Judy Murray, la madre de Andy, es hija de futbolista  y entrenadora de tenis.
Judy Murray, la madre de Andy, es hija de futbolista  y entrenadora de tenis.

Un hijo o una hija con potencial de estrella del deporte puede ser una bendición. O un problema, en especial para los niños con (presunto) destino de grandeza. Sobran las historias de padres que, obsesionados con lo que sean capaces de hacer sus pequeños futbolistas, tenistas o golfistas, terminan ahogando el talento, las ganas y, sobre todo, la felicidad de sus hijos. Sin embargo, criticar a esos padres es el camino fácil, dice Judy Murray, parte fundamental de la historia que llevó a sus dos hijos al número uno del tenis. Lo difícil, añade, es comprender por qué a veces esos padres pierden el control.
"Entiendo absolutamente a los padres que se ven superados en lo emocional cuando se trata de la carrera de sus hijos", dijo Murray durante una entrevista con Infobae en Río de Janeiro, donde asistió al Rio Open, el torneo de tenis más grande de Sudamérica. Murray, de 59 años, es madre de Jamie, que fue número uno del tenis mundial en dobles, y Andy, que llegó a la misma posición en individuales. Es, además, hija de futbolista y entrenadora de tenis: algo sabe del asunto.
El caso de los Murray recuerda a John y Patrick McEnroe, Bob y Mike Bryan, Marat y Dinara Safina y Venus y Serena Williams. Todos ellos llegaron también a la cima del tenis en singles o dobles, todos ellos tuvieron a su padre o su madre como entrenadores. En su veloz visita a Brasil, Judy quedó fascinada con dos cosas: Río de Janeiro -"no sabía que podía ser tan bella, probablemente me fijé demasiado en las noticias negativas sobre la ciudad"- y Fernando Meligeni, el ex tenista brasileño nacido en Argentina, al que elogió por sus "golpes imposibles". Rubia, delgada, de sonrisa fácil y mirada vivaz, Judy Murray recuerda solo en parte a su hijo Andy, marcado por su humor ácido y voz grave.

– Ya llegando al final de la carrera de sus hijos, ¿cuán difícil es ser padre de chicos con potencial de estrella?
– Me acuerdo de un entrenador muy famoso que, muchos años atrás, me dijo que su principal trabajo era que los padres no se equivocaran con sus hijos. Lo que quiso decir es que también debía apoyar, informar, educar y asesorar a los padres. Cuando sos entrenador, se trata de un asunto de tres: los padres, el entrenador y el niño. Y hay una gran diferencia cuando se trata de deportes individuales como el tenis, porque ahí tenés que ocuparte de todo vos. Si mis hijos hubieran sido futbolistas, rugbiers o jugadores de cricket, un club los habría contratado para ocuparse de todo: el calendario de competencias, el transporte, el entrenamiento… Me hubiera dejado de preocupar de muchas cosas.

– ¿Qué les exige el tenis a los padres de esos niños que apuntan a grandes jugadores?
– En el tenis es el padre el que tiene que hacer que todo suceda. Por eso entiendo absolutamente a los padres que se involucran demasiado en lo emocional y financiero, porque tenés que invertir tanto tiempo y tanto dinero en ayudar a tus hijos… Y a eso hay que sumarle que cuando tu hijo comienza a viajar fuera del país alguien tiene que estar con él. Y si no encontrás a alguien en el que confíes o no tenés el dinero para pagarle a esa persona, entonces terminás haciéndolo vos mismo. Por eso es que muchos padres se convierten en entrenadores de sus hijos por pura necesidad. Por eso es que ves a tantos padres-entrenadores en el circuito de tenis. Y entiendo perfectamente que sea así.

– Su hijo Andy se operó hace dos semanas de la cadera. Podría no volver al circuito, y mencionó la posibilidad de que el exceso de entrenamiento en sus años jóvenes haya desgastado esa articulación. ¿Cuán de acuerdo está con eso?
– Bueno, no mucho. Uno aprende de sus errores, tanto Andy como Jamie fueron aprendiendo mientras hacíamos el camino, porque nadie lo había hecho antes en Escocia. Así que no había nadie a quién seguir, nadie que pudiera aconsejarnos. No sabíamos adónde íbamos, solo que íbamos aprendiendo. Y los dos hicieron cosas extraordinarias, nadie podría haber esperado que ambos llegaran al número uno viniendo de un pueblito en el medio de Escocia.

