En Bélgica, el resplandor de las luces artificiales domina la noche. El país figura entre los territorios más afectados por la contaminación lumínica en el mundo, una realidad que transforma radicalmente el paisaje nocturno y marca una diferencia visible desde el espacio. Las imágenes satelitales muestran una extensa mancha brillante que cubre gran parte del país, revelando la magnitud de un fenómeno que preocupa tanto a científicos como a defensores de la naturaleza, según reporta The Guardian.
El origen de este brillo incesante radica en la densa red de farolas, alumbrado público, carreteras iluminadas y la proximidad de núcleos urbanos que apenas dejan zonas libres de luz artificial. En Bélgica hay tan pocos lugares oscuros que es casi imposible vivir una experiencia de noche verdaderamente natural. Los expertos han advertido que este exceso de luz no se limita a borrar el cielo estrellado, sino que también genera efectos profundos sobre el entorno.
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La contaminación lumínica altera la vida de cientos de especies. Para la fauna silvestre, la luz artificial representa una amenaza directa a sus ciclos naturales. Las aves migratorias, por ejemplo, pueden desorientarse al sobrevolar áreas iluminadas, desviando sus rutas y agotando energías vitales. Los insectos nocturnos, esenciales en el equilibrio de los ecosistemas, se ven atraídos por la luz y mueren en grandes cantidades al rodear lámparas y postes. Este fenómeno reduce la disponibilidad de alimento para otros animales y afecta la polinización de plantas.

Las alteraciones no terminan ahí, señalan los expertos en la publicación británica. La exposición constante a la luz artificial puede cambiar los patrones de depredación, reproducción y alimentación de mamíferos, anfibios y reptiles. La biodiversidad se ve afectada en su conjunto, y los cambios en un eslabón de la cadena pueden repercutir en el resto del sistema natural.
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Ante este diagnóstico, en 2021 surgió una iniciativa en el parque nacional de Entre-Sambre-et-Meuse, en el sur de Bélgica, un proyecto cuyo objetivo es la eliminación de farolas. Según The Guardian, un administrador público calculó que el 6% de las 8.000 farolas del parque —unas 480 luminarias— cumplía los requisitos de inutilidad: se encontraban a más de 50 metros del edificio más cercano.
El plan se centra en retirar farolas que ya no cumplen una función clara, especialmente aquellas en caminos rurales poco transitados o en cruces donde otras fuentes de luz resultan suficientes. Según reporta el medio, las autoridades han detectado más de 300 postes de alumbrado susceptibles de ser eliminados en una primera etapa, priorizando la protección de corredores ecológicos y rutas de migración de aves.
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La medida busca restaurar el equilibrio natural de la noche, permitiendo que especies animales recuperen comportamientos perdidos y facilitando la recuperación de hábitats degradados. A su vez, un aspecto innovador del proyecto es la reutilización de los postes.
Muchos de ellos se adaptan para favorecer la nidificación de la cigüeña blanca, una especie protegida que ha comenzado a asentarse en la región tras décadas de ausencia. Las plataformas instaladas en lo alto de los antiguos postes ofrecen un lugar seguro para los nidos, integrando la gestión de infraestructura con la conservación de la biodiversidad.
No obstante, el proceso de retirar farolas genera opiniones divididas en la comunidad. Nicolas Goethals, responsable de la iniciativa, resalta la prioridad de proteger la fauna y velar por la seguridad de los habitantes.
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“No podemos decirle a una anciana que priorizamos a los murciélagos antes que a ella”, afirmó en diálogo con The Guardian. Para Goethals, implicar a la comunidad en las ventajas de este cambio resulta tan importante como retirar las farolas mismas.
Algunos habitantes expresan preocupación por la seguridad vial y la sensación de inseguridad en caminos menos iluminados. Temen que el aumento de la oscuridad pueda facilitar accidentes o episodios delictivos, especialmente entre quienes deben desplazarse a pie o en bicicleta durante la noche.
Por otro lado, hay voces que celebran la iniciativa, valorando la posibilidad de recuperar el cielo estrellado y de vivir en un entorno más saludable para las personas y la naturaleza. El debate se instala en las reuniones comunitarias y en la prensa local, donde se confrontan argumentos sobre el equilibrio entre conservación ambiental y necesidades urbanas.
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Por su parte, las autoridades indican que la retirada se realiza únicamente en puntos donde la iluminación resulta prescindible, y que en los accesos principales y zonas habitadas se mantiene el alumbrado necesario. Además, se estudian alternativas como sensores de movimiento o luces de bajo impacto para combinar seguridad y protección ambiental, según detalla The Guardian.
La búsqueda de noches oscuras no es exclusiva de Bélgica. Naciones como Francia, Alemania y los Países Bajos han impulsado políticas públicas para limitar la contaminación lumínica, apagando luces en horarios determinados o instalando tecnologías menos invasivas. En España, algunas regiones han implementado “reservas de cielo oscuro” para fomentar el turismo astronómico y favorecer la biodiversidad.
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En este contexto, el proyecto del parque nacional de Entre-Sambre-et-Meuse se presenta como una referencia regional, sumándose a una corriente internacional que busca restablecer el equilibrio entre la vida moderna y el respeto por la oscuridad natural, como destaca The Guardian.
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