
El aumento de incendios forestales en el Ártico está transformando no solo los paisajes boreales, sino también el clima global y la estabilidad de los ecosistemas de la región. Según un informe de 2025 del Programa de Monitoreo y Evaluación del Ártico (AMAP), difundido por la NASA, estos incendios son hoy más grandes, más intensos y de mayor duración que en décadas previas.
Este fenómeno tiene una relación directa con el acelerado calentamiento regional: el Ártico se calienta casi cuatro veces más rápido que el promedio mundial, alterando precipitaciones, reduciendo la humedad del suelo y modificando la dinámica de ignición, lo cual multiplica la inflamabilidad del territorio y la frecuencia de los rayos al norte.
Una de las consecuencias cruciales de este nuevo escenario es la liberación de carbono almacenado durante milenios en la turba y el permafrost, un proceso que, según la NASA, podría derivar en “cambios que no podemos predecir” y modificar de manera profunda el equilibrio climático planetario.
Al respecto, Jessica McCarty, subdirectora de la División de Ciencias de la Tierra en el Centro de Investigación Ames de la NASA, subrayó que “El fuego siempre ha formado parte de los paisajes boreales y árticos, pero ahora está empezando a actuar de formas más extremas, similares a las observadas en las zonas templadas y tropicales”.
Más datos del informe

Durante la segunda mitad de la década de 2010 se reconoció una transición en el régimen de incendios. Como precisa el informe de AMAP citado por la NASA, Groenlandia registró incendios forestales considerables en 2015, 2017 y 2019, mientras que los expertos comenzaron a detectar focos activos en el Ártico desde finales de marzo —un momento del año sin precedentes en los registros históricos— e incendios que persistieron incluso después de las primeras nevadas.
Además, se ha observado una preocupante repetición de quemas sobre las mismas áreas en intervalos de tiempo cada vez más cortos, un fenómeno que, según relató Tatiana Loboda, directora del Departamento de Ciencias Geográficas en la Universidad de Maryland, tiene efectos devastadores: “Muchas zonas se queman dos, tres o incluso cinco veces en un período muy corto. El impacto es inmenso: está ocurriendo en la tundra y las regiones boreales, y estas zonas no pueden recuperarse”.
El Ártico, tradicionalmente asociado a paisajes de nieve, hielo y glaciares, comprende en realidad una diversidad de ecosistemas que inician en los bosques boreales —principalmente de coníferas como píceas, abetos y pinos— y se suceden hacia el norte con matorrales, tundras de pastizales y finalmente zonas de rocas y hielo. Muchas de estas formaciones vegetales, aunque pasan el invierno cubiertas de nieve, quedan expuestas y secas durante la primavera, convirtiéndose en un material inflamable listo para arder en presencia de rayos, que constituyen la principal fuente de ignición en la región.

A raíz del cambio climático, la extensión y la intensidad de los incendios se ha duplicado desde mediados del siglo XX en el Ártico de América del Norte. Brendan Rogers, científico principal del Centro de Investigación Climática Woodwell, destacó en el informe NASA-AMAP que “a lo largo de las décadas estamos promediando aproximadamente el doble del área quemada en el Ártico de América del Norte en comparación con mediados del siglo XX”.
Mientras que los incendios tradicionales de baja intensidad permitían la rápida recuperación de la vegetación y el sotobosque, los nuevos incendios destruyen árboles por completo, alteran de forma irreversible los suelos y detonan la llamada “sucesión secundaria”, donde nuevas especies sustituyen a las desplazadas o extintas.
Uno de los rasgos más singulares de los incendios árticos se encuentra bajo la superficie. Los suelos de la región contienen depósitos muy antiguos de turba, ricos en carbono, resultado de la descomposición parcial de árboles y plantas desde la última glaciación. Cuando las llamas logran penetrar en estos estratos, pueden originar los llamados incendios zombi o remanentes: fuegos que aparentemente se apagan en la superficie, pero siguen activos bajo tierra durante el invierno y reaparecen al alcanzar la primavera y llegar condiciones más secas.
La interacción con el permafrost añade una amenaza mayor. Este suelo congelado de manera permanente, que en algunos casos conserva materia orgánica desde hace más de 400.000 años, funciona hasta el presente como un gigantesco almacén de carbono. Clayton Elder, científico de la NASA, relató su experiencia en el Túnel de Permafrost en Fairbanks, Alaska: “Puedes entrar al túnel y ver hierba incrustada en la pared. Aún está verde, pero al datarlo con carbono 14, tiene 40.000 años”.

