
Cuando tenía 19 años, Norma creyó haber encontrado la oportunidad de su vida: le ofrecieron irse a Japón para trabajar como edecan y modelo.
Ella es oriunda de Culiacán, Sinaloa, y cómo muchas familias de la región, la falta de dinero siempre fue una constante durante su infancia. Corrían los años 80′s. Su padre acababa de fallecer y los problemas económicos no hacían más que agravarse.
En ese contexto, la oferta de trabajo en Japón se presentó como una gran oportunidad para revertir su futuro y el de su familia: tendría dinero, podría ayudar a su madre y a sus hermanos y además alcanzaría su sueño de convertirse en modelo.
Sin pensarlo más, a pesar de las reservas de su madre, firmó un contrato de dudosa procedencia. “Mi mamá me decía muerta de miedo: 'No sé a lo que vas, pero la necesidad es tan grande. Espero que sea algo de bien porque necesitamos el dinero”.
En menos de tres meses, sus empleadores gestionaron todo por ella. Le sacaron su pasaporte, su visa Y le confirmaron que había sido aceptada por la “agencia de modelaje”.

Muy por encima le mencionaron que algunas veces también tendría que trabajar en un bar como anfitriona o edecán, pero que eso no representaba ningún problema para su desarrollo profesional. “Sólo tendrás que darle la bienvenida a los clientes. Nada más”, le prometieron.
Era 1986, y Norma nunca había salido de México. Ni siquiera a Estados Unidos. Pero ahora iba atravesar los umbrales del mundo occidental.
Al aterrizar, no había terminado de asimilar el choque cultural cuando ya le habían informado de una supuesta deuda que debía de pagar. Tenía que devolver todos los gastos que implicaron su traslado, sus trámites de visas y pasaporte, vivienda, transporte, alimentación, etc.
Lo siguiente fue llevarla a un club para hombres. “Aquí vas a trabajar, no te preocupes, son buenas personas, se van hacer cargo de ti. Nos vemos en pocos meses”, le dijeron.
“En ese momento no lo sabía, pero ahora sí entiendo lo que sucedió: pasé a ser propiedad de ese bar. Así se hizo la transacción”, explicó al periódico El Universal.

Los dueños de aquel local habían comprado el contrato que ella firmó en México con la supuesta agencia de modelaje. A partir de ahí no volvió a ver su pasaporte y rara vez escuchó a alguien hablar en español.
Con el tiempo se terminaría enterando que de su visa era de un tipo que se otorgaba para trabajar en el mundo del entretenimiento como bailarina.
“Pensaba que no podía decir: ‘Me engañaron para trabajar en un bar’ cuando yo había firmado papeles y ayudé a que se procesara mi visa en la embajada. Sentí que me había sentenciado yo sola”.
“Como mujer y como mexicana, me enseñaron: 'Sé niña buena, no te quejes mucho, no pidas mucho, esta es una buena oportunidad, no incomodes a los demás, no seas histérica”.
Los dueños del club le explicaron que siempre tenía que estar con los clientes, “tipo Playboy", y la llevaron a vivir a un departamento.

“Al principio, había personas que nos trasladaban (en automóviles) a todos los sitios, nos acompañaban a comprar comida, nos recogían en el departamento y nos llevaban al bar y viceversa”.
“Lo hacen para ganarse tu confianza y te vuelves como un niño, no puedes hacer nada sola (…) Dependes de ellos porque estás aislada y no tienes nada de dinero, es una ciudad inmensa, con otro idioma, un alfabeto totalmente diferente. En esa época no había celulares ni redes sociales. Sin ellos no tenía manera de sobrevivir”.
Rápidamente estableció una relación de dependencia con ellos. Los necesitaba para absolutamente todo.
Un día, la mama-san, que es la mujer de mayor edad a cargo del bar y, en muchos casos, de las geishas y las trabajadoras sexuales, le ordenó irse con uno de los clientes.
“Vi cuando alguien ofreció dinero por mí. Pasé a ser propiedad de un cliente prominente. Era un jefe de la mafia”, explicó. “Muchas veces se trataba de ir a un hotel. Otras veces tenía que ser su escort y debía acompañarlo a eventos sociales”.
Así pasaron meses.

“Te empiezan a presionar (para que hagas cosas que no quieres) y desarrollas un miedo enorme. A mis 19 años no estaba preparada para lo que me sucedió. Jamás me identifiqué como víctima de trata, me veía como una persona que había tomado una (mala) decisión y que se había metido en un problema grande. Y ni modo, me lo tenía que aguantar".
Por su misma situación también pasaron otras mujeres latinoamericanas, principalmente brasileñas y colombianas.
Como parte de una estrategia de supervivencia, se puso a estudiar japonés con las propinas que recibía.
Un poco después, Norma conoció a su futuro esposo y, junto a él, se fue a vivir a Canadá.
Sin embargo, las secuelas de lo que vivió en Japón la siguieron atormentando por muchos años. “Mucho tiempo me culpé. ¿Cómo pude ser tan tonta? Retrocedía y veía las oportunidades que tuve de escapar y no lo hice. Tuve bulimia, anorexia, me quemaba los brazos con cigarrillos”.

Ahora es activista, ultramaratonista y realiza deportes extremos. Considera que lo mejor que puede hacer para erradicar el problema del que ella y muchas otras mujeres han sido víctimas es apoyar a quienes pierden la esperanza tras sobrevivir a episodios delictivos.
Y es que a pesar de que ya pasaron 34 años, aún sigue enterándose de casos de explotación como el suyo.
Desde 2011, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) reconoció que la trata de personas es el segundo delito más redituable en México, después del narcotráfico. En 2016 se contabilizaban más de 500,000 víctimas.
Como una víctima de los años 80, para Norma la violencia contra las mujeres no ha cambiado ni disminuido.
Sin embargo, gracias a las movilizaciones de hoy en día siente una confianza como nunca antes. Incluso reconoce que las nuevas generaciones están haciendo algo admirable: una revolución que podría cambiar las cosas para siempre.
“Nadie, jamás, se merece pasar por algo como eso”.
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