La madre de Andy Murray lo saluda luego de ganarle a Novak Djokovic en Wimbledon, 2013. (AP Photo/Kirsty Wigglesworth)
La madre de Andy Murray lo saluda luego de ganarle a Novak Djokovic en Wimbledon, 2013. (AP Photo/Kirsty Wigglesworth)

– ¿Cree que Andy volverá a jugar?
– Creo que nadie lo sabe, hace apenas dos semanas que tuvo la operación de cadera, así que se está recuperando de eso. Pero sé que va a hacer todo lo posible para darse una nueva oportunidad de jugar, pero podría no lograrlo. ¡O puede que sí! Tuvo, creo, la misma operación a la que se sometió Bob Bryan después del US Open, y Bob volvió a jugar en el Abierto de Australia, aunque es cierto que el dobles implica una exigencia física muy diferente a la del singles. Creo que lo que tenemos que hacer ahora es esperar y ver.

– Más allá de lo que le permita su físico, ¿cree que su hijo podría comenzar a amigarse con la idea de no jugar más? ¿O va a intentarlo si ve una mínima posibilidad?
– Creo que va a intentarlo, aunque creo que sabe que podría no ser posible. Es un chico inteligente, se interesa por un montón de cosas diferentes, va a tener muchas posibilidades después del tenis. Pero lo más importantes es que se libere del dolor que sufre desde hace veinte meses. Tiene una familia joven, y eso es algo en lo que tiene que pensar también, en la calidad de vida por el resto de su vida, eso es lo más importante de todo.

– Si tiene que elegir un solo momento de la carrera de Andy, ¿con cuál se queda? Ganó Wimbledon dos veces, el oro olímpico otras tantas, el US Open, fue número uno…
– Es difícil pensar en uno, pero creo que el más memorable fue la Copa Davis de 2015, las semifinales en Glasgow contra Australia. Jugaron el y Jamie, y no sabíamos si Andy jugaría el dobles, porque debía jugar singles el viernes y el sábado, y disputar tres partidos al mejor de cinco sets en tres días consecutivos es duro. Así que hasta el último minuto no sabíamos qué haría. Fue en Glasgow, en Escocia, donde vivimos y un lugar en el que el tenis es un deporte ínfimo, apenas un uno por ciento de la población lo juega. Nadie hubiera esperado que tuviéramos campeones de Grand Slam. Y ahí estaba yo, sentada en un estadio con 9.000 espectadores mientras veía entrar a Jamie y Andy junto a Leon Smith, que era el capitán y un ex jugador al que entrené cuando el tenía 20 años, una especie de tercer hijo para mí. Miré a mi alrededor y me dije 'uauh, ¿quién hubiera pensado que jugaríamos una semifinal de la Davis con jugadores escoceses, capitán escocés y en Escocia?'. Disfruto mucho la Davis, cuando Andy o Jamie juegan en el circuito me estreso demasiado. Esto era diferente, pura alegría.

Andy y Jamie, junto a su madre Judy Murray
Andy y Jamie, junto a su madre Judy Murray

– ¿Y en aquella final de los Juegos Olímpicos de Londres? Su hijo con el oro junto a Roger Federer y Juan Martín Del Potro, los tres abrazados en el court central de Wimbledon con las banderas de sus países sobre sus espaldas y un tema de David Bowie, "Heroes", sonando. ¿Recuerda?
– Ese fue un momento enorme, enorme. Representar a su país fue siempre algo importante para mis hijos. Y el hecho de que fuera en Wimbledon implicaba una sensación completamente diferente, porque los espectadores eran distintos a los habituales, mucho más coloridos y efusivos. Y cuatro años después fue abanderado en Río, ¡un honor increíble!

– ¿En qué quedó el "affaire Deliciano"? Usted le dedicó durante un tiempo mensajes de admiración a Feliciano López. Llegó un momento en el que su hijo se enojó.
– (ríe con ganas) ¿Enojarse? No, ¡no estaba enojado para nada! Fue todo para divertirnos, Jamie y Andy son amigos de Feliciano desde hace muchos años. De hecho, todo fue culpa de Andy, que una vez en Wimbledon le dijo a Feliciano 'Feli, Feli, venía a sacarte una foto con mi mamá, cree que sos hermoso'. Y así empezó todo, y claro, los medios le dieron más fuerza al asunto…

– ¿Pero sigue creyendo que Feliciano merece ser llamado "Deliciano"?
– Oh sí, ¡claro que sí! (ríe)