REUTERS/Mario Anzuoni
REUTERS/Mario Anzuoni

"La génesis de la Academia fue completamente repentina, sin planificación, no premeditada y bastante espontánea", contó Conrad Nagel una vez cuando tuvo que contar cómo surgieron los premios Oscar. Según Nagel, estaba cenando un día junto a Fred Niblo y Louis B. Mayer, y este último se empezó a quejar de los constantes ataques que recibía Hollywood y de que era una pena que no existiera una organización que representara a Hollywood para poder defenderse con un discurso unificado. Una semana después, estas tres personas se juntaban con otros representantes de la industria, y un año y medio después ya estaba creada la Academia. El año en que sucedió esto fue 1926. Nagel era un actor famoso, Niblo un director exitoso; y Louis B. Mayer el presidente de la MGM, padre del Star System americano, y quizás la persona más poderosa que tenía Hollywood por esos años. Los ataques a los que se refería este último venían por varios lados.

Douglas Fairbanks
Douglas Fairbanks

Por una parte estaban los sindicatos, que reclamaban mejores condiciones de salario y empleo. Por otra, Hollywood tenía quejas por parte de organizaciones familiares y miembros eclesiásticos de que la industria era una suerte de caldo de cultivo de inmoralidad y escándalos. A estos se le sumaba una parte importante de críticos y público en general, que no veían en la industria más que un símbolo de una máquina de producir trivialidades imposibles de ser tomadas seriamente.

La creación de la Academia fue, justamente, un intento de mostrar que había una institución detrás de todo; y la creación de un premio era un intento por celebrar lo que ellos consideraban eran sus mejores logros. Tanta intención por hacer algo serio no podía derivar en otra cosa que una ceremonia sobria. Conducida por el actor Douglas Fairbanks, los primeros premios fueron entregados en un hotel en una cena donde las 270 personas que asistieron sabían de antemano quiénes eran los ganadores. No hubo nominados, ni demasiadas categorías, ni alfombra roja, ni exhibicionismo, ni números musicales, ni demasiado glamour. De hecho, ni siquiera se hablaba de "Oscar" (un nombre que empezaría a popularizarse recién en 1934 cuando supuestamente, en una anécdota nunca comprobada, una secretaria diría que la estatuilla se parecía a su tío Oscar). Sin embargo, según lo que contó el propio Fairbanks, la primera ceremonia tuvo una influencia significativa y provocó entre otras cosas, que las propias productoras empezaran a esforzarse para obtener ese premio haciendo películas cada vez mejores.

El Oscar, como la celebración fastuosa que conocemos hoy, se fue dando de a poco, cuando año a año la Academia iba agregando distintas cosas. Nuevas categorías, nominados, la incorporación de conductores comediantes etc…
De a poco, la popularidad del premio fue tal que no sólo se empezó a celebrar en teatros, sino que empezaron a existir apuestas sobre los posibles ganadores por parte de los espectadores.

El 19 de marzo de 1959 ocurrió un hecho clave: su primera televisación, y con ello la conciencia plena de que la premiación podía transformarse en un espectáculo de interés masivo. A partir de allí, la alfombra roja, la exhibición del glamour, las caras de los perdedores (algunos más recatados que otros), los discursos empezaron a hacerse mucho más populares. Quizás uno de los primeros genuinamente significativos fue el de Sidney Poitier, quien en 1964 ganaría el primer premio a actor protagónico para un negro por la película Lilies in the Field.

Sidney Poitier y su Oscar (oscars.org)
Sidney Poitier y su Oscar (oscars.org)

Discurso dado hacia el final entre lágrimas, sabiendo obviamente que la importancia del premio iba a más allá del reconocimiento artístico y que tenía connotaciones políticas.

Melissa Leo reacciona luego de recibir el Oscar de manos de Kirk Douglas en 2017. AFP PHOTO / GABRIEL BOUYS
Melissa Leo reacciona luego de recibir el Oscar de manos de Kirk Douglas en 2017. AFP PHOTO / GABRIEL BOUYS

En otros casos, los discursos destacados lo hicieron por muchas veces por su excentricidad o cuestiones que se iban del protocolo. Como cuando a Melisa Leoh se le escapó un "fuck" -palabra que el cine de Hollywood dice mil veces pero que está prohibida en la premiación- cuando recibió el primero a mejor actriz de reparto en 2011, o la mujer aborigen que mandó Marlon Brando para recibir el premio en su nombre.

