El Niño y el Atlántico: las señales que podrían anticipar olas de calor extremas en la Amazonía

Investigadores de Brasil y Australia hallaron indicios climáticos que podrían mejorar la preparación frente a episodios de altas temperaturas, sequías e incendios en la cuenca amazónica

Crédito: Earth's Future (2026). DOI: 10.1029/2026ef008496
Un estudio científico reveló que las señales de los océanos Pacífico y Atlántico permiten anticipar olas de calor en la Amazonía hasta con siete meses de antelación. (Earth's Future (2026). DOI: 10.1029/2026ef008496)
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Hasta siete meses antes de que se dispare el calor extremo en la Amazonía, el océano puede empezar a dar señales. Un estudio de investigadores de Australia y Brasil identificó que el comportamiento de El Niño en el Pacífico y el calentamiento de zonas del Atlántico tropical permiten anticipar, en determinadas estaciones y áreas, un aumento del riesgo de temperaturas inusualmente altas en la mayor selva tropical del planeta.

La investigación, publicada en la revista Earth’s Future, analizó datos climáticos entre 1950 y 2023 y evaluó la relación entre los océanos, la temperatura y las lluvias en seis regiones de la cuenca. Sus resultados no equivalen todavía a un sistema operativo de pronóstico, pero marcan zonas y épocas del año en las que podría ser posible emitir alertas con anticipación.

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La relación más clara apareció durante el período de marzo a mayo. En buena parte de la Amazonía, los episodios de calor extremo estuvieron vinculados con condiciones anómalas del Pacífico tropical y del Atlántico registradas hasta siete meses antes.

El análisis señala que las temperaturas elevadas son más probables después de un calentamiento asociado a El Niño, la fase cálida de un patrón climático del Pacífico conocido como Oscilación del Sur de El Niño. Dicho de forma sencilla, cuando extensas áreas del Pacífico central y oriental se calientan más de lo habitual, se alteran los movimientos de aire que influyen sobre otras regiones del planeta.

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Mapa del océano con zonas rojas y azules de temperatura, ciclones nubosos, lluvia y flechas que indican corrientes.
La investigación publicada en la revista Earth’s Future evaluó datos climáticos de la cuenca amazónica registrados entre 1950 y 2023. (Imagen Ilustrativa Infobae)

En el caso amazónico, esas alteraciones pueden reducir la formación de nubes y las precipitaciones en sectores de la cuenca. Con menos nubosidad, llega más radiación solar al suelo. A la vez, la falta de agua limita la evaporación, un proceso que ayuda a enfriar la superficie terrestre.

La profesora asociada Andrea Taschetto, de la Universidad de Nueva Gales del Sur, explicó que los vínculos entre la Amazonía y ambos océanos ya eran conocidos a escala estacional. “Resulta bastante sorprendente que las temperaturas extremas estén vinculadas a condiciones en los océanos Pacífico y Atlántico tropical observadas con hasta siete meses de antelación”, afirmó la investigadora, una de las autoras del trabajo.

El Atlántico tropical también aporta información para anticipar el riesgo

La señal climática no fue idéntica durante todo el año ni en cada parte de la cuenca. Entre septiembre y noviembre, el calor extremo se relacionó principalmente con un calentamiento previo en el Atlántico Norte tropical. Entre diciembre y febrero, en cambio, la asociación más frecuente fue con temperaturas altas más recientes en el Atlántico Sur tropical.

Vista aérea de una costa montañosa junto a aguas turquesas y una densa pared de nubes blancas sobre el océano Pacífico.
El fenómeno de El Niño reduce la nubosidad y las precipitaciones, lo que incrementa la radiación solar sobre la superficie terrestre. (Imagen Ilustrativa Infobae)

El estudio también detectó indicios tempranos vinculados con El Niño en el sur de la Amazonía y en las zonas de transición entre los Andes y la selva. Estas diferencias regionales responden a la enorme diversidad geográfica de la cuenca, donde conviven regímenes de lluvia, paisajes y ciclos estacionales distintos.

