Escritores y detectives: ¿qué pasa si los autores de ficción se proponen investigar casos reales?

Poe, Conan Doyle, Dashiell Hammett, Graham Greene y John Le Carré trabajaron sus obras mientras intentaban llegar a la verdad de sucesos policiales o de espionaje. Algunos de ellos, además, fueron acusados de delitos de diversa magnitud. Aquí, un repaso por estas historias

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Edgar Allan Poe creó el género policial, introdujo el personaje del detective en la historia de la literatura y, decía Jorge Luis Borges, formó un nuevo tipo de lector, aquel que desconfía del texto y supone que el autor de una intriga necesariamente oculta la verdad. Su gloria reclama otro título particular: fue el primer escritor que investigó un hecho real a través de la ficción, con lo que inauguró una particular tradición en la narrativa de suspenso.

El misterio de Marie Rogêt (1842), el segundo relato del ciclo protagonizado por el detective Charles Auguste Dupin, tomó como referencia la enigmática muerte de Mary Rogers, una joven neoyorquina de 21 años. Poe no buscó exactamente inspiración en los hechos reales, sino que se propuso resolver el misterio y hacer de la ficción una forma de descubrir la verdad, como lo expresó en un pasaje de su correspondencia: “Bajo el pretexto de mostrar cómo Dupin desenreda el misterio del asesinato de Marie, emprendo un muy riguroso análisis de la verdadera tragedia en Nueva York”, advirtió.

Edgar Allan Poe (Shutterstock)
Edgar Allan Poe (Shutterstock)

Mary Rogers, empleada en una tabaquería, desapareció el 25 de julio de 1841. Tres días después su cadáver fue hallado en el río Hudson con signos de violación. La policía sospechó que había muerto como consecuencia de un aborto o bien a manos de su novio, que se suicidó, o de una banda, pero la investigación no alcanzó a probar ninguna hipótesis y el caso se convirtió en una especie de novela por entregas en la prensa de la época.

Poe propuso la ficción de Marie Rogêt como un espejo de la historia de Mary Rogers, “un paralelo cuya maravillosa exactitud turba la razón”. En una nota al pie aclaró que había escrito el relato sin la posibilidad de observar la escena del crimen y sin otros medios de información que las crónicas periodísticas, por lo que podían faltar detalles. Aun así el objeto era “la investigación de la verdad” y su detective planteó una solución para el enigma: la chica había sido asesinada por un marinero con el que había tenido una relación, lo que Dupin justificó con una trabajosa reconstrucción de su historia previa y de las circunstancias de su desaparición.

Según Walter Benjamin, El misterio de Marie Rogêt es revelador de una preocupación inconsciente en Poe y en la sociedad de la época: la preocupación por los fenómenos de la criminalidad en el proceso de formación de las grandes ciudades. “El contenido social originario de las historias de detectives es la borradura de las huellas del individuo en la multitud de la gran ciudad”, dice el ensayista alemán. Una inquietud que ingresó a la literatura con la historia de Mary Rogers.

La policía y la justicia no validaron la ficción de Poe, pero tampoco encontraron una respuesta más convincente y la muerte de Mary Rogers sigue en el misterio. Si no dio con la verdad, la hipótesis del detective Dupin tuvo por lo menos el mérito de ser la más exhaustiva y la más rigurosa en el examen de los hechos.

Los estudios de Conan Doyle

Arthur Conan Doyle (Shutterstock)
Arthur Conan Doyle (Shutterstock)

Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes, siguió a Poe en el desarrollo del género policial y también en la pretensión de investigar crímenes de la vida real. Sus intervenciones en defensa de George Edalji y Oscar Slater, acusados por delitos que no habían cometido, lo pusieron a la altura de su personaje de ficción.

En marzo de 1901 Conan Doyle empezó a publicar en la revista Strand una serie de relatos sobre crímenes verdaderos, bajo el título genérico “Estudios del natural”. Su interés no apuntaba a relatar los hechos sino que pretendía tratarlos como estudios de psicología criminal, para examinar “los móviles y la mentalidad” de los asesinos y al mismo tiempo el funcionamiento de la Justicia.

