
Ordenando mi biblioteca me di cuenta de que en un rincón tenía un par de libros de Peter Handke que había comprado en los años 80. Los saqué de la semioscuridad. En segundos se me vino a la memoria una época de mi vida en la que visitaba asiduamente los centros culturales Goethe y el Chileno-Francés para ver ciclos de cine o películas que no circulaban comercialmente. Eran los años de la dictadura y los que íbamos a esas sesiones éramos un grupo de sujetos disconformes que, aunque apenas se saludaran, se sentían parte de una hermandad. Lo habitual era hacerse un gesto y pasar a la sala en silencio a sentarse en una de las inconfortables sillas de colegio que componían el mobiliario clásico de esos lugares. Entre los espectadores estábamos los adolescentes que queríamos tragarnos la cultura con pretensión, y los mayores que buscaban en el cine europeo entretenimiento cuando la oferta cinematográfica era escasa.
En esos años vimos como acólitos de la iglesia de la angustia películas de Rohmer, Godard, Truffaut, Bergman, Antonioni, Fassbinder, Kluge y Wim Wenders. Tal vez anhelábamos una forma de comunidad en torno de cine que nos salvara del aburrimiento y la desolación. Fue en esa etapa de mi juventud cuando leí por primera vez a Peter Handke. Y la razón no podía ser más evidente: era el guionista de un par de películas de Wenders que repetían en los ciclos una y otra vez: El miedo del portero ante el penalty y Falso movimiento. Eran cintas largas y lentas, melancólicas y desgarradas. Lo cierto es que Handke estaba de moda en ese mundo subterráneo. Era un autor atractivo, cool: hippy, rockero, lector, político, neurótico y caminante. Recuerdo un verano leyendo El peso del mundo. Un diario (1975-1977). Con ese libro me sedujo su narrar lento, interrogativo. El conjunto de descripciones sin afectación de instantes, parajes y vínculos personales que se entrecruzan en ese libro me impactó por la libertad que expelía y, a la vez, por su estilo glacial. “Si hablo de mí mismo, a menudo es solo por incomodidad”, señala en una entrada Hadke a modo de tenue desahogo. Luego seguí con las novelas La repetición, El chino del dolor y Desgracia impeorable.

Con la vuelta a la democracia Handke dejó de tener ese lugar preeminente. Pasó a convertirse en uno más de las opciones de lectura y, al poco tiempo, de manera inusitada en un paria. Su serie de crónicas sobre la Yugoslavia bajo las bombas y su relato en torno a los juicios del tribunal de La Haya lo transformaron en un enemigo público sin pruebas en su contra. Mostró su disentir como intelectual y fue insultado por los bienpensantes. Terminó siendo sancionado socialmente. Es verdad que Hadke se lanzó contra la política norteamericana y la Unión Europea en los Balcanes, y que apuntó contra los medios de comunicación con una ferocidad digna de los mejores y más crueles ensayistas. Fue temerario y no lo escucharon. Como director de Ediciones UDP decidí publicar uno de sus libros malditos. Se titula Preguntando entre lágrimas. Y llegó a mis manos por que ninguna editorial en español se atrevía a traducirlo.
No obstante el odio que cundió por décadas, veo que el veto se está levantando. Salió hace poco su libro de notas Ayer, de camino y acabo de leer Luces en la sombra, un volumen reciente donde se pueden leer discursos de Hadke, textos sobre literatura, cine, artes, además de fragmentos autobiográficos. Van desde el compromiso político hasta la confesión y el ejercicio de la duda como sistema. Handke no ha cesado de investigar el extrañamiento. Sus obras ligan con genial soltura la introspección y la ambigüedad ante las certezas. Una cita que puede alumbrar su tipo de conducta ante las certezas está en un ensayo dedicado a un compatriota suyo, igual de insurrecto: “Thomas Bernhard decía que no bien se le aparecía durante la escritura aunque más no fuera la punta de una historia en el horizonte, le pegaba un tiro. Yo contesto: no bien aparece al escribir aunque más no sea la punta de un concepto, me evado –sí aún puedo– hacia otra dirección, hacia otro paisaje, en el que aún no haya alivios y pretensiones de totalidad a través de conceptos. Y estos se ofrecen en cada movimiento de escritura como lo primero y lo peor; si uno está cansado, los deja estar; son lo aparentemente difícil, que es fácil de hacer”.
*Matías Rivas es el editor de Ediciones Universidad Diego Portales (UDP), de Chile
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