Ante el calentamiento acelerado, este permafrost se descongela, liberando enormes cantidades de dióxido de carbono y metano, gases previamente retenidos durante milenios. La magnitud del riesgo es mayúscula: la turba y el permafrost del Ártico almacenan el doble de carbono que toda la atmósfera terrestre. La liberación súbita de esos compuestos intensificaría el cambio climático y podría provocar desequilibrios imprevisibles.
Desde la perspectiva científica, el monitoreo satelital adquirió un papel determinante. Rogers enfatizó que “los satélites de la NASA constituyen la base de nuestro conocimiento”, en referencia a un registro ininterrumpido de 25 años sobre incendios forestales en la región, “lo cual es invaluable. Son cruciales para comprender cómo están cambiando estos regímenes de incendios y para analizar cualquier solución”.
Los avances en las imágenes satelitales y la inteligencia artificial han permitido refinar el análisis respecto al origen de los incendios, la cantidad y el tipo de combustible disponible, su inflamabilidad y la manera en que el fuego se comporta en diferentes ecosistemas del Ártico. Todo este conocimiento resulta imprescindible para anticipar la evolución futura del riesgo y para identificar vulnerabilidades específicas de los hábitats boreales y árticos.

McCarty, autora principal del informe para AMAP, advirtió sobre el desafío de la vigilancia en una región tan vasta y remota: “Sabemos algo de lo que está sucediendo, pero necesitamos comprender mejor por qué y cómo monitorear estas zonas aisladas. Esto significa que necesitaremos satélites y campañas de campo que consideren este panorama de incendios más complejo. Lo que ocurra en el Ártico tendrá un impacto en el resto del planeta”.
La innovación tecnológica se considera esencial en la búsqueda de soluciones y en el perfeccionamiento de las estrategias de detección temprana. La NASA, junto a organismos regionales e internacionales, trabaja en la implementación de nuevas plataformas de observación, mejoras en la interpretación de los datos disponibles y el desarrollo de modelos predictivos capaces de anticipar episodios severos y de evaluar los riesgos para la biodiversidad y la salud humana.
El aumento en la intensidad de las llamas se perfila como el principal motivo de alarma entre la comunidad científica, ya que la temperatura a la que arden estos incendios determina la profundidad del daño y la capacidad de regeneración de los ecosistemas afectados. Tatiana Loboda explicó que, en el pasado, la mayor parte del bosque quedaba en pie tras un suceso de baja intensidad, facilitando la rápida recuperación del medio. En contraste, los episodios recientes, con fuegos mucho más calientes, devastan tanto la vegetación superficial como los suelos, cambian el flujo de agua y aceleran el deshielo, exacerbando los riesgos para especies animales y humanas por exposición al humo y la pérdida de hábitats.

Además, la frecuencia y persistencia de los incendios está derivando en la reducción de resiliencia ecológica, con vastas áreas sometidas a nuevas quemas antes de haberse recuperado de los daños previos. Las observaciones recientes revelan incendios activos durante todo el año e incluso “incendios zombi”, un fenómeno genuinamente nuevo para el Ártico y cuya evolución resulta incierta.
La progresiva tropicalización del régimen de incendios, con características antes impensadas para el territorio ártico —como el aumento de rayos y la expansión hacia el norte de áreas que quedan expuestas al deshielo— vislumbra un escenario sin precedentes en la memoria climática del planeta. Los científicos consideran que los efectos de este proceso tendrán repercusiones globales, no solo para las comunidades y especies locales, sino para los ciclos atmosféricos y el sistema climático en su conjunto.
La dinámica de los incendios árticos y la interacción con el cambio climático, los regímenes de precipitación y los ciclos del carbono colocan a la región como un observatorio privilegiado, pero también como epicentro de una transformación potencialmente irreversible.
El enfoque de la NASA y los equipos vinculados al AMAP apunta a profundizar la comprensión de estos procesos y a desarrollar herramientas que permitan actuar sobre el terreno con información temprana, ante riesgos que comprometen no solo al Ártico sino al equilibrio del planeta.
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