Nueva York es un personaje central de los libros de Gornick
Nueva York es un personaje central de los libros de Gornick

En 1987 Vivian Gornick publicó Apegos feroces, un libro de memorias que indaga la relación íntima y tirante entre una madre y su hija, desde el punto de vista asombrado de la hija. Gornick (Bronx, Nueva York, 1936) y su madre salen a caminar con frecuencia por las calles de Nueva York y al rato de encontrarse empiezan los conflictos. Los diálogos se convierten en un campo minado. No pueden evitarlo, podría decirse que reinciden.

Para Gornick las relaciones de familia pueden ser tan despiadadas y ambivalentes como las eróticas. La diferencia es que la rivalidad y la furia se reprimen en el contexto familiar. Así y todo, las emociones siguen trabajando desde el sótano. Se disfrazan de rencor o depresión y, como si eso fuera poco, mandan señales de contrabando. En los momentos más altos de Apegos feroces, la hija se encuentra repitiendo, como si estuviera poseída, algunos gestos y reacciones de la madre. No se trata solamente de ver al otro como uno se ve a sí mismo sino de "conocer al otro que llevamos dentro".

En “Apegos feroces” (Sexto Piso), Gornick retrata en detalle la relación tormentosa con su madre
En “Apegos feroces” (Sexto Piso), Gornick retrata en detalle la relación tormentosa con su madre

Gornick es una veterana de la escritura autobiográfica. Cuando empezó a escribir descubrió que la crónica personal era su elemento. Sus notas para el Village Voice en la década del 70 ya tenían ese registro. Si alguien quería saber qué estaba pasando en la ciudad, corría los miércoles a la mañana a buscar el Voice y ahí encontraba a Gornick leyendo vida y literatura desde un punto de vista personal, inseparable de su militancia feminista. Era consciente del potencial y los desafíos del género. ¿Por qué escribir desde esa perspectiva, por qué ganaba terreno la crónica personal, por qué algunos libros de memorias funcionan bien y otros no? En Apegos feroces da lo mejor de todos esos años de práctica y reflexión. Es un libro concentrado, sabio, escrito con el lema de la claridad como método para avanzar en el terreno movedizo de las emociones. Parece que leemos a alguien que "está a solas delante nuestro", por usar la frase con la que ella misma elogió, alguna vez, las memorias de HG Wells.

En sus salidas por Manhattan, Gornick y su madre replican las tensiones de la infancia en un departamento del Bronx. El primer plano lo ocupan las mujeres de ese edificio de inmigrantes, en su mayoría judíos de clase trabajadora. La memoria tiene sus genios del lugar: la madre, única en su especie; Nettie, la vecina deseada y deseante, y la misma Gornick. "Nettie se dedicaba a seducir, yo a leer y mi madre a sufrir". Sus vidas están marcadas por una idea casi religiosa del amor como única aspiración, quid de la felicidad o la tragedia. El choque entre ese amor idealizado y la experiencia les enferma la vida. "Las personas que me rodeaban se habían casado por razones más importantes que la falta de pasión, y sin embargo creían en el amor", comenta en otro libro que se llama, justamente, The End of the Novel of Love (El fin de la novela de amor). "Todavía recuerdo cuando di vuelta la última página de una novela de amor y me di cuenta de que el amor como metáfora ya no funcionaba". Ese ideal de amor todopoderoso marca una diferencia tajante entre la madre, viuda fanática, y la hija, que "prefiere la verdad, por dura que sea, al romance".

La mujer singular y la ciudad es el segundo libro de memorias de Gornick. En este caso, Gornick sale a caminar por la calle, casi siempre sola, a veces con un amigo. Cada ciudad tiene su flânneur, y Nueva York tiene a Gornick. "Prefiero andar por la calle… estableciendo contacto visual con desconocidos, a estar con cualquier amigo, amante o pariente", escribió alguna vez para explicar su conexión con Manhattan. La calle es más que un semillero de historias: "veo a la gente luchando de cincuenta maneras distintas para seguir siendo humana … la presión afloja, el desborde se encauza". Cuando vuelve a casa se sienta a recordar, le da "textura y sentido" a lo que acaba de pasarle, escribe.