En la primera entrega, “El holocausto de Manor Place”, Conan Doyle analizó un cuádruple homicidio perpetrado en 1860 y planteó sus reservas respecto al veredicto de la Justicia, por el cual fue ahorcado un familiar de las víctimas. “Solo quien estudia a fondo casos semejantes se da cuenta de con cuánta frecuencia una cadena de indicios que apuntan en determinada dirección puede, solo con algún ligero cambio, ofrecer una interpretación completamente distinta”, señaló.

En “El discutible caso de la señora Emsley”, un “estudio del natural” referido al crimen de una anciana también en 1860, Conan Doyle advirtió sobre la influencia de la opinión pública en los fallos de jueces y jurados. El acusado por el episodio “muy probablemente era culpable, (pero) la policía nunca consiguió establecer los detalles del crimen, y se corrió el riesgo de error judicial cuando se pronunció la sentencia de muerte”. Por sus errores irreparables, agregó el escritor, la ley podía ser considerada “el mayor asesino de Inglaterra”.

Conan Doyle interrumpió los estudios en mayo de 1901, cuando empezó a escribir El sabueso de los Baskerville, tercera novela de Sherlock Holmes, pero en 1906 tomó partido por la defensa de George Edalji, un joven procurador inglés de origen indio que había sido condenado a prisión por atentados y mutilaciones de ganado. El 9 de enero de 1907 publicó en el Daily Telegraph un artículo donde expuso el resultado de su investigación –que incluía entrevistas, pericias sobre anónimos, visitas al lugar de los hechos, entre otras averiguaciones- y un conjunto de argumentos que incidieron en la revisión judicial del caso y la posterior libertad de Edalji. La historia fue llevada a la ficción en Arthur & George (2005), novela del escritor británico Julian Barnes.

El caso Edalji había sido revelador, una vez más, de la torpeza policial, y también de los sentimientos xenófobos de la población. La siguiente “misión” de Conan Doyle, en 1912, fue defender a un hombre condenado a prisión perpetua por un crimen del que era inocente. Ese año publicó El caso de Oscar Slater (disponible on line, http://gutenberg.net.au/ebooks12/1202651h.html), una investigación en tono de denuncia. “Es imposible leer y considerar los hechos en relación con la condena de Oscar Slater en mayo de 1909, en el Tribunal Superior de Edimburgo, sin sentirse profundamente insatisfecho con los procedimientos y moralmente seguro de que no se hizo justicia. Bajo las circunstancias de la ley escocesa, no sé hasta qué punto hay algún remedio, pero, en mi opinión, será un escándalo grave si con tales pruebas se lo condena a pasar su vida en prisión”, escribió en el comienzo del opúsculo.

Slater recién fue liberado en 1928. En 1911, cuando empezó a indagar su historia, Conan Doyle había comprado una biblioteca especializada en literatura y crónica policial y estaba dedicado a investigaciones sobre la intervención de fenómenos sobrenaturales en los hechos criminales. En el relato “Una nueva luz para viejos crímenes” reunió la supuesta casuística sobre sueños premonitorios, apariciones de muertos y revelaciones de ultratumba, de acuerdo con sus creencias espiritistas y en total desacuerdo con los métodos de Sherlock Holmes, un paradigma de la racionalidad.

La posteridad hizo que el investigador se convirtiera en investigado: Conan Doyle fue incluido entre los sospechosos de ser Jack el Destripador, el asesino nunca identificado que mató a cinco prostitutas en el barrio londinense de Whitechapel entre agosto y noviembre de 1888. En esa época, el escritor esperaba el nacimiento de su primera hija, Marie Louise, sufría los rechazos de editores a los que no les interesaban sus novelas de tema histórico y aun no sabía si iba a dedicarse a la literatura o a la medicina, en la que se había doctorado. La acusación fue un precio de la fama.

Un linaje de grandes traidores

Dashiell Hammett (Shutterstock)
Dashiell Hammett (Shutterstock)

Las acusaciones contra Dashiell Hammett por su presunta participación en el crimen del líder sindical Frank Little mientras trabajaba para la agencia Pinkerton parecen también ficciones póstumas y especulaciones de biógrafos flojos de grandes revelaciones.

