
Jennifer Aniston está embarazada desde hace casi veinte años. El suyo es el embarazo más largo del mundo. Desde su salto a la fama, cada año, ha circulado el rumor de que iba a tener un hijo. A veces, eso sucedió hasta más de una vez por año. No se trata sólo de chismes de redes sociales. Tapas de revistas y programas enteros de televisión se dedican al tema. Pero con cada desmentida, después de cada ocasión en la que la actriz se ve obligada a hablar, que debe negar cansadamente, viene otra ola de artículos y notas que vuelcan toda su conmiseración sobre Aniston. No sólo se conduelen, sino que deducen la infelicidad de la actriz. Afirman que es una mujer "incompleta". No interesa cuánto trabajó, ni cuántas barreras superó, ni los éxitos cosechados. Para muchos sólo será siempre una mujer triste y sin hijos.
Tests de embarazo positivos, ecografías, tratamientos de fertilización. El año pasado las revistas llegaron a asegurar que, finalmente el bebé de la actriz norteamericana estaba en camino a través de un vientre subrogado. Acaso sea innecesario aclarar que eso también era falso.
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Dos años atrás, luego de la presencia de Jennifer Aniston en un estreno y de posar en la alfombra roja con un vestido ajustado, alguien notó que el vientre de la actriz estaba algo más abultado. Una semana después, un paparazzi captó a la actriz en bikini junto a quien entonces era su pareja, Justin Theroux, jugando entre las olas del mar. Un cuerpo escultural, armónico, delicado. Pero (siempre parece haber un pero) de nuevo se veía que el abdomen -firme, sin un rollo, agraciado- tenía una curvatura algo más pronunciada que años anteriores. No se podía tratar de otra cosa: Jennifer estaba embarazada. De nuevo las portadas de revistas, los análisis en los programas de televisión, la búsqueda de Brad Pitt para preguntarle qué sentía.

Aniston, en esa oportunidad, no aguantó más y escribió una larga carta en el Huffington Post. Allí con firmeza aclaraba que no estaba embarazada y con un juego de palabras decía que estaba harta del acoso a la que era sometida. El acoso más evidente es el de los fotógrafos y camarógrafos parapetados permanentemente en la puerta de sus casa; que en ocasiones como esa en que su nombre está en las novedades del día en los portales, los hombres de prensa se multiplican por diez.
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Pero ella, en esa valiente y esclarecedora carta, explica que el otro acoso es el peor. El que obliga a ser madre, a seguir un parámetro universal de felicidad, al que determina qué imagen física se debe tener, el que impide comer algo de más en la cena o simplemente quedar en una posición desfavorable mientras se esquiva una ola. En esa carta Jennifer percibe algo muy evidente. "La forma en que la prensa me retrata sólo es un reflejo de cómo la sociedad ve y retrata a las mujeres en general", escribió.