Los científicos evaluaron cuatro grandes patrones climáticos. Además de El Niño, incluyeron las anomalías de temperatura superficial del mar en los sectores norte y sur del Atlántico tropical, y la Oscilación del Atlántico Norte. Esta última describe cambios en la presión atmosférica que pueden modificar vientos, tormentas y temperaturas a ambos lados de ese océano.

El ENSO, nombre técnico del sistema climático asociado a El Niño y La Niña, aportó la mayor parte de la información predictiva en buena parte de la cuenca. Sin embargo, las temperaturas atlánticas también resultaron relevantes en algunas estaciones y regiones.

Las olas de calor y la sequía aumentan el riesgo de incendios

El foco del trabajo no estuvo solamente en el calor. El equipo examinó también los eventos compuestos de calor y sequía, cuando una temperatura inusualmente alta coincide con una falta prolongada de lluvias. Para ello, consideró las condiciones acumuladas en períodos de tres meses.

Estos episodios pueden elevar la posibilidad de incendios, afectar ecosistemas, comprometer el abastecimiento de agua y perjudicar la salud y la producción de alimentos. También pueden reducir la capacidad de la selva amazónica para capturar dióxido de carbono de la atmósfera, un factor relevante en el sistema climático global.

Pintura con olas en tonos naranja, rojo y amarillo bajo un cielo gris con nubes oscuras de tormenta.
El equipo de investigadores combinó análisis estadísticos con herramientas de aprendizaje automático para identificar indicadores de riesgo climático. (Imagen Ilustrativa Infobae)

En las últimas décadas, los períodos cálidos y secos se volvieron más frecuentes e intensos. Las proyecciones climáticas indican que el calentamiento global puede agravar esa tendencia. A ello se suma el cambio de uso del suelo. Investigaciones anteriores han advertido que la deforestación puede alargar las estaciones secas y elevar las temperaturas locales.

Por ese motivo, una alerta con semanas o meses de antelación permitiría que comunidades, autoridades y responsables ambientales adopten medidas preventivas ante temporadas de mayor peligro.

Para examinar las conexiones, los investigadores combinaron un análisis estadístico de eventos extremos con herramientas de aprendizaje automático. En lugar de limitarse a observar si dos variables cambian juntas en promedio, estudiaron si condiciones oceánicas excepcionalmente cálidas se asocian de manera desproporcionada con extremos de temperatura y precipitación en la Amazonía.

Los modelos tuvieron los mejores resultados para los eventos cálidos y secos entre diciembre y febrero en sectores del norte amazónico, y para marzo a mayo en la baja Amazonía central. En algunas regiones y estaciones identificaron señales útiles con uno o dos meses de anticipación.

La autora principal, la doctora Sanaa Hobeichi, señaló que el método ayudó a distinguir qué indicadores son más prometedores. “En general, el ENSO proporcionó la información predictiva más sólida, pero los modos climáticos del Atlántico resultaron más informativos en algunas regiones y estaciones”, indicó.

La capacidad de previsión fue menor entre junio y agosto, así como en parte de la Amazonía occidental. Allí pueden tener más peso procesos locales y regionales que no están completamente incluidos en los cuatro patrones climáticos analizados, como la humedad del suelo, el estado de la vegetación y la circulación atmosférica cercana.

Los autores remarcaron una diferencia central. La relación de siete meses es una señal temprana de calor extremo, no una prueba de que los episodios combinados de calor y sequía ya puedan pronosticarse de forma confiable con esa misma anticipación.

Los resultados muestran potencial predictivo, pero será necesario probarlos con modelos climáticos operativos y sumar datos sobre el suelo, la vegetación y la atmósfera regional antes de convertirlos en alertas de uso público. El trabajo, de todos modos, permite delimitar dónde y cuándo el monitoreo del Pacífico y el Atlántico puede advertir sobre un riesgo elevado.

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