No era una fiesta más. No faltaba nada salvo la sencillez. Más de 800 invitados. Senadores, políticos, diplomáticos, actores, hombres de negocios. Apenas había un puñado de amigos de los novios. Más que un casamiento parecía una gran reunión de negocios.
La novia se preparaba, como toda novia, con nerviosismo. Varias asistentes acomodaban el hermoso vestido de seda, color marfil, escotado con una larga cola diseñado por Ann Lowe. El novio, también nervioso -estar acostumbrado a hablar en público no lo había preparado para eso-, acomoda su jaquet y trataba de borrar con la mano alguna imperceptible arruga en su pantalón gris a rayas. Una flor blanca no quería permanecer erguida en su solapa izquierda.

Jacqueine Bouvier, Jackie Kennedy para todos a partir de ese momento, tenía 24 años y todavía no sabía que sería primera dama de los Estados Unidos. Pero lo suponía. Jackie había finalizado sus estudios universitarios dos años atrás. Licenciada en literatura francesa, con una simpática columna fotográfica en un diario de Washington, conoció a JFK en una de las cenas que hacía su partido para recaudar fondos para la campaña en la que Kennedy se convertiría en senador por Massachusetts.
John Fitzgerald Kennedy, proveniente de una poderosa familia de Boston, héroe de la Segunda Guerra Mundial y joven senador estaba destinado para grandes cosas.

Jackie y JFK estuvieron de novios dos años hasta llegar a esa tarde del 12 de septiembre de 65 años atrás. Un año antes, luego de ser electo para el Senado, JFK se comprometió con Jackie regalándole un impresionante anillo de esmeraldas y diamantes de Van Cleef & Arpel.
Si los Kennedys eran un clan poderoso e influyente, la familia de ella no se quedaba atrás. Su padre era un importante broker de Wall Street y su padrastro era el heredero de la Standard Oil, Hugh Aunchincloss Jr.
El de su casamiento fue el primero de los muchos vestidos de Jackie que impactó en su sociedad, que llenó las páginas de las revistas de actualidad y de modas y que fue inmensamente copiado.
Ann Lowe, la primera gran diseñadora de modas afroamericana de su época, ya había hecho el vestido de la madre de Jackie para su segundo casamiento, el que la unió a Auchincloss. Sin embargo, un inconveniente trajo zozobra pocos días antes de la boda. La rotura de un caño en el estudio de Lowe en Nueva York produjo una inundación en las instalaciones y arruinó el vestido de la novia y de todas las demás damas del cortejo nupcial. En tiempo récord, Lowe y varias asistentes, volvieron a coser las prendas.

Ese día en Newport, Rhode Island, Jackie entró del brazo de su padrastro mientras en el altar la esperaban el novio y el arzobispo de Boston, quien ofició la ceremonia y leyó una bendición enviada especialmente por el Papa Pío XII.
Además de los 800 invitados, para la recepción se sumaron otros 400. 1200 personas comieron y bailaron en lo que las revistas del corazón consideraron la boda del año.
La fiesta se realizó en un campo familiar. Fuera, alrededor de 4000 personas se reunieron a intentar ver pasar a los novios, a participar a su manera de la celebración. El menú principal: pollo a la crema, ensalada de palmitos y ananá y helado de postre, mientras la orquesta de Meyer Davis animaba la velada (años después Davis también tocaría en el baile de inauguración de la presidencia de JFK). Los invitados -y varios de los curiosos que esperaban fuera- despidieron a la pareja arrojándoles arroz y pétalos de rosa. Esa misma noche partieron de luna de miel hacia Acapulco.