Es un hábito que lleva décadas pero a las noticias del espectáculo: a los chimenteros se les permite traspasar límites con frecuencia. Es un hecho que se instaló y no fue, hasta hace muy poco tiempo, puesto en tela de juicio. ¿Por qué meterse en la vida de una persona? ¿Qué derecho existe a develar la intimidad de alguien, de espiarla en el baño? Es un ritual enfermizo en el que todos caen alguna vez, al menos como consumidores. Esa narrativa, ese modo de mirar ha contribuido a cosificar a las mujeres, a alterar su lugar en la sociedad.
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En esa carta Aniston decía: "El mensaje es que las chicas no son lindas si no son increíblemente flacas, que no merecen nuestra atención sino lucen como súper modelos o como una actriz de Hollywood".
Antes de seguir habría que recordar el currículum de Jennifer Aniston. Fue Rachel en Friends, una de las sitcoms más exitosas de la historia; es una de las pocas que ha logrado superar esa especie de maldición que afecta a los actores norteamericanos que raramente logran repetir en cine el suceso de la pantalla chica.
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Ha protagonizado decenas de películas, por lo que se convirtió en un ícono de la comedia romántica. Ganó premios Emmy, Globos de Oro y Actors Guild Awards, entre otros. Su fortuna, calculan, supera los doscientos millones de dólares y ha sido portada de todas las revistas importantes del mundo en los últimos veinte años. Pero de todos los papeles que ha hecho, la gente y los medios, parecen encasillarla en uno solo: la solterona triste y abandonada.
La ruptura con Brad Pitt, el divorcio de su último marido Justin Theroux, el hecho de no tener hijos. Todo se reduce a eso. Los cánones sociales son claros y específicos y ella parece no cumplirlos. Contra eso, contra esos postulados, contra esos mandatos perniciosos y poco reales se revela Aniston. Se suele hablar de que no es madre. Ese dato parece confirmar todas las sospechas. Jennifer Aniston es una mujer incompleta, infeliz o hasta fracasada. La maternidad como síntoma del éxito.
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La semana pasada, una vez más, tuvo que salir al cruce y en la nota de tapa de la última edición de la revista Elle vuelve a sentar posición. "Vivimos en una sociedad que envía ciertos mensajes a las mujeres a cierta edad: debes estar casada y deberías tener hijos. Ese es el molde que estamos intentando romper lentamente -declaró Aniston- Lo que determina la felicidad en la vida de alguien no es el ideal que se creó en los años 50. Ese relato no lo escuchás para los hombres. Esto es parte del machismo, siempre la mujer es la despreciada, la desconsolada y la solterona. Nunca es lo contrario"
Aniston también se refirió a como es vista a través de sus relaciones de pareja. No considera un fracaso sus matrimonios. Fue feliz. Amó y fue amada. "Cuando mis dos matrimonios llegaron a su fin, fue una decisión tomada porque elegimos ser felices. Al fin y al cabo, esta es nuestra única vida y no me quedaría en una situación solo por miedo a estar sola. Continuar en un matrimonio solo por miedo es como menospreciar tu vida", le dijo a la periodista de Elle.
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Jennifer no descarta tener hijos, no sabe qué le deparará el futuro en relación a sus parejas. Pero se siente feliz. Vive bien, tiene trabajo, salud, familia y amigos. Aunque a otros eso no les parezca suficiente.
Lo que subyace es que no se concibe como posible, como signo de normalidad, que una mujer no quiera o no pueda tener hijos. O que postergue esa decisión. A un hombre sin hijos nunca le hacen esas preguntas: "¿Por qué no tenés hijos?" "¿Para cuándo los chicos?".
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La lista de celebridades masculinas, deportistas y políticos que no tiene hijos es profusa. Muy probablemente más extensa de la que se podría hacer con mujeres. Esa lista, la de los varones, se agrandaría notoriamente si le sumamos a aquellos que no se hacen cargo de sus hijos, que no los reconocen, que no le pasan alimentos o que sólo los consideran un buen programa fin de semana por medio. Esto que está naturalizado en el hombre sería una condena vitalicia para una mujer.

Algunas parecen conocer lo que escribió Lorrie Moore, tal vez la mejor escritora viva: "Un hijo destroza una vida y al hacerlo se convierte en lo mejor de esa vida". Y, el "destroza" debe ser entendido como que nada volverá a ser como antes. Esa vida anterior ya no existirá. Es otra, es distinta. A veces mejor, a veces peor. Y es razonable que haya quienes no deseen cambiar de vida. O que tengan otras prioridades.
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A pesar de lo mucho que se habla en los medios, parece que no todavía no se entiende que la maternidad es una elección y no un mandato. Además se parte de un presupuesto absurdo: ser madre completa, mejora, perfecciona a una mujer. Como si hubiera un solo tipo de madre, como si sólo se pudiera ser madre de una manera, cómo si sólo hubiera buenas madres. La maternidad como opción y no como mandato.

Se puede ser una actriz exitosa, una excelente licenciada en filosofía, una médica dedicada, una deportista esforzada y no tener deseos, al menos por el momento de tener un hijo. Y esas mujeres pueden ser felices y son, sin el menor lugar a dudas, mujeres completas.
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