Frank Little fue asesinado en un pueblo de Montana en 1917, una época en que Hammett era “operativo” de la Agencia Pinkerton, proveedora de rompehuelgas, custodios e infiltrados a empresas preocupadas por la difusión de las ideas anarquistas y socialistas entre los trabajadores. El nombre del autor de Cosecha roja nunca apareció entre los acusados por los compañeros del sindicalista y la prensa de izquierda, ni se encontraba en la zona cuando ocurrió el hecho, y la acusación no tiene más apoyo que un ofrecimiento de 5 mil dólares que el escritor dijo haber recibido para actuar como sicario.

Hammett integró el cuerpo de la Pinkerton entre 1915 y 1922. Su foja de servicios no parece haber sido brillante, pero decantó en observaciones irónicas sobre el oficio, como expuso en From the Memoirs of a Private Detective: “El robo de billeteras es el oficio criminal más fácil de dominar. Cualquiera al que no le falten manos puede convertirse en experto en un día”; “El detective más inteligente e infaliblemente exitoso que jamás haya conocido es completamente miope”; “Conocí a un agente al que le robaron su billetera mientras buscaba carteristas en el hipódromo. Más tarde llegó a ser oficial de una agencia de detectives en el Este”, apuntó, entre otras reflexiones cáusticas.

John Le Carre (Shutterstock)
John Le Carre (Shutterstock)

Así como la experiencia de detective resultó fundamental para la escritura de novelas en Hammett, el período que pasó como agente de la inteligencia británica es el principal sostén de la obra de John Le Carré. “Espiar fue la pasión de mi época. La viví, la sentí en mi propio cuerpo, la conté”, confesó el autor de El espía que surgió del frío, con un poco de nostalgia por los años de la Guerra fría entre Occidente y la Unión Soviética.

En Volar en círculos, Le Carré recuerda su ingreso en 1956 como oficial subalterno al MI5 (servicio de inteligencia interior) y su posterior paso al MI6 (servicio de inteligencia exterior) y expresa su reconocimiento a “los jefes del cuartel general de MI5” por las correcciones que hacían a sus informes, “la instrucción más rigurosa que he recibido como escritor”.

(Shutterstock)
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Graham Greene, “el más impresionante de los desertores literarios del MI6 según Le Carré, hizo el camino inverso: no se convirtió en escritor después de haber sido espía, sino que el gobierno británico requirió sus servicios como agente de inteligencia en 1941, cuando ya tenía una obra literaria en curso.

Reclutado por su hermana Elisabeth Dennys (a quien le dedicó El factor humano, obra maestra de la narrativa de espionaje), Greene se trasladó a Freetown, en Sierra Leona, con la misión de codificar y descifrar comunicaciones en clave y obtener información sobre las colonias francesas. De regreso en Europa, estuvo a cargo del contraespionaje británico en Portugal bajo las órdenes de Kim Philby, el célebre doble agente que desertó a la URSS en 1963.

Greene nunca pudo deshacerse de las sospechas que surgieron por su relación con Philby y se potenciaron con el prólogo que escribió a la edición inglesa de la autobiografía del doble agente, donde explicó su traición como un resultado de idealismo y de sinceras convicciones. Entre otros contratiempos, estuvo a punto de ser llevado a juicio después de publicar la novela Nuestro hombre en La Habana, por utilizar información adquirida como oficial del MI6 en tiempos de guerra y relatar sin ningún agregado de ficción las relaciones entre un jefe de oficina local en una embajada británica y un agente de campo.

En Una especie de vida, su autobiografía, Greene señaló que el novelista, como el espía, “vigila, escucha, busca motivaciones, analiza a los personajes y, en su afán de servir a la literatura, carece de escrúpulos”. Le Carré se contempló en el mismo espejo: “espiar y escribir novelas están hechos el uno para el otro: ambas cosas exigen una mirada atenta a la transgresión humana y a los numerosos caminos de la traición”, dice en Volar en círculos.

En esa línea sinuosa entre ficción y realidad, agrega el creador del personaje de George Smiley, entre las intrigas que imaginan y las que efectivamente protagonizan, los escritores tienen una certeza cuando parecen perder el rumbo: “Los que hemos estado dentro de la logia secreta no la abandonamos nunca del todo”.


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