Lo arrestaron por venta de drogas y tenencia ilegal de armas en noviembre de 2016. Pasó varios días en la prisión del condado de Cheatham, en Tennessee, hasta que sufrió una crisis nerviosa.
Cuando Jordan Norris empezó a golpearse la cabeza contra la pared y a amenazar a los presos con los que compartía la celda, los agentes lo sacaron y lo sentaron en la silla de restricción, que sirve para atar y contener a los internos que se vuelven una amenaza contra otros y contra sí mismos.

Hasta ahí, el trabajo de los tres oficiales era irreprochable. El abuso comenzó una vez que Norris ya estuvo atado. En lugar de dejarlo allí, o de calmarlo usando algún método ortodoxo, comenzarlo a aplicarle una y otra vez descargas eléctricas con una pistola taser.
Todo quedó registrado por las cámaras de la prisión. "Voy a seguir hasta que me quede sin baterías", se escucha decir a uno de los agentes.

El recluso fue luego trasladado a un hospital. Tenía más de 40 quemaduras en distintas partes del cuerpo.
Esta semana, presentó una demanda contra los tres guardias por uso excesivo de la fuerza. Ellos aseguran que hicieron lo correcto, y que aplicaron esa medida extrema porque las ataduras de Norris no estaban del todo aseguradas.
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