
Después de una década, América Latina vuelve a ser sede de una cumbre del clima. En tres semanas, la COP 30 se celebrará en Belém do Pará, en el corazón de la Amazonia brasileña. Será un encuentro con un mensaje potente: la selva más grande del planeta como escenario de las negociaciones más urgentes del momento.
Mientras el mundo pone su atención en los conflictos bélicos, los vaivenes económicos y las campañas electorales, el reloj climático no se detiene. ¿Sigue vivo el multilateralismo ambiental? ¿Qué puede aportar América Latina en un tablero dominado por tensiones geopolíticas y discursos en retroceso?
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Para entender el pulso desde Europa —donde la transición verde parece haber frenado su inercia— Infobae entrevistó a Mariana Castaño Cano, española experta en cambio climático y fundadora de la organización 10 Billion Solutions, quien con tono sereno pero sin eufemismos, propone mirar la COP 30 como lo que es: una prueba de madurez para el sistema climático.
—Después de diez años, América Latina vuelve ser sede de una cumbre del clima. ¿Qué expectativas hay desde Europa para este encuentro en Brasil?
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—Desde Europa hay mucha expectativa. No sé si será “la COP de la verdad”, como la llamó el presidente de Brasil,(Lula Da Silva) pero sí será una COP crucial. Después del Global Stocktake —el balance mundial que se hizo hace dos años que mostró cómo los países trabajan para poder alcanzar lo que se comprometieron en el Acuerdo de París— necesitamos pasar del diagnóstico a la ejecución. Ya sabemos qué hay que hacer; ahora toca hacerlo.
El último informe del PNUMA muestra una brecha enorme entre los objetivos del Acuerdo de París y las políticas reales. Y, aunque unas sesenta NDCs (compromisos de reducción de emisiones) fueron actualizadas, todavía no estamos en una trayectoria compatible con los 1,5 °C.
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En 2015, en París, 197 países se comprometieron a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero que provocan el cambio climático para intentar frenar el aumento promedio de la temperatura global en 1,5°C. Este límite térmico es el que puso la ciencia para que la vida en el planeta sea posible, tal como la conocemos. Una vez superado ese umbral, varios ecosistemas, entre ellos los más frágiles como los corales, desaparecerían.
El clima, fuera del centro
—¿Cómo se percibe el tema climático hoy en Europa?
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—Está lejos de los primeros lugares de la agenda. La guerra en Ucrania, la seguridad energética, la inflación, el poder adquisitivo... Todo eso ocupa más espacio que la emergencia climática. En los medios, se habla menos. En la calle, hay menos movilización. No significa que la gente no se preocupe —las encuestas muestran una conciencia ambiental alta—, pero hay una fatiga discursiva. La urgencia sigue ahí, solo que tapada por otras urgencias.
—¿Esa fatiga se combina con el negacionismo político que avanza en varios países?
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—Sí, claro. Pero no podemos darnos el lujo de bajar los brazos. El proceso climático ya pasó pruebas más duras. Sobrevivió a la retirada de Estados Unidos del Acuerdo de París [en 2016 y en enero pasado], sobrevivió a los cambios de gobierno, a la pandemia.
Hace unas semanas, en la cumbre convocada por el Secretario General de la ONU, vimos señales claras: Brasil, China y la Unión Europea reafirmaron su compromiso. Eso demuestra que el proceso sigue vivo, aunque el contexto sea adverso.
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Lo que necesitamos ahora es dirección, una hoja de ruta clara. Sin eso, la arquitectura del Acuerdo de París puede quedarse en papel
—¿Quién lidera hoy el proceso climático?
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—No hay un liderazgo único. El de Estados Unidos es irremplazable, pero la Unión Europea sigue cumpliendo sus compromisos y empujando la transición. China, en cambio, ejerce un liderazgo distinto: silencioso, constante, sin grandes declaraciones, pero con una reconversión energética profunda. No se trata de sustituir a nadie, sino de coexistir en un nuevo equilibrio. La era de los grandes liderazgos únicos ya pasó. Hoy el poder se fragmenta, también en el clima.