No todo fue sencillo para la pareja. El primer hijo tuvo muerte fetal y fue extraído del vientre materno sin vida. Luego de los nacimientos de Caroline y John Jr, Jackie quedó embarazada nuevamente en 1963, siendo ya primera dama. Pero luego de un parto prematuro, el bebé sólo consiguió sobrevivir tres días.
A su vez, los rumores de los constantes amoríos de su marido afectaban a Jackie. Actrices, cantantes, esposas de amigos, becarias, prostitutas. Las conquistas de JFK eran incesantes, su líbido incontrolable.
El poder en vez de otorgarle cautela, le brindó voracidad. Consideraba que en su posición y con su juventud no había conquistas imposibles. Jackie toleraba en silencio, con algunas explosiones privadas. Sin embargo, seguía amando a su marido.
La evidente prueba de amor: gatea, con su impecable trajecito Chanel rosa, sobre el baúl del descapotable intentando recoger la masa encefálica dispersa de su marido que había sido recientemente baleado en Dallas.

JFK se convirtió en el presidente más joven de los Estados Unidos al derrotar a Richard Nixon. La televisión había sido determinante. La imagen jovial, segura y seductora del candidato demócrata en los debates televisivos había terminado de inclinar la balanza. Jackie a su lado también ayudaba. La elegancia y el encanto abdujeron a una nación. Una Primera Dama casi cuatro décadas más joven que las anteriores había logrado casi unanimidad en su aceptación. Cada actividad que emprendía recibía atención y reconocimiento. La restauración de la Casa Blanca, las giras por Europa (en Francia su éxito fue colosal), las actividades artísticas que promovía.

Todo ello terminó en Dallas el 22 de noviembre de 1963 cuando JFK fue asesinado. En los primeros momentos Jackie (que recordemos venía de perder un hijo pocos meses atrás) mostró un particular estoicismo.
Solicitó estar en la sala de operaciones mientras los médicos intentaban salvarle la vida al presidente, se negó a cambiarse su ropa manchada con sangre para que la gente viera y asumiera lo que había sucedido, acompañó a Lyndon B. Johnson en su juramento en el avión presidencial, para darle legitimidad a su gestión.
Luego de participar con sus hijos de las exequias, Jackie se refugió en su familia y desapareció por un tiempo de la vida pública. Rechazó el ofrecimiento a ser la embajadora norteamericana en París.
Cinco años después se casó con Aristóteles Onassis. Su nombre a partir de ese momento incorporaría el Onassis pero no perdería el Kennedy. El magnate griego y la ex primera dama no tuvieron un matrimonio pacífico.

El lujo, las comodidades y el dinero no apaciguaron la relación ni zanjaron la diferencia de edad. Onassis continuaba su romance eterno con María Callas, a Jackie se le adjudicaban romances con varios actores (Warren Beatty, Marlon Brando, Paul Newman), políticos y hasta sus dos cuñados (Robert y Ted Kennedy).
Hasta se filtraron algunas cartas de amor que le enviara a algún ex miembro de la administración de su marido. Jackie tenía aversión por los periodistas y papparazzi. Deseaba resguardar su vida privada lo más posible. Sabiendo eso, Onassis, que en público la llamaba La Viuda, golpeó donde más le dolía. Mientras se mostraba cenando con María Callas, le dio las coordenadas de su esposa a varios fotógrafos, avisándoles que le gustaba tomar sol desnuda aprovechando la soledad absoluta de la isla girega de Skorpios.

Las fotos de Jakie desnuda recorrieron todas las revistas del mundo mientras su marido simulaba indignación (Onassis solía decir: "Todo el mundo sabe tres cosas de mí: que me acosté con Jackie, que me acosté con María Callas y que soy extraordinariamente millonario". La frase en inglés con el fucking repetido como calificativo tres veces tiene mucho más potencia y gracia).
Luego del fallecimiento de Onassis en 1975, el perfil de Jackie bajó. Llegó a un arreglo por la herencia con la hija del griego, trabajó como editora para una importante casa editorial, participó en actividades filantrópicas y apoyó a la mayoría de los candidatos demócratas, desde su cuñado Ted hasta al matrimonio Clinton. Falleció de un cáncer en mayo de 1994.
Jackie y John Fitzgerald Kennedy estuvieron casados apenas una década. Esos diez años bastaron para que fueran una de las parejas paradigmáticas del siglo veinte.
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