Así y todo, quizás lo que haga memorable una entrega del Oscar son sus errores repentinos, sean estos técnicos como de organización. El hombre que pasó desnudo atrás de David Niven en 1974, los pifies groseros en la afinación por parte de Gael García Bernal cuando cantó Recuérdame de la película Coco; y por supuesto la equivocación de la mención a la mejor película en la edición del 2017. Esas desprolijidades o equivocaciones tienen un efecto particular acá. Su ceremonia rígida, que impide la incorrección política y trata de anular por completo la espontaneidad, hace que estos errores sean especialmente destacables. Incluso relacionado un poco con esta idea del error, que el Oscar perdería interés si no tuviera un historial tan grosero de premiaciones dudosas que causaron y siguen causando indignación.
Gael Garcia Bernal, cantando “Recuérdame”, el tema de “Coco”. REUTERS/Lucas Jackson
Gael Garcia Bernal, cantando “Recuérdame”, el tema de “Coco”. REUTERS/Lucas Jackson

Olvidos, injusticias y signos de los tiempos

En la excelente sátira Una Guerra de película (Tropic Thunder-2008) dirigida por Ben Stiller, se ve una escena en la que el film imagina a cinco actores nominados al Oscar. De esos cinco, uno hace de atleta paralítico, otro de ciego, otro actor de clérigo gay, y otro está en la foto de las nominaciones haciendo un gesto teatral y sentencioso. La burla es bastante clara: la intención del Oscar por premiar "lo artístico" supone la idea de que las grandes actuaciones tienen que tener una intensidad determinada y mostrar un esfuerzo notable. Sólo así se entiende que Cary Grant, uno de los mejores actores de la historia pero también uno destacado por su elegancia y sobriedad, nunca haya recibido un premio. Y sólo así se entiende también que cada vez que La Academia ponga un clip con un actor nominado, lo haga casi siempre en el momento en que este grita, o llora, o hace algo supuestamente melodramático.

Cary Grant
Cary Grant

Esto de alguna manera también se ha trasladado al tipo de cine que suele premiar el Oscar, uno en donde los grandes temas y el tono altisonante suele estar a la orden del día. Desde esa lógica la Academia le dio el premio mayor a films memorables (el díptico El Padrino, Lo que el viento se llevó, Los Imperdonables), pero también a una buena cantidad de películas olvidables, que sólo pueden ser recordadas por estar en la nómina mayor de la estatuilla. Prueben sino a ver hoy películas sentenciosas como La vida de Emile Zola, Conduciendo a Miss Daisy o Gentleman's Agreement (La barrera invisible). Todos films a los que el tiempo ha transformado en piezas museo rancias, sin muchas ideas visuales pero repletos de buenas intenciones y vocación de profundidad. Así y todo, quizás la paradoja más llamativa que ha dado este tipo de premiación es que el propio Hollywood termina ignorando sus grandes films de entretenimiento, considerados en su momento menores, por premiar esta clase de largometrajes.

Una imagen de “Lo que el viento se llevó”
Una imagen de “Lo que el viento se llevó”

Históricamente hablando hay dos ejemplos claros de esta paradoja: que nunca le hayan dado el Oscar al mejor director a un realizador imprescindible (y considerado "liviano" en su época) como Alfred Hitchcock, y que entre 1930 y 1960, época en la cual el western era popular e hizo una cantidad innumerable de obras maestras; la Academia sólo le haya la dado la estatuilla mayor a un solo film de ese género (Cimarrón, de 1931, que encima envejeció particularmente mal). El resultado entonces es esquizoide. Hollywood es una gran industria del cine que entendió el valor de actores sobrios y de gran presencia, y que también se asocia con el entretenimiento. Curiosamente, cuando tiene que premiarse a sí mismo, premia actuaciones desbordadas y películas con temáticas importantes.

Hitchcock nunca fue premiado como mejor director (oscars.org)
Hitchcock nunca fue premiado como mejor director (oscars.org)

Aún así, no puede uno dejar de tener la sensación de que muchas de estas objeciones son desmesuradas o injustas. Que varias de las películas que premió el Oscar no hayan tenido la trascendencia o importancia que tuvieron algunos films nominados o que la Academia ignoró olímpicamente, es algo que puede tener que ver con muchos factores. Que la calidad total de un film no puede apreciarse tan fácilmente sino pasado un tiempo (por decir un ejemplo canónico: Vértigo de Hitchcock, uno de los films más analizados y reverenciados de todos los tiempos, se empezó a valorar en su justa medida décadas después), o que hay películas que impactan porque encajan bien con el zeitgeist de la época y que luego envejecen mal. En todo caso, el mayor problema que ha tenido el Oscar en su historia, lo que la ha quitado legitimidad, ha sido el lobby.

Un año especial: 1999

1999 fue quizás el año más llamativo y escandaloso de la historia de los Oscar. Llamativo por algunas cuestiones menores (como el festejo de Roberto Benigni cuando ganó La Vida es Bella, que algunos calificaron de adorable o de vergonzante), otras más incómodas (como el premio a la trayectoria a Elia Kazan, conocido delator de compañeros en la época de la persecución macartista), y otra extraña, como fue el premio a la mejor película a Shakespeare Apasionado. En ese año el film competía en su rubro con La delgada línea roja y Rescatando al soldado Ryan. La primera era el primer film de Terence Malick (suerte de leyenda viva del cine americano) después de 25 años, largometraje imponente, que no tenía demasiadas chances de ganar en su momento pero que venía con una respetabilidad gigantesca (el tiempo, además, la convertiría en una suerte de cánon moderno). La segunda era una película de Steven Spielberg que había causado asombro por haber filmado la guerra con un nivel de brutalidad y virtuosismo asombroso. Así y todo, la que se llevó la estatuilla ese año a la mejor película fue un film menor, dirigido por un realizador que a diferencia de los otros dos, ni tuvo ni iba a tener importancia alguna.

