
Resulta difícil no caer víctima de lo que se conoce como un caso de "atracón televisivo" a la hora de comenzar a ver The Crown, de Netflix, la serie más costosa hasta el momento de la corta historia del streaming. Cada episodio es producido con un nivel de detalle y realización cinematográfica que hace que el espectador sienta que está ante la presencia de un largometraje de Hollywood cada vez que le da "reproducir" al siguiente capítulo, de aproximadamente una hora de duración.
Pero más allá de destacarse en lo que hace a dirección, elenco, vestuario, arte y locaciones, son muchos los expertos en historia moderna los que han salido a hacer público su descontento por la forma en la que distintos hechos de la vida real fueron reinterpretados y adaptados al formato de la pantalla chica, con el foco puesto más en captar la mayor porción de atención de una audiencia mundial que en respetar al pie de la letra los sucesos que se fueron dando desde el comienzo del reinado de Isabel II.

Es precisamente la segunda temporada de la exitosa serie de Netflix la que ha levantado más dudas en lo que hace a las "licencias dramáticas" que se han tomado en pos de mostrar una historia cautivante capaz de capturar la atención de los espectadores, quienes hoy cuentan con más opciones de entretenimiento de calidad que nunca antes en la historia de la televisión.
Fue precisamente la ganadora del premio Pulitzer Margaret Ellen "Peggy" Noonan, la reconocida autora norteamericana detrás de nueve prestigiosos títulos sobre temas como política, religión y cultura, además de columnista semanal del periódico financiero The Wall Street Journal, la que destacó recientemente los errores más evidentes detrás de la historia que repasa la obra de la casa real de Windsor.

Más allá de que Noonan aclara por anticipado en su columna haber realmente disfrutado aspectos de The Crown, como las actuaciones, además de todo el dinero y el tiempo que se dedicó a que "cada cuarto luciera perfecto y el respeto por la vestimenta de cada período", la autora no puede dejar pasar el tratamiento histórico que por momentos muestra signos de "un profundo descuido", que carece de orientación alguna.
Uno de los ejemplos más obvios lo marca el tratamiento de la serie respecto de las figuras del ex presidente John Fitzgerald Kennedy y de la primera dama. En primer lugar, Noonan destaca que la primera visita a Francia del político estadounidense no habría sucedido realmente de la forma en que la muestra la producción de Netflix.
La serie intenta transmitir la sensación de que JFK no tomó de buena forma que su esposa se robará la atención de todos los medios y del propio presidente Charles de Gaulle, conocido por su carácter parco, tras su histórica visita a París. Los historiadores coinciden en que Kennedy se mostró más que entusiasmado, tanto pública como privadamente, por la verdadera sensación que causó su carismática mujer en suelo galo, pero por algún motivo que se desconoce, The Crown muestra una versión completamente opuesta a la real.
En el episodio ocho de la segunda temporada, titulado "Querida señora Kennedy", se puede ver al demócrata enojado con su mujer y que estalla con un brote de furia, de ebriedad y con aparentes celos por haber sido opacado ante la mirada atenta de todo el mundo. La autora asegura que no existe evidencia histórica al respecto y, asimismo, destaca que Kennedy no fumaba cigarrillos, un detalle que podría parecer insignificante para muchos, pero que "representa una falta de respeto no solo a nivel humano, sino histórico".

Noonan también hace mención al tratamiento que recibe la figura del primer ministro Harold Macmillan, quien es representado como un hombre falto de carácter y furtivo, pero que en realidad era todo lo contrario, un político "reconocido, incluso, por sus adversarios por su humanidad, coraje y astucia".
La autora asegura que, en la vida real, Macmillan respetaba y admiraba a la Reina, quien además se convertiría en su confidente. El foco puesto en su vida privada y la relación extramatrimonial de más de cuarenta años de su esposa Dorothy con Robert Boothby, un brillante miembro del Parlamento británico, no hace más que desviar la atención hacia los aspectos más amarillistas de su historia de vida.
La autora asegura que en su momento todo el mundo tenía conocimiento del affaire y que el propio primer ministro llegó a considerar el divorcio, pero decidió finalmente preservar su matrimonio. "Ella me dio todo y le debo absolutamente todo, le dije que nunca la dejaría ir", confesó el premier en una de sus últimas entrevistas. Una imagen lejana de la que se ve reflejada en la serie, donde el político lleva a su mujer a encontrarse con su amante bajo su total conocimiento, algo que sin lugar a dudas resulta atractivo desde el punto de vista de la narrativa, pero que ahora se sabe no se corresponde con la realidad de los hechos.
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