
Científicos advierten que el sistema circulatorio oceánico en la Antártida está impulsando un ciclo de retroalimentación desconocido que acelera la pérdida de hielo y podría causar un incremento más rápido y grave del nivel del mar de lo que estiman los modelos climáticos actuales.
Esta reacción en cadena, identificada por el equipo liderado por Madeleine Youngs de la Universidad de Maryland, tiene el potencial de amplificar significativamente el avance de las aguas costeras en todo el mundo hacia finales de siglo, según informó la propia universidad en un artículo publicado en la revista Nature Geoscience.
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Los investigadores subrayan que el informe del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) considera el deshielo de la Antártida como un fenómeno aislado y fijo. En cambio, los nuevos hallazgos indican que existe un ciclo dinámico de retroalimentación: a medida que el hielo se derrite, el agua resultante altera la circulación oceánica, lo que, a su vez, incide nuevamente sobre la cantidad de hielo que se derrite.
Esta interacción podría acelerar aún más la velocidad del proceso. “La mayoría de los modelos climáticos actuales que sirven de base para la política internacional no tienen en cuenta este ciclo de retroalimentación”, afirmó Youngs, quien es profesor adjunto del Departamento de Ciencias Atmosféricas y Oceánicas de la UMD.
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Los mecanismos ocultos del deshielo antártico
El equipo de Youngs rastreó un fenómeno clave: el efecto desproporcionado que genera el agua de deshielo proveniente de las plataformas de hielo antárticas debido a su temperatura y densidad. El agua fría y densa se hunde y crea una barrera protectora cercana al fondo oceánico. Esta capa impide que las masas de agua más cálidas accedan a la base de las plataformas de hielo, protegiéndolas temporalmente del derretimiento.
Sin embargo, cuando gran cantidad de agua de deshielo ingresa al océano, diluye y debilita esa barrera protectora. Esto facilita que el agua más cálida del océano llegue al hielo basal. En consecuencia, el hielo se derrite a mayor velocidad, generando aún más agua dulce y perpetuando el debilitamiento de la barrera fría. “Es un círculo vicioso en el que un mayor deshielo provoca que el agua más cálida llegue al hielo, lo que a su vez causa aún más deshielo”, explicó Youngs.
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Añadió que, en ausencia de medidas, existe una posibilidad clara de que este proceso acelere la llegada del punto de inflexión climático mucho antes de lo anticipado si se considera el proceso aislado.
La advertencia de los investigadores adquiere mayor peso en el contexto de las proyecciones del IPCC, que estima que el deshielo de la Antártida podría aportar entre 28 y 34 centímetros adicionales de aumento del nivel del mar para el año 2100 en escenarios de altas emisiones. Este dato, incluido en el último tercio del informe publicado por la Universidad de Maryland, eleva el riesgo global cuando se contempla en combinación con el acelerador oculto detectado por el nuevo estudio.
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Actualmente, más de 680 millones de personas residen en zonas costeras bajas vulnerables al ascenso del nivel del mar. Incluso un aumento moderado sobre las proyecciones consolidadas según el IPCC expandiría significativamente el alcance de las marejadas ciclónicas y la frecuencia de inundaciones permanentes en ciudades como Miami o Bombay.
Las diferencias regionales: entre la aceleración extrema y la protección efímera
El fenómeno de retroalimentación positiva es notablemente más marcado en zonas como el mar de Weddell. En estas regiones, el ciclo de debilitamiento de la barrera fría permite una penetración más rápida del agua cálida, impulsando una fusión acelerada.
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En cambio, en áreas como la Península Antártica Occidental y el Mar de Amundsen, donde se emplaza el Glaciar Thwaites —denominado informalmente “el Glaciar del Juicio Final”—, el flujo de agua de deshielo desde el este crea una barrera de agua fría dulce que temporariamente protege la base del hielo de las infiltraciones de agua cálida.
“Nuestro estudio sugiere que estas regiones —generalmente consideradas las de mayor riesgo— están en realidad más protegidas de lo que pensábamos, al menos a corto plazo, debido a este ciclo de retroalimentación negativa”, puntualizó Youngs. Aclaró que esa “protección” depende de que ocurra primero un deshielo masivo aguas arriba —un suceso que ya representa graves consecuencias para el nivel del mar globalmente.
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Los autores sostienen que el manejo conceptual que hacen los modelos climáticos oficiales sobre el “deshielo fijo” es insuficiente. Destacan la necesidad de incorporar las retroalimentaciones regionales vinculadas a la dinámica del agua de deshielo para poder determinar de manera precisa la velocidad y el alcance de la futura pérdida de hielo en la Antártida, así como el ascenso asociado del nivel marino.
Subestimar el peso de estos ciclos de retroalimentación podría tener efectos dramáticos en la configuración de políticas climáticas y de gestión de poblaciones costeras. Youngs alertó que “no podemos limitarnos a considerar el impacto directo del calentamiento atmosférico”. Remarcó que su equipo apenas inicia la exploración de este proceso, pero que las retroalimentaciones detectadas “son reales, de gran impacto y varían según la zona del continente donde se produzcan”.
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Ya se ha iniciado una nueva etapa de estudio por parte de la Universidad de Maryland. El grupo de Youngs y colaboradores desarrolla actualmente simulaciones climáticas de mayor resolución centradas en los efectos dinámicos de la retroalimentación del agua de deshielo. Estas simulaciones buscan identificar qué plataformas de hielo están más cercanas al “punto de no retorno” y determinar la cronología probable de los escenarios críticos hasta el año 2100.
Como indicó la autora principal en referencia al futuro inmediato del equipo: “El siguiente paso es comprender exactamente cuándo y dónde se produce el punto de inflexión, y qué significa eso para todos nosotros”.
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