El director de cine alemán Max Linz (Matías Baglietto)
El director de cine alemán Max Linz (Matías Baglietto)

*¿Por qué no puede estar bien aquí /  por qué no estamos felices?*

El estribillo de una de las pegadizas canciones que suena en Music and Apocalypse de Max Linz suena a himno poscapitalista. La cantan los estudiantes de una universidad desde sus bolsas de dormir en una biblioteca tomada, y la cantan los trabajadores que cocinan en la cantina del lugar, a coro y al ritmo de un paso coordinado. Podrían también cantarla los estudiantes secundarios que todos los viernes se reúnen para protestar contra el cambio climático en las principales capitales europeas, y  los jóvenes que diariamente montan en sus bicicletas desvencijadas cargando pedidos de delivery que se sacuden al ritmo de las notificaciones de modernas aplicaciones.

Todos frustrados, todos desencantados, todos golpeados por un sistema que tiene poco para ofrecerles. Así también parece sentirse Linz, un joven director de origen alemán que vive en Berlín, y que con 34 años ya estudió Cine, Literatura y Filosofía en la Freie Universität. Después de estrenar su último largometraje en febrero en la Berlinale, llegó a Buenos Aires para competir en la categoría  internacional del BAFICI. Su película parte de un cuestionamiento satírico al vaciado sistema universitario alemán, pero apenas como puntapié para una crítica mucho más extensa.

Music and Apocalypse transcurre entre los muros del  ficticio Instituto de Investigación en Cibernética y Simulaciones, en Berlín, una institución ahogada por la falta de presupuesto y dispuesta a hacer casi cualquier cosa por reunir los fondos necesarios para su funcionamiento. En los últimos veinte años, las universidades alemanas fueron víctimas de un proceso que  implementó estándares, criterios y principios que eran propios de la Economía en la evaluación científica y que, supone Linz, llevados al extremo amenazan con destruir el sistema científico.

Pero el cuestionamiento no se agota en el ámbito científico, sino que incluso la defensa del Medio Ambiente aparece cuestionada en la obra del director.

El movimiento Fridays for Future (JOE KLAMAR / AFP)
El movimiento Fridays for Future (JOE KLAMAR / AFP)

—Me interesa hablar de ese otro aspecto del cambio climático, porque la  concientización sobre el problema ambiental también ha sido mercantilizada. En Europa Occidental existe una moral muy extendida que tiene en el centro la idea del individuo. Y sobre este tema, la lógica que prima es 'veamos cuánto puede hacer cada uno, individualmente, contra el cambio climático, quién es el mejor defensor del Medio Ambiente'. Esto es parte de una ideología individualista imperante, que tiene como consecuencia que los Gobiernos y las grandes empresas multinacionales -que son las principales responsables del cambio climático, por ejemplo- quedan fuera del radar de las responsabilidades.

—¿Qué opina sobre el movimiento 'fridays for future' protagonizado por estudiantes secundarios en varios países de Europa, en defensa del Medio Ambiente?

Lo interesante es que, al contrario de esta moral que mencioné antes, los más jóvenes sí están orientando su movimiento hacia las responsabilidades de los gobiernos. Espero que sirva para que instituciones  y personas que son responsables y que pueden hacer la diferencia escuchen las demandas y actúen en consecuencia. Y aunque en la mayoría de los casos se trata de gente joven que aún no puede votar, es una generación que ya está interviniendo y haciendo política.

—Sobre el concepto de autoridad. ¿Lo suyo es un cuestionamiento generalizado o, puntualmente, refiere algún estereotipo académico?

Bueno, ambas cosas (risas). Digamos que en la academia existe todo tipo de personajes que son fácilmente ridiculizables, pero el planteo de la película que acabo de presentar va más allá de los personajes. Tiene que ver más bien con las cosas ridículas que están dispuestas a hacer ciertas instituciones para cumplir con estándares y lograr determinados objetivos para conseguir presupuesto. Eso afecta mucho la manera en la que se presenta, se maneja, se publica y cómo, en definitiva, se vende cada proyecto. El científico que se encierra, que vive dentro de la universidad, prácticamente aislado, ensimismado en sus proyectos, de pronto necesita ser coacheado, mejorar su imagen, publicitarse, venderse al mundo y hasta presentarse como un emprendedor para conseguir los fondos para seguir investigando; esa es la tensión que está en la película. El científico actual se convirtió en eso: un emprendedor que busca inversiones para su idea de negocio.