—¿Qué papel podría jugar América Latina?
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—Es una gran oportunidad. Brasil tiene peso político, y la región puede aprovechar que la COP se realice en su territorio para hablar con una sola voz. Aunque es difícil, porque América Latina es diversa y está marcada por diferencias ideológicas y económicas, hay temas donde puede haber consenso: financiamiento, adaptación, bosques, deforestación.
Si logra coordinar una posición común, América Latina puede hacer historia. No solo como anfitriona, sino como actor político con agenda propia.
—El financiamiento parece ser otra vez el corazón del debate.
—Sí, y será uno de los temas más duros. América Latina y África están pidiendo que se concrete cómo se van a movilizar los 1,3 billones de dólares prometidos.
Hay avances, como [la creación] el fondo de pérdidas y daños o el fondo forestal propuesto por Brasil, pero el desafío es hacerlos operativos.
Y hay un problema de fondo: el financiamiento climático depende de una reforma más amplia del sistema financiero internacional. [Emannuel, presidente de Francia] Macron intentó impulsar esa discusión desde Europa, pero el contexto político cambió. Hoy hay dinero, sí, pero mucho se destina a defensa o inteligencia artificial. La prioridad ya no es el planeta, sino la seguridad.
“La tecnología no es una varita mágica”
—En ese contexto, ¿cómo ve el papel de la tecnología, especialmente la captura y almacenamiento de carbono?
—Son parte del debate y seguirán estándolo. Hay avances, pero todavía son experimentales. No podemos confiar en ellas como solución milagrosa. La ciudadanía ya no cree en promesas tecnológicas: sabe que la transición tiene un costo. Descarbonizae, dejar de usar los combustibles fósiles, implica invertir, cambiar estructuras, asumir incomodidades. La tecnología ayuda, pero no reemplaza la necesidad de reducir el consumo y transformar la forma en que producimos y vivimos.
“Con avanzar un paso más que Dubái, ya sería un logro”
—¿Espera avances concretos en incluir en el debate la eliminación de combustibles fósiles?
—Espero que sí. En Dubái, por primera vez, se mencionaron los combustibles fósiles en un texto final. Fue histórico. Si Belém logra avanzar un paso más —aunque sea pequeño, pero tangible—, ya será un éxito. No necesitamos declaraciones épicas. Necesitamos pasos medibles, realistas, que apunten en la dirección correcta.
—¿Cómo llega la Unión Europea a la COP 30?
—Con liderazgo y con los deberes hechos. España, por ejemplo, avanza fuerte en rehabilitación de edificios y movilidad sostenible. Europa ha reducido emisiones, aunque aún le queda mucho. La UE presentará una NDC ambiciosa, no para competir, sino para cooperar. Y eso es clave: la cooperación. Aunque este año hayamos sobrepasado temporalmente el 1,5 °C, la ciencia dice que no hemos cruzado ese límite de manera irreversible. No hay que caer en el catastrofismo, sino mantener la paciencia climática.
—¿Qué tema le gustaría que marcara esta COP?
—La adaptación. Siempre ha sido la hermana pobre de la agenda, pero ya no podemos postergarla. Cada vez más países la incluyen en sus NDCs, pero falta apoyo técnico y financiero. Adaptarse no es rendirse: es sobrevivir. Y, en algunos lugares, es la única opción posible.
El hilo que no se rompe
El multilateralismo climático ha resistido guerras, populismos, crisis financieras y pandemias. No es perfecto, pero sigue siendo el único espacio donde todos los países —ricos y pobres, emisores y vulnerables— pueden sentarse a negociar un futuro común.
“La COP 30 será una prueba de madurez para ese sistema”, dice la entrevistada. “Si logramos sostener el hilo del diálogo, si mantenemos la cooperación, si seguimos caminando, aunque sea lento, ya estaremos resistiendo al colapso”.
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