Una baguette bajo el brazo

Una postal literaria del primer día de confinamiento obligatorio en París, por el escritor guatemalteco, autor de “Duelo” y “El boxeador polaco”

paris vacia coronavirus
Un hombre cruza una calle vacía frente a las Galerías Lafayette, en París (Martin BUREAU / AFP)
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Hoy fue el primer día del encierro aquí en París, o como lo llaman los franceses, le confinement. Desde mi ventana, mientras escribo esto, puedo ver que ya está completamente vacía la rue de Fleurus (donde Gertrude Stein y Alice B.Toklas recibían a artistas y escritores, hace casi un siglo). No hay paseantes. Todas las vitrinas de las tiendas están oscuras, todos los restaurantes y cafés cerrados, sus mesas y sillas apiladas adentro.

Desde hoy, y hasta nuevo aviso, cualquier persona en la calle debe tener consigo un documento oficial llamado Attestation de Déplacement Dérogatoire, debidamente cumplimentado y firmado, y el cual especifique el motivo de la excursión. Sólo cinco posibilidades: desplazamiento entre el hogar y el lugar de trabajo; desplazamiento para comprar cosas de première nécessite (como comida) en alguno de los establecimientos autorizados; desplazamiento por razones médicas; desplazamiento debido a una situación familiar apremiante, asistencia a personas vulnerables o cuidado de niños; y desplazamiento relacionado con limitada actividad física individual, y las necesidades de mascotas.

Uno no debe salir, nos advirtieron, por ningún otro motivo, y jamás sin una copia impresa de este documento. En otras palabras, un salvoconducto, como en una zona de guerra.

El encierro empezaba oficialmente a mediodía, y entonces, unos minutos antes, decidí salir deprisa a la boulangerie del otro lado de la calle, una última vez.

Ahora se mantenía abierta la puerta de vidrio. Había grandes cruces azules en el suelo (hechas con cinta adhesiva), en línea recta hacia el mostrador. Entré y me paré sobre mi cruz azul pensando que la panadería era ahora un escenario de teatro, y nosotros los clientes, debidamente distanciado unos de otros, los actores parados sobre nuestras marcas. Poco a poco me fui acercando al mostrador, delante del cual habían colocado una serie larga de mesas, para así mantener a los empleados —con guantes y mascarillas— a una distancia prudente.

Pedí una baguette y un pain au chocolat para mi hijo y le dije a la señora que echaría de menos ir ahí cada mañana mientras durara el encierro. Ella gruñó y me dijo que por supuesto que la panadería se mantendría abierta, y con el mismo horario. Más que confundida, parecía haberse ofendido. Y entonces me disculpé y le entregué unas cuantas monedas.

Ya caminando hacia fuera, y asegurándome de no tocar accidentalmente a nadie aún parado sobre su cruz azul, entendí que todo lo demás en París podía fracasar, todo lo demás podía colapsar y aun cerrar, toda farmacia podía vaciarse de desinfectantes de manos y mascarillas y aun medicamentos, pero siempre habría un panadero haciendo pan a las cuatro de la mañana, y siempre habría parisinos caminando con una baguette bajo el brazo, la punta ya arrancada, y con un salvoconducto en el bolsillo.

El texto original fue publicado en inglés en The New York Review of Books

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