
La desaparición de la vaca marina de Steller, un mamífero marino de enormes dimensiones, se convirtió en símbolo de la pérdida de biodiversidad causada por la acción humana. Georg Wilhelm Steller la identificó en 1741 durante la expedición de Vitus Bering en el mar de Bering; la especie se extinguió en menos de tres décadas. Sus parientes vivos, manatíes y dugongos, enfrentan amenazas similares, lo que acentúa la urgencia de conservar la vida marina y proteger especies en peligro.
La vaca marina de Steller (Hydrodamalis gigas) apareció por primera vez documentada en la isla de Bering tras el naufragio de la expedición rusa liderada por Bering. Steller, al buscar leña, encontró un grupo de grandes criaturas marinas, que confundió inicialmente con troncos, hasta que identificó que pertenecían a una especie desconocida de cerca de nueve metros de largo y unos 10.968 kilos de peso, protegida del frío por una gruesa capa de grasa, según detalló National Geographic.

Estos animales, emparentados con manatíes y dugongos, formaron manadas sociables y cuidaron de sus crías en grupo. Steller señaló la profunda conexión entre las parejas y la docilidad de la especie, que permitió la cercanía humana sin generar alarma. Su dieta, basada en algas marinas, y su comportamiento tranquilo, las volvió presas vulnerables para los cazadores.
La llegada de exploradores y comerciantes de pieles al mar de Bering precipitó la extinción de la vaca marina de Steller. Su carne, apreciada por su sabor y capacidad de conservación, se transformó en un codiciado recurso. Los cazadores aprendieron a arponear y arrastrar los cuerpos a la costa, lo que aceleró aún más el declive poblacional. En solo 27 años, la especie desapareció por completo, quedando unos pocos esqueletos completos de enorme valor científico, según National Geographic.

La desaparición de la vaca marina de Steller desafió la visión de la época, cuando se consideraba imposible la extinción causada por la humanidad. El concepto, que después desarrolló el científico Georges Cuvier, transformó la percepción de la capacidad humana para alterar la naturaleza. Los relatos científicos tempranos, como los de Martin Sauer en la década de 1780, establecieron las bases para el reconocimiento del daño humano a la biodiversidad.
Aunque la extinción respondió directamente a la caza, los registros fósiles demuestran que sus antepasados también sufrieron depredadores. Un estudio documentó el hallazgo de un esqueleto de vaca marina del género extinto Culebratherium en la Formación Agua Clara, noroeste de Venezuela, con marcas de mordeduras de cocodrilo y tiburón tigre de hace 11,6 millones de años.
El análisis reveló que el cocodrilo asfixió a la vaca marina al morder su hocico, desgarró la carne al girar el cuerpo. Posteriormente, un tiburón tigre aprovechó los restos, como indican las marcas dentales en el esqueleto. El equipo de la Universidad de Zurich indicó: “Estos hallazgos constituyen uno de los pocos registros de múltiples depredadores sobre una sola presa”, y ofrece datos relevantes sobre la interacción entre especies y la vulnerabilidad de los sirenios.

Los manatíes y dugongos, parientes vivos de la vaca marina de Steller, cumplieron una función clave en los ecosistemas marinos. Los manatíes alcanzan hasta 550 kilos y pueden vivir 60 años en aguas poco profundas de América Latina, el Caribe y Florida, donde salen a la superficie para respirar. Su alimentación herbívora y comportamiento pacífico los convierte en reguladores de la vegetación acuática y en un reflejo de la salud ecológica.
La organización WWFCA subrayó: “Los manatíes contribuyen a mantener el equilibrio de la vegetación en los ecosistemas y su salud es un indicador del bienestar marino y ecológico en general”. Sin embargo, su curiosidad y lentitud aumentan su riesgo frente a la actividad humana, especialmente en áreas turísticas y urbanas.
Actualmente, manatíes y dugongos enfrentan múltiples amenazas humanas. La pesca incidental, las colisiones con embarcaciones, la pérdida de hábitat y la contaminación dificultan su supervivencia. WWFCA advirtió: “Las prácticas pesqueras deficientes amenazan a los manatíes, cuando se emplean métodos que capturan a estos animales de manera involuntaria y pueden herirlos o matarlos”.

La urbanización costera y la escorrentía agrícola perjudican los pastos marinos y otros hábitats esenciales. La Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) incluyó al manatí antillano como especie en peligro, cuya protección resultó compleja por el desconocimiento sobre su biología y distribución.
Organizaciones como Save The Manatee impulsaron acciones de manejo y protección en América Latina y el Caribe para mitigar amenazas y asegurar la supervivencia de estos animales, considerados esenciales para la salud de los ecosistemas marinos.
El destino de la vaca marina de Steller mostró el impacto humano sobre la naturaleza: la acción de una sola especie alteró irreversiblemente el equilibrio de la vida en los océanos.
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