Max Linz, director de Music and Apocalypse (Matías Baglietto)
Max Linz, director de Music and Apocalypse (Matías Baglietto)

—Sin ser un musical, su película tiene varias escenas cantadas y bailadas por sus protagonistas. ¿Por qué buscó introducir la música de esa manera?

Busqué visibilizar la mercantilización de la educación pero de un modo, por decirlo de alguna manera, poético. Creo que hay un acto político cuando uno logra salir de la desesperación y el hastío cotidiano de forma alternativa o distinta a la esperada. La música, en ese contexto, para mi siempre implica cierto juego entre la reafirmación y la subversión.

—En su película hay un diálogo con América Latina, específicamente con el Chile de Salvador Allende. ¿Cuál es su interés en la región o cómo pensó la idea de tender ese puente?

—Yo quería contar una historia alternativa de la informática. En los orígenes de esa historia estaba presenta la idea de que la ampliación de la tecnificación traería cierta democratización de la vida social. En ese entonces la idea de libertad, democracia y buen gobierno, por ejemplo,  estaban detrás del surgimiento de Internet. De alguna forma creí que ese fenómeno era comparable con la política que se materializó durante un breve período de tiempo bajo el gobierno de Allende, en Chile. Por otro lado, también estaba la idea de que en la primera etapa del desarrollo de Internet se prometía el contacto y el diálogo con regiones en distintas partes del mundo, es decir, la hiperconectividad. En un momento hasta se llegó a pensar que Internet iba a borrar las fronteras o diferencias entre centro y periferia.

—Este año se cumplen 30 años de la caída del Muro de Berlín, que fue definido por algunos intelectuales como el fin de la historia, el triunfo del capitalismo y de la libertad individual, pero que, de cualquier manera, fue decisivo en la historia reciente de su país. ¿Cómo recibe Alemania ese aniversario?

—Creo que en Alemania está surgiendo una conciencia de que con la caída del Muro no sólo dejó de existir el socialismo, sino también lo que se conoció como el estado de bienestar. Implementado en el contexto de la posguerra, significó que muchos servicios estaban al margen de las necesidades del mercado, y de los que el Estado se hacía cargo, como la infraestructura, la salud, las jubilaciones y claramente la educación. En 1989 en Alemania Occidental todas estas cosas eran de dominio público, estaban defendidas por el estado, pero desde entonces ha habido muchos esfuerzos por avanzar sobre estos sectores, privatizar, mercantilizar, bajar los sueldos. En términos generales lo que ha venido es un intento por bajar ciertos estándares sociales que estuvieron durante muchos años garantizados. Inevitablemente, este fenómeno hizo que muchos nos preguntemos nuevamente sobre lo que sucedía antes y después del muro en Alemania. Y creo que sigue siendo una pregunta abierta.

Max Linz (Matías Baglietto)
Max Linz (Matías Baglietto)

—Por su paso por Buenos Aires participó de una charla organizada por el Instituto Goethe en la que se refirió al Manifiesto Oberhausen y a su importancia para el cine alemán. ¿Cómo lo influenció este movimiento?

—Cuando uno hace cine siempre está como encuadrado en alguna corriente o tradición. El Manifiesto de Oberhausen comenzó en Alemania el nuevo cine de autor, más conocido como Nuevo Cine Alemán, en el año 1962. Nació también gracias a que existieron instituciones que permitieron la libertad artística. Y por eso me siento comprometido con ese movimiento: por cierta idea de lo público, por su mirada crítica, progresista, y porque está interesado en que el cine sea una experiencia estética para el público. Todo eso comienza con Oberhausen. Es un movimiento contra el cine comercial, que solo piensa en el beneficio económico. No es que yo me sienta parte de esa corriente, que nació hace mucho en mi país, pero sí reivindico las libertades y las ideas que surgieron entonces, y que así como todos los principios del estado de bienestar, molestaron y fueron objeto de ataques y de intentos de desmantelamiento.

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