(Informe de Leticia Hernández de Noticiero Telemundo 51)
Andrew se abatió en la madrugada del 24 de agosto de 1992 sobre el condado de Miami-Dade convertido en un monstruo de categoría 5 en la escala de intensidad Saffir-Simpson, la máxima, con vientos máximos sostenidos de 165 millas por hora (265 km/h.).

El "Big One", como se le denominó en su época, ostenta el aciago título de ser uno de los tres huracanes de categoría 5 que descargó su furia en la costa estadounidense desde 1900, junto con el registrado en 1935 en los Cayos de Florida y Camile, en 1969.

Un registro que dice mucho sobre la vulnerabilidad del sureste del estado del sol como zona de alto riesgo ante los devastadores efectos de estos fenómenos.
Es cierto que Florida no ha vuelto a sentir desde 1992 el embate de un Leviatán atmosférico como Andrew, pero los expertos reconocen, sin espacio para el alarmismo, que un fenómeno destructor de esta magnitud podría repetirse.
"Sí, podría repetirse otra vez. Estamos más informados y preparados que hace 25 años, es verdad, pero hay mucha más población, más edificios e infraestructura y estamos más expuestos a vientos huracanados e inundaciones causadas por marejadas ciclónicas en zonas costeras", afirmó a Efe Robert Molleda, coordinador de la oficina de predicción meteorológica de Miami.

Molleda precisó que ni siquiera es necesario la embestida de un huracán de categoría 5 en el sureste de Florida para encontrarnos ante un paisaje de desolación, muerte y destrucción.
"Un huracán de categoría 4, con vientos de 130 o 140 millas por hora (209-225 km/h.) podría causar estragos y daños parecidos a los de Andrew, con tantos edificios y densidad de población aquí", alertó el científico de la Agencia Nacional de Océanos y Atmósfera (NOAA).

La localidad más golpeada entonces fue Homestead, al sur de Miami, una comunidad agrícola donde casi el 100 % de las casas móviles (1.167 de 1.176) quedaron completamente arrasadas.
Los cómputos finales oficiales de la NOAA estiman que Andrew causó daños por un importe de 26.000 millones de dólares, destruyó 49.000 viviendas en el condado de Miami-Dade (entonces condado de Dade), dañó otras 108.000 casas y dejó a 1,4 millones de personas sin electricidad durante días.

Hasta el impacto de Katrina 13 años después, Andrew fue el desastre natural más costoso de la historia de Estados Unidos, un feroz ciclón que acabó con 26 vidas de forma directa y causó otras 39 muertes indirectas.
De hecho, el "peor desastre natural que se ha producido nunca en el sur de Florida" es, en ese sentido, un recordatorio de que resulta irrelevante, en términos de muerte y ruina, el vaticinio de una temporada con poca actividad ciclónica fechas antes de su comienzo, el primero de junio.
Así sucedió en 1992. Esa temporada solo se predijeron siete tormentas, pero el terrorífico huracán Andrew barrió las ciudades de Homstead y Florida City y dejó una huella indeleble en la memoria de quienes como Molleda, lo vivieron.
Molleda establece una comparativa entre el huracán de categoría 4 que se abatió en 1926 sobre Miami, cuando era una pequeña urbe de apenas 100.000 residentes, y el impacto potencial que tendría hoy en día otro temible huracán como este.
Si entonces los daños materiales se estimaron en unos 78 millones de dólares, hoy los cálculos arrojan que el daño podría ascender a unos 200.000 millones de dólares, sin contar con las pérdidas de vidas humanas, apuntó.
No obstante, Molleda contrapuso la existencia actual de un "código de construcción" mucho más estricto que en 1992 y la realidad de que los "pronósticos son más certeros, más frecuentes los avisos, mejor la preparación, el flujo de información y el tiempo para la evacuación".
Pero, son sobre todo los avances en la ciencia de predicción meteorológica y el desarrollo de nuevas tecnología los que han dotado a los meteorólogos de herramientas avanzadas no disponibles en 1992 para velar y anticiparse a la llegada de los huracanes.
Así, desde ese año, los avances en el Centro Nacional de Huracanes (NHC) son notables: el promedio de error en el seguimiento y previsiones se ha reducido en dos terceras partes y las predicciones meteorológicas se han extendido de tres a cinco días.
Apuntó que "vivir la experiencia de un huracán como Andrew no se puede olvidar" y nos obliga a extraer una lección: "debemos estar preparados y tener a tiempo un plan de emergencia".

Por Emilio J. López (EFE)
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