
El cambio climático altera la producción de árboles de Navidad en Columbia Británica, Canadá, según la genetista forestal Sally Aitken de la University of British Columbia (UBC). El aumento de temperaturas, la frecuencia de sequías y la aparición de nuevas plagas modifican tanto las especies disponibles como la viabilidad de los cultivos tradicionales, lo que podría transformar la oferta para los consumidores en las próximas temporadas.
Clima extremo y desafíos para los cultivos
En los últimos años, los productores de árboles festivos en Columbia Británica enfrentaron desafíos crecientes debido a inviernos más cálidos y eventos climáticos extremos.
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Las recientes sequías dificultaron el establecimiento de árboles jóvenes y la ola de calor de 2021 provocó la muerte o daño de numerosos ejemplares en las plantaciones. “El abeto de Douglas, base de las granjas navideñas en la provincia, tolera relativamente bien la sequía, pero las plántulas recién plantadas siguen siendo vulnerables”, señaló la especialista. El estrés temprano en el desarrollo de los árboles podría llevar a los productores a reconsiderar las especies cultivadas.

Vulnerabilidad de especies tradicionales y amenazas de plagas
Las especies tradicionales, como el abeto de Douglas y los abetos verdaderos —entre ellos el noble fir, considerado un “árbol premium”— muestran una sensibilidad creciente ante las nuevas condiciones climáticas.
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Aitken indicó a la UBC que los abetos verdaderos, adaptados a zonas de mayor altitud, encuentran menos adecuado el ambiente de las granjas a menor elevación debido al calentamiento. Además, la presión de insectos y enfermedades aumentó, con la aparición de patógenos como el hongo que provoca la caída de agujas (Swiss needle cast), que afecta la densidad y el aspecto de los árboles.
“Nadie quiere un árbol de Navidad con pocas agujas”, advirtió la genetista forestal. Además, recordó que en otros países, como Corea del Sur, se registraron muertes masivas de abetos vinculadas a olas de calor y sequías, lo que subraya la vulnerabilidad de estos cultivos ante el cambio climático.
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Búsqueda de alternativas y el papel de la economía
Frente a estas dificultades, los productores exploran especies más resistentes al calor. Entre las opciones está el abeto blanco, una especie no nativa de la región, pero presente en California y Oregón.
“Los modelos climáticos sugieren que podría adaptarse bien aquí a medida que las condiciones se vuelvan más cálidas”, explicó Aitken a la UBC.
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La introducción de especies foráneas plantea interrogantes sobre el impacto en los ecosistemas nativos. Además, los factores económicos influyen en la elección de las especies: el abeto de Douglas alcanza 1,8 metros en seis años o más, mientras que los abetos verdaderos requieren aún más tiempo. Los productores deben equilibrar el tiempo de producción con la demanda de árboles considerados premium.

Consecuencias para los consumidores y consideraciones ambientales
A medida que el clima evoluciona, los consumidores podrían encontrar una mayor presencia de especies tolerantes al calor y una menor oferta de abetos tradicionales. Los inviernos inusualmente cálidos seguidos de heladas intensas pueden dañar o matar árboles jóvenes, un fenómeno ya observado en cultivos frutales y de uva en la provincia tras un enero cálido seguido de frío extremo: “Los árboles de Navidad enfrentan la misma vulnerabilidad”, advirtió Aitken.
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La especialista recomendó considerar la compra de árboles reales por su menor impacto ambiental en comparación con muchos productos navideños de un solo uso. Señaló la importancia de apoyar a productores locales, organizaciones benéficas y grupos comunitarios. Tras las fiestas, sugirió asegurar el reciclaje o compostaje de los árboles en los puntos de entrega comunitarios, incluido el Jardín Botánico de la UBC.
Aitken destacó a la University of British Columbia que la producción de árboles de Navidad en Columbia Británica se lleva a cabo en tierras agrícolas, no en bosques naturales, por lo que no contribuye a la deforestación. Los productores pueden controlar el riego y la fertilización, lo que permite mantener bajos los insumos y gestionar mejor los riesgos climáticos.
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