Como se había dicho antes, no era la primera vez que la Academia premiaba algo que no parecía demasiado adecuado, pero sí era la primera vez donde se notaba tanto, y de manera tan grosera, que una película había ganado el Oscar a la mejor película por lobby. Y en este caso, el gran responsable del lobby fue uno de los presidentes de Miramax llamado Harvey Weinstein.

Weinstein se había obsesionado con los Oscar desde fines de la década del 80, al punto tal que parecía que estaba produciendo películas solamente para llegar a ganarlos. Por ejemplo, desde mediados de los 90 Weinstein se encargaba de averiguar dónde estaban vacacionando cientos de miembros del jurado para enviarles copias de las películas para que sean tomadas en consideración. Era además capaz de llevar copias a miembros que se encontraban en un estado de salud paupérrimo al punto tal de necesitar asistencia médica constante. Más aún, Weinstein no sólo entregaba las películas sino que en algunos casos un asistente suyo llamaba personalmente para asegurarse de que el film hubiera sido visto. A esto le sumaba la organización de galas, eventos, y fiestas que recordaban la existencia del film que producía cada vez que era posible para que estuviera en la boca de la prensa.

Harvey Weinstein con Gwyneth Paltrow, la protagonista de “Shakespeare enamorado”
Harvey Weinstein con Gwyneth Paltrow, la protagonista de “Shakespeare enamorado”

El resultado fue que las dos compañías que presidió (Miramax y The Weinstein Company) sumaron la impresionante cantidad de 80 Oscars y que Weinstein se transformó en la persona que más agradecimientos recibió en los discursos de estos premios junto con Dios.

Todo esto sonaría más o menos inofensivo y hasta profesionalmente loable sino fuese por un problema obvio: este tipo de lobby feroz vuelve muy difícil tomarse en serio premios tan marcados por una publicidad agresiva. Claro que la cuestión Weinstein no termina allí y sumó otro problema mayor (mucho mayor en realidad) y es que la capacidad de lobby para los Oscar fue lo que permitió a Harvey Weinstein construir un poder personal que le permitió llevar adelante con total impunidad y durante muchos años una serie de hechos delictivos espantosos revelados recién en octubre del 2017.

El escándalo de Weinstein no fue solamente terrible en términos penales y personales, sino que también mostró un mecanismo de complicidades aberrantes por parte de la industria. De pronto, la figura de la estatuilla no tiene ya las connotaciones meramente frívolas o de polémica muchas veces intrascendente que tenía antes, sino elementos más oscuros.

Como una suerte de retorno a sus principios fundacionales, este año el Oscar pareciera usar la ceremonia para legitimarse de los ataques mediante el uso de una corrección política feroz a la hora de nominar. Cualquiera que vea algunas de las ocho nominadas podrá notarlo. Un film como Roma de Cuarón parece ser ideal para el Oscar para aludir a la xenofobia de Trump para con los mexicanos; Vice de McCay es un manifiesto en contra de las políticas exteriores americanas; y El Infiltrado de KKKclan se plantea como una protesta contra el racismo americano con un final donde pasa factura -nuevamente- a Donald Trump. Son todos ejemplos que parecieran mostrar a una Academia preocupadísima por mostrar niveles de corrección política gigantescos. Dicho interés llega al paroxismo con la nominación a la Mejor Película de Pantera Negra, film de superhéroes (género que la Academia siempre ignoró olímpicamente), que parece estar sólo allí por su contenido abiertamente racial; y en la decisión de sacar a su host Kevin Hart por la utilización de una palabra homofóbica que hizo en la red de Twitter años atrás.

En algún punto es interesante pensarlo: como en sus orígenes, los Oscar vuelven a tener la función de legitimar una industria, pero los tiempos cambiaron. Si en la década del 20 los ataques a Hollywood provenían del esnobismo o el puritanismo religioso, ahora provienen de cualquier persona que tenga un brújula moral más o menos aceitada.

¿Qué validez pueden tener entonces estos premios? Difícil saberlo, comprobado el lobby feroz que marcan los premios principales, teñido como estuvo (y quizás sigue estando) de complicidades delictivas, la estatuilla hoy no parece estar hecha para emocionar a nadie. Y sin embargo, es posible que estos hechos no alteren en nada la reacción de actores, actrices, directores, productores y técnicos cuando reciban el premio.

Curiosamente, tampoco alterará en nada el interés de muchos de los millones que seguimos esta premiación con esa rara mezcla de desdén y atención. Quizás, en el fondo, haya una genialidad involuntaria en los Oscar que le permite sostener esta popularidad por tantas décadas, quizás, estemos ante una obra maestra del marketing, que nos hace creer que tiene algo que ver con premiar al mejor cine, sólo porque se hable de premios a las mejores películas.

 

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