
La historia de Ana Gabriela Guevara se explica de muchas formas. En los últimos años su rostro ha acaparado un sinfín de portadas, producto de su incursión en la política. Parece que han pasado siglos desde que se le veía competir en las pistas, a pesar de que su carrera haya sido una de las más brillantes de las que se tenga memoria.
Luego de demostrar su valía en todos los eventos posibles, Ana alcanzó el cénit cuando ganó la medalla de plata en los 400 metros en Atenas 2004. Pero, a pesar de consolidarse como una de las mejores atletas de la época reciente, todo el país se quedó con ganas de verla en más Juegos Olímpicos. Sus constantes disputas con los funcionarios que manejan el deporte en México le generaron múltiples bloqueos y evitaron que asistiera a Pekín 2008. Nunca se quedó callada ante las injusticias.
Ana siempre estuvo ligada al deporte, pues practicaba baloncesto. Pero, para sorpresa de ella y de todos los le rodeaban, se destacó en atletismo sin haber recibido entrenamiento en esa disciplina hasta los 20 años. Desde ese momento, su ascenso sería imparable. Descubrió su don justo a tiempo.

Ya hacia 1998 la historia era otra. Ana Gabriela demostró su talento por primera vez en el plano internacional: se hizo de tres medallas de oro en el Campeonato Iberoamericano de Lisboa. Más tarde, en los Juegos Centroamericanos de Maracaibo, obtuvo dos preseas de plata. Su primer oro en una competencia de relieve llegó al año siguiente, en los Panamericanos de Winnipeg. El expediente de la sonorense ya daba cuenta de una atleta hecha para las grandes competencias. En Sídney 2000 terminó en el quinto lugar. Su primera participación olímpica resultó una experiencia enriquecedora para todo lo que estaba por llegar.
El punto más alto, de lo que hasta entonces era una prometedora carrera, llegó en 2003 en el campeonato mundial de París. Ana Gabriela se llevó el oro en 400 metros y dejó el cronómetro en 49,34 segundos para hacer historia de la grande. Todo un país estalló en júbilo. Ese tipo de alegrías que suelen estar monopolizadas por deportes como el futbol ahora eran provocadas por el atletismo. Cada vez que Ana estaba en una pista, todas las televisiones sintonizaban el mismo evento.
En Atenas, Ana Gabriela Guevara trasmitía una energía especial. El Campeonato Mundial del año pasado no podía mentir. Después de demostrar que podía optar por la cima del mundo, nadie le negaba el derecho de ir por el oro olímpico. A Ana le gustaban los reflectores. Contrario a muchos atletas que prefieren la discreción y a quienes el rol de candidatos les termina jugando en contra, ella era consciente de su calidad y le gustaba demostrarla cada que le era posible.

Ana Gabriela se subió al podio al conseguir la medalla de plata. En la final no pudo superar a Tonique Williams, de Bahamas, con quien gestó una rivalidad apasionante. Pero, al final, nada importaba esa pequeña frustración. Guevara ya era inmortal. Su leyenda quedó enmarcada para siempre en la memoria del olimpismo mexicano y de los millones de espectadores que nunca dejaron de alentarla. Después de su consolidación, vinieron grandes actuaciones en Campeonatos del Mundo, Juegos Centroamericanos y Panamericanos, pero había heridas imposibles de cerrar.
Nunca supo guardar silencio ante la falta de apoyo y alzó la voz en contra de Mariano Lara, entonces presidente de la Federación Mexicana de Atletismo, a quien la medallista mexicana acusó de desviar recursos en detrimento del desarrollo y desempeño de la disciplina. Ana no quedó satisfecha con la suspensión de cuatro años para Lara y cumplió con la amenaza con la que venía amagando: se fue del atletismo a unos meses de Pekín.
El camino después de retirarse surgió casi como una obviedad: luego de haber luchado durante toda su carrera por mejores oportunidades y por no tener el apoyo necesario, la política era un salida clara para ella. Quizá desde ahí, en el corazón del poder, ella podría ayudar a que las futuras generaciones de deportistas tuvieran un mejor destino que el de ella. Sus primeros cargos públicos llegaron con la venia de Marcelo Ebrard, en el gobierno de la Ciudad de México, como encargada de la Coordinación de Cultura Deportiva, Física y de Salud. Luego, en 2012, llegó al Senado de la República por la vía plurinominal, en representación de Sonora e impulsada por el Partido del Trabajo (PT).

Con la llegada de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia, le fue otorgada la dirección de la Comisión Nacional de Deporte (Conade), tras un fugaz paso de tres meses por la Cámara de Diputados. El tiempo ha traído grandes sorpresas. Quien se caracterizó por nunca callar y reclamar más apoyo a los atletas pronto cambió de simpatías.
El caso que más miradas acaparó tuvo que ver con otra medallista olímpica, Paola Espinosa, quien la acusó de quitarle la plaza olímpica que le prometió luego de que la clavadista se negara a apoyarla públicamente en un caso de corrupción. Este incidente se sumó a la investigación que la Secretaría de la Función Pública inició en su contra por presunto desvíos de recursos. Ana Gabriela supo contar hazañas deportivas, fue ejemplo de tenacidad, éxito y resistencia pero la historia dictó otro rumbo.
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