea sentenciar a alguien. Menos aún por la forma en que se está ventilando todo, pues lo expone a desacreditarlo por violaciones al debido proceso. Además, los procesos podrían durar más allá de este sexenio. Pero unas masas sedientas de sangre no se darían cuenta de la farsa, si está bien montada y no hay un discurso alternativo

(Foto: cortesía)
(Foto: cortesía)

Un requisito indispensable para pensar lo político es separar ante todo lo que es de lo que nos gustaría creer que es. De lo contrario, uno acaba incurriendo en escenarios fantasiosos, si acaso no presa de la posverdad. Por ello, siempre hay que mantener la cabeza fría cuando se quiere analizar la política.

Considero que una de las cosas más políticamente sanas que podrían pasar es ver a ex presidentes procesados por delitos graves. Eso demostraría que los viejos pactos de impunidad ya no sirven y arrojaría un mensaje contundente a quienes ocupan el poder para evitar incurrir en actos por los que pueden ser condenados, pues sólo de esa forma podrían diseñar instituciones adecuadas para combatir la corrupción.

Sin embargo, dudo mucho que el afán del gobierno por usar el tema de la corrupción de Pemex sea para combatir la corrupción, sino mantener el ánimo social lo suficientemente caliente y lo más a favor del gobierno posible rumbo a 2021. Esto, además, entra en las estrategias del populismo contemporáneo, si así consideramos a la administración de López Obrador.

¿A qué me refiero? Defino como “populismo” a una estrategia política a través de la cual un líder personalista busca conquistar o ejerce el poder público basado sobre el apoyo directo y no distinguible de una gran cantidad de seguidores no organizados. De esa forma, importan más el discurso y las imágenes de poder que el calificativo de “izquierda” o “derecha”. La apelación directa al “pueblo” hace que el discurso sea polarizante y requiere de la existencia de “enemigos” para mantener su legitimidad. Es aquí donde Emilio Lozoya es útil, pues mantiene vivo el discurso del combate a la corrupción y permite señalar culpas, reales o no, a personas concretas.

Dejemos a un lado que Pemex ha sido usado desde hace sexenios como “caja chica” de los diversos gobiernos y que justamente la paraestatal se pone en el ojo del huracán con cada cambio de partido en el poder. Recordemos, por ejemplo, el “Pemexgate” durante la administración de Vicente Fox, cuando se le investigó por desvío de fondos para la campaña de Francisco Labastida Ochoa en 2000. Es decir, es un blanco atractivo, obvio y ciertamente rentable; aunque las acusaciones podrían ser casi imposibles de acreditar.

Lozoya también es útil como símbolo: es el hijo del último amigo de la universidad de Carlos Salinas de Gortari que, al contrario de Manuel Camacho Solís, no pasó por un proceso de “purificación” política. Por lo tanto, se mantendría vigente uno de los hombres de paja de López Obrador, aún cuando nada haya qué comprobarle, o cualquier delito acreditable haya ya expirado desde hace años.

Sin embargo, y como ya puse, no creo que la intención sea sentenciar a alguien. Menos aún por la forma en que se está ventilando todo, pues lo expone a desacreditarlo por violaciones al debido proceso. Además, los procesos podrían durar más allá de este sexenio. Pero unas masas sedientas de sangre no se darían cuenta de la farsa, si está bien montada y no hay un discurso alternativo. Pero podría estar equivocado.

Ahora bien, si las movidas ya están más que cantadas, lo asombroso es ver a una oposición todavía pasmada y reactiva. En lo personal, me daré por servido si todo esto acaba en una pifia, si a cambio desaparecen del mapa político todas las personas que no sólo son corresponsables por acto u omisión de la situación en la que estamos. Por lo pronto, no votaré por partido alguno que presente como candidato a alguno de los acusados, sean o no reales las imputaciones.

*Politólogo

Lo aquí publicado es responsabilidad del autor y no representa la postura editorial de este medio

MAS NOTICIAS