
Según informó el servicio de vigilancia del cambio climático Copernicus, el 2024 se ha convertido en el año más caluroso jamás registrado, una marca que llega acompañada de fenómenos extremos que evidencian el colapso climático en curso. En un mismo continente como África, la devastación fue doble y contradictoria. Mientras que en el sur del continente, se enfrentaron sequías severas que dejaron tierras áridas y cosechas perdidas, en el occidente y centro de África, inundaciones sin precedentes anegaron ciudades enteras, desplazaron a millones de personas y dejaron un saldo de destrucción difícil de medir.
En Sudamérica, Brasil fue escenario de incendios forestales que consumieron más de un millón de hectáreas, mientras que en Asia, Europa y América Central, las olas de calor sobrepasaron los límites históricos y llevaron a la población al borde de la supervivencia. En paralelo, el calentamiento del agua del mar intensificó los huracanes en el Caribe y el sureste de Estados Unidos, y el deshielo del permafrost ártico dejó de ser un sumidero de carbono para transformarse en una fuente activa de emisiones, elevando aún más las alarmas científicas.
El director de la agencia de vigilancia climática Copernicus, Carlo Buontempo, explicó en un comunicado que “nuestro récord se remonta a 1940, pero es muy posible que este récord esté enmarcado en una serie temporal mucho más larga. Y 2024 no solo será, con toda probabilidad, el año más cálido registrado, sino que también será el primer año por encima del umbral psicológicamente importante de 1,5 °C”. Esta declaración no solo resalta la gravedad de la situación, sino que subraya el riesgo de que el planeta esté ingresando a una nueva era climática que se aleja cada vez más de los objetivos del Acuerdo de París.
En un contexto donde el cambio climático acelera su paso, las negociaciones internacionales para abordar esta crisis enfrentan obstáculos políticos y económicos que amenazan el futuro del planeta.
Colombia y la batalla perdida por la biodiversidad
En octubre, Colombia, uno de los países más biodiversos del mundo, fue sede de la 16a Convención de la ONU sobre Diversidad Biológica. El encuentro buscaba detener la pérdida de ecosistemas y especies, pero finalizó sin acuerdos concretos. Los participantes no lograron consensuar mecanismos de monitoreo ni financiamiento para cumplir con los objetivos de conservación, dejando en suspenso el futuro de los ecosistemas críticos.
El tratado sobre plásticos
Un mes después, en noviembre, más de 170 países se reunieron en Busan, Corea del Sur, con el objetivo de finalizar el tratado global sobre contaminación por plásticos. Aunque más de un centenar de naciones defendieron la necesidad de reducir la producción de plástico desde su origen, los intereses económicos ligados a los combustibles fósiles terminaron por bloquear cualquier posibilidad de acuerdo. Países como Arabia Saudita y Rusia, con economías profundamente vinculadas a la industria petroquímica, se opusieron firmemente a cualquier medida que pudiera limitar la producción de plástico, alegando posibles impactos económicos. Finalmente, el encuentro concluyó sin resultados y con la promesa de retomar las negociaciones el próximo año, mientras millones de toneladas de plástico siguen contaminando mares y suelos en todo el mundo.

La cumbre climática de la ONU: promesas insuficientes y un liderazgo ausente
En la cumbre climática anual de la ONU (COP), la situación fue aún más preocupante. Esta conferencia era vista como la oportunidad para que los países más industrializados, responsables históricos de la mayor parte de las emisiones de carbono, hicieran un aporte financiero significativo para apoyar a las naciones en desarrollo.
Las estimaciones de los economistas indicaron que se necesitarían al menos USD 1 billón anuales para garantizar una acción climática efectiva. Sin embargo, el acuerdo alcanzado fue de apenas USD 300 mil millones anuales para 2035, una cifra muy por debajo de lo necesario.
La influencia de los grupos de presión (lobbies) de la industria fósil, que defienden intereses económicos vinculados al petróleo, también quedó en evidencia. Cada vez es mayor la participación de representantes del sector petrolero en estas cumbres, lo que ha ralentizado los avances en las negociaciones. El hecho de que estas reuniones se celebren en países productores de petróleo, como Emiratos Árabes Unidos el año pasado, fue duramente criticado por figuras como Albert Gore Jr, ex vicepresidente de Estados Unidos y ambientalista, quien calificó la situación como “absurda”.
La realidad en América Latina
América Latina, una de las regiones más vulnerables al cambio climático, enfrenta desafíos críticos en medio de esta crisis global. En Brasil, la deforestación masiva de la Amazonía amenaza el mayor pulmón verde del planeta, mientras que en Colombia y México, la pérdida de ecosistemas únicos avanza debido a la falta de financiamiento para su conservación. Además, las sequías prolongadas y los eventos climáticos extremos impactan sectores clave como la agricultura, poniendo en riesgo la seguridad alimentaria y la economía regional.

El plan de Joe Biden: una última acción climática antes del fin de su mandato
El presidente saliente de Estados Unidos, Joe Biden, ha lanzado una última medida en un intento de frenar el apoyo financiero a la industria de combustibles fósiles. Biden está impulsando un acuerdo dentro de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) para detener el uso de agencias de crédito a la exportación como fuente de financiamiento para proyectos fósiles en el extranjero.
Este tipo de financiamiento fue clave para el desarrollo de infraestructuras vinculadas al petróleo y al gas en países emergentes, permitiendo la expansión de proyectos que hoy agravan la crisis climática. De concretarse, el acuerdo eliminaría miles de millones de dólares destinados a estas iniciativas y restringiría una de las pocas vías de apoyo estatal que aún sostienen a la industria fósil.
Un futuro incierto
El 2024 expuso las fracturas en la diplomacia ambiental global. Las crisis económicas, los intereses nacionales y la falta de voluntad para realizar cambios estructurales frenaron cualquier avance significativo. Mientras tanto, el planeta sigue calentándose y las comunidades más vulnerables enfrentan las peores consecuencias.
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