
La disminución de la nieve invernal está reduciendo la capacidad de los bosques de Nueva Inglaterra para almacenar carbono, según alerta un estudio de la Universidad de Boston.
La investigación, que abarca más de una década de observaciones, concluye que la disminución del manto invernal afecta la salud de los ecosistemas y cuestiona la eficacia de los sumideros forestales frente al cambio climático.
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El trabajo señala que la reducción de la capa de nieve durante el invierno compensa de forma significativa los posibles beneficios derivados del aumento de las temperaturas estivales, lo que podría haber llevado a sobrestimar la capacidad de estos bosques templados para mitigar el impacto del calentamiento global.
Un experimento de doce años en los bosques de Nueva Inglaterra
El estudio, liderado por la profesora Pamela Templer y el doctorando Emerson Conrad-Rooney, se desarrolló en el Bosque Experimental Hubbard Brook al norte de New Hampshire.
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Durante doce años, el equipo transformó una sección del bosque en un laboratorio al aire libre, instalando cables de calentamiento bajo el suelo de arces y hayas para simular los efectos del cambio climático. El propósito fue analizar cómo la combinación de inviernos con menos nieve y veranos más cálidos afecta el crecimiento de los árboles y su capacidad de almacenar carbono.
Según detalló la Universidad de Boston, se delimitó un conjunto de seis parcelas de 36 por 44 pies cada una. En cuatro de ellas se emplearon cables subterráneos para elevar la temperatura del suelo en cinco grados Celsius (nueve grados Fahrenheit) y, además, en dos de esas se retiró parte de la nieve durante el invierno para inducir ciclos de congelación y deshielo. Dos parcelas adicionales se mantuvieron intactas para ser utilizadas como referencia.
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Cada área experimental albergaba entre veintiún y veinticuatro árboles, y en las zonas calentadas se tendieron más de cuatro kilómetros de cable. Esta metodología permitió a los investigadores observar de manera precisa cómo las variaciones de temperatura y cobertura de nieve afectan el desarrollo de los árboles a lo largo de las estaciones.

El equipo realizaba visitas regulares a cada sección para comprobar el buen funcionamiento de los equipos y medir el crecimiento de los árboles mediante bandas dendrométricas, dispositivos que calculan el aumento de biomasa y, por tanto, la cantidad de carbono almacenado en los troncos. El diseño experimental gestionó de forma controlada el calentamiento y la retirada de nieve, permitiendo analizar detalladamente la evolución del bosque bajo diferentes condiciones.
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Resultados: la importancia de la nieve y los efectos en las raíces y el carbono
Los datos obtenidos mostraron diferencias notables en el crecimiento de los árboles dependiendo de sus condiciones experimentales.
En las parcelas donde el suelo se calentó artificialmente y la nieve se mantuvo, los árboles crecieron un 63% más que los de control. Por el contrario, en las zonas donde se redujo la nieve y se intensificaron los ciclos de congelación y deshielo, el crecimiento fue solo un 31% mayor con respecto a los árboles de referencia.
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La disminución de la nieve invernal redujo a la mitad el efecto positivo que el calentamiento veraniego podría aportar sobre el crecimiento y la capacidad de absorción de carbono de los árboles.
Pamela Templer, citada en la Universidad de Boston, señaló que la reducción de la capa de nieve y el aumento de las temperaturas generan impactos negativos reconocidos por estudios previos.
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Los veranos cálidos aceleran el incremento de biomasa por la mayor descomposición de materia orgánica y disponibilidad de nutrientes, pero la escasez de nieve expone las raíces a estrés ambiental: la nieve funciona como aislante natural, y su ausencia provoca que el suelo sufra más ciclos de congelación y deshielo.
Este fenómeno daña las raíces, disminuye su vitalidad y reduce la absorción de nutrientes y carbono. La investigación destaca que la nieve sirve de manto protector, y su reducción deja el suelo vulnerable a temperaturas extremas, complicando el desarrollo de los sistemas radiculares.
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Para profundizar en este mecanismo, en 2023 el equipo instaló cilindros de malla gruesa llamados “root ingrowth cores” bajo el suelo experimental para medir la tasa de crecimiento de las raíces en cada condición, cuyos resultados se analizarán al finalizar el año.
Templer subrayó la importancia de los estudios a largo plazo: “Vamos a continuar este trabajo todo el tiempo que podamos”, enfatizó, destacando el valor de entender cómo los árboles responden a los cambios ambientales a lo largo del tiempo.
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El futuro de los bosques templados
Uno de los aspectos centrales del estudio reside en su advertencia respecto a la fiabilidad de los modelos climáticos actuales. Emerson Conrad-Rooney afirmó que “muchos modelos de sistemas terrestres, que predicen cuánto carbono pueden almacenar los bosques, no están incorporando las complejidades del cambio climático invernal que destacamos aquí”, indicó a Universidad de Boston.
Esto implica que las proyecciones sobre la capacidad de los bosques templados para actuar como sumideros de carbono podrían estar sobrestimadas.

La información publicada muestra que estas masas forestales en Norteamérica compensan cerca del 20% de las emisiones anuales de carbono del continente. No obstante, la vulnerabilidad de este sumidero ante la combinación de veranos más cálidos y menos nieve pone en duda la capacidad futura de los bosques como barrera frente al cambio climático.
La investigación insiste en que los modelos climáticos deben integrar no solo el incremento de las temperaturas, sino también la reducción de la nieve y la frecuencia de los ciclos de congelación y deshielo para evitar que las estrategias de mitigación basadas en la absorción de carbono sean menos eficaces de lo proyectado.
El equipo planea profundizar en los análisis de raíces para comprender la respuesta de los árboles a los nuevos escenarios climáticos. Templer insistió en la necesidad de observaciones prolongadas: “Aprendemos mucho más cuanto más tiempo seguimos. Ahora mismo vemos una respuesta inducida por el calentamiento en los árboles, pero tal vez sea temporal; quizá los árboles se aclimaten y su crecimiento se ralentice. No lo sabemos. Ese es realmente el valor de contar con datos a largo plazo”.
La información obtenida también destaca que los árboles pueden crecer a diferentes ritmos en los bordes de los bosques y en entornos urbanos, aunque no está claro si estos efectos son transitorios o permanentes.

Los biólogos, incluyendo a Templer, siguen investigando de qué modo la multitud de factores globales —contaminación del aire, concentración de dióxido de carbono, pérdida de insectos, enfermedades, fragmentación de los bosques— incide sobre estos ecosistemas. “Hay tantos cambios globales ocurriendo al mismo tiempo”, reflexionó Templer.
Y agregó: “Es imposible abordarlo todo a la vez, así que cada uno hace lo que puede. La razón por la que pudimos realizar este trabajo es porque otros antes que nosotros monitorearon el clima. Contribuir a la ciencia a largo plazo con este estudio es simplemente increíble”.
El futuro de los bosques de Nueva Inglaterra como sumideros de carbono, al igual que puede ocurrir en otras latitudes del planeta, dependerá de la capacidad de adaptación de los árboles a inviernos cada vez más cortos y menos nevados. Por ahora, la incertidumbre persiste, y los investigadores insisten en la importancia de seguir monitoreando y analizando estos ecosistemas para anticipar los desafíos que plantea el cambio climático.
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