La mujer singular y la ciudad (Sexto Piso) habla sobre otro de los temas claves de Gornick. La soledad cruza como un fantasma los fragmentos breves del libro. Mientras camina por la calle, sabe que la espera el departamento en silencio. Aunque el cincuenta por ciento de los departamentos de Nueva York están habitados por gente que vive sola, los solitarios se sienten perdedores, en minoría y desventaja.

El feminismo marcó a Gornick en los 70
El feminismo marcó a Gornick en los 70

Y sin embargo, el libro no se llama La mujer sola y la ciudad, se llama La mujer singular y la ciudad. Gornick tomó la idea de mujer singular de una novela de George Gissing. De un lado están los ángeles del hogar y del otro, las mujeres singulares. Antepusieron el trabajo, la profesión, la vocación, al amor romántico y la familia. "Gissing se dio cuenta de que a través de las mujeres singulares podía comprender y expresar la naturaleza dañada, escindida, de los que saben que son categóricamente rechazados… Me reconocí como una mujer singular", escribe Gornick. Las feministas de los años 70 eran, por ejemplo, mujeres singulares. También eran mujeres singulares las escritoras que leía Gornick en sus años de estudiante. Se las tilda de difíciles, o ásperas. Si parecen enojadas, será por algo. "Curiosamente", escribe en un ensayo Gornick, "el ánimo de los grandes movimientos sociales es el enojo. Lo que pone en marcha esos reclamos no es la esperanza y mucho menos, la exaltación. El enojo se agudiza en el reclamo. La necesidad de reclamar es la prueba de que una no es bienvenida".

Gornick creció en una familia de izquierda en la que "los libros y la política eran más venerados que analizados". Con el tiempo, se dedicó a analizar libros y política con lucidez y entusiasmo. En un hotel de verano en las montañas de Castkills, cuando trabajó tiempo completo de mesera, se convirtió del todo al marxismo. En la universidad descubrió que "los libros cambian las ideas de las personas". Se casó, se separó, empezó a escribir, entre otros temas, sobre sus experiencias amorosas.

En la universidad también descubrió que "las discusiones intelectuales podían ser terriblemente eróticas", y en sus ensayos la lucidez no quita nunca lo apasionado. Cuando trabajaba en el Voice entrevistó a las feministas de la calle Bleeker y el feminismo se convirtió en su método de lectura de la vida. "Me vi en la historia, en la cultura, me vi en el mundo tal como era en ese momento… Todo lo que escribiría sería político"… Su faro fue una frase de Chejov, que cita como un mantra: "los otros me convirtieron en esclavo pero el que tiene que deshacerse gota a gota de ese esclavo que tengo dentro soy yo".

Con esa idea en mente, Gornick releyó la tradición literaria de los Estados Unidos. La idea, brevemente, sería ésta: si los libros influyen en las ideas del lector, por qué no releer a consciencia los libros que nos influyeron. Sus guías fueron la perspectiva de género y el punto de vista del lector común, que tomó de Virginia Woolf, otra escritora singular. El lector común lee por placer, con un criterio propio. Tenemos que juzgar "cada libro por nuestra cuenta", como dijo Woolf, " y no a través de la crítica, afinar nuestras impresiones con la mayor precisión posible, y compararlas con las que habíamos adoptado en el pasado". Es eso, precisamente, lo que hizo Gornick en varios libros de ensayos, entre ellos The Men in My Life (Los hombres de mi vida) y El fin de la novela de amor. Para ella la crítica también es autobiografía. "Hace muchos años cuando alguien sentía que tenía una historia para contar, escribía una novela", comenta Gornick. "Hoy cuando alguien siente que tiene una historia para contar, escribe un libro de memorias". Pero la traducción de la experiencia en escritura es menos simple de lo que parece.

Si los recuerdos no pasan una serie de pruebas, quedan girando en falso alrededor del yo. Gornick hace que parezca simple, es otro de sus aciertos. Logra que el lector sienta que lee a una "narradora confiable", y sepa "quién le está hablando". El desafío consiste en lograr que el libro se convierta en experiencia, que se transforme en un hecho real, en vez de certificar que está basado en hechos reales. En un ensayo dedicado al tema, Gornick remata la cuestión con una cita de VS Pritchett, especialista en la materia: "Lo importante es el arte, vivir no es ningún mérito".

 

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