Por Anne Boyd Rioux*

Leí Mujercitas, Louisa May Alcott, por primera vez cuando tenía poco más de veinte años, cuando cursaba Realismo Literario estadounidense en la universidad. Me había perdido la experiencia de leerlo de niña, como lectura formativa. Lo curioso es que me impactó de igual manera a pesar de mis veinte años, a pesar de que todavía no sabía bien qué hacer con mi vida ni si sería capaz de desarrollar mi carrera profesional y tener una familia al mismo tiempo. El personaje de Jo fue particularmente inspirador para mí, no solo porque ella quería ser escritora sino también porque se las arregló para llegar a la adultez sin abandonar del todo su deseo. Yo seguí pensando en ella durante varios años; tanto que, diez años después, elegí su nombre como segundo nombre para mi hija: Josephine.

Mientras escribía este libro, me crucé con muchas mujeres que querían contarme cómo había sido su vínculo con Mujercitas. Me mostraron ediciones del siglo diecinueve que habían estado en sus familias por varias generaciones, o me contaron sobre el ejemplar que su abuela les había regalado y que ellas, a su vez, les habían regalado a sus hijas.

May Alcott, frontispicio de la primera edición de Mujercitas, 1868
May Alcott, frontispicio de la primera edición de Mujercitas, 1868

Me recitaron pasajes enteros de memoria. Me narraron las escenas favoritas de la película. Hasta me dijeron "Quería ser Jo", o incluso "Yo soy Jo". Esas historias aparecen en La amiga estupenda (2011), la aclamada novela de Elena Ferrante sobre la infancia de dos niñas que crecen en Nápoles durante la década del cincuenta. Lila y Lenú se juntan todos los días durante meses en el patio a leer Mujercitas, "tantas veces que el libro se empezó a hacer jirones y a ensuciar con el roce de las manos; perdió el lomo, se descosió, y hasta se le salieron hojas. Sin embargo, era nuestro libro", explica Lenú, "lo queríamos con todo el corazón".

Hay algo en Mujercitas que lo ha convertido en un libro paradigmático sobre el crecimiento, especialmente entre la población femenina. Si bien la novela se desarrolla en Massachusetts durante los años que siguieron a la Guerra Civil, Mujercitas ha transcendido el tiempo y el espacio y ha sido traducida a más de cincuenta idiomas. Escritores de Inglaterra, Chile, Paquistán y Corea han inventado sus propias hermanas March y han reescrito la historia en nuevos contextos.

May Alcott, escena del interior de la primera edición de Mujercitas, 1868.
May Alcott, escena del interior de la primera edición de Mujercitas, 1868.

Mujercitas también ha sido adaptada para televisión desde México hasta Turquía e incluso en Japón. En su forma original, la novela se ha ganado la devoción de lectores de todas las edades. Cientos de personas confiesan haberla leído una y otra vez y, muchos, haberla leído otra vez de adultos, a veces una vez por año, como una especie de ritual que los centra y los devuelve a sus recuerdos y sueños de infancia. ¿Qué es lo que interpela a lectores y públicos de todas las edades, desde hace más de ciento cincuenta años? ¿Qué es lo que convierte a Mujercitas en el libro más querido de la infancia femenina?

Tal vez sea la manera en la que describe el hogar. Las imágenes de las March reunidas junto a la chimenea, o de las hermanas haciendo obras de teatro para sus vecinos, nos hacen desear un hogar tranquilo, a la cálida luz de las velas, donde un pastel espera en el horno para la cena. Los lazos familiares que unen a las March, que son lo suficientemente fuertes como para sobrellevar la guerra, el matrimonio, los largos viajes a través del océano e incluso la muerte, nos traen la nostalgia de un tiempo anterior a que las familias fragmentadas fueran la norma. Y las escenas en que las hermanas se rizan el cabello unas a otras para ir a un baile, o se pelean por quién va al teatro con el muchacho apuesto de la casa de al lado, nos recuerdan a nuestras propias hermanas o nos hacen desear haberlas tenido.

Hammat Billings, Jo en el vórtice, ilustración, 1869
Hammat Billings, Jo en el vórtice, ilustración, 1869

Sin embargo, más que recuerdos tiernos, Mujercitas trae fuertes sentimientos de identificación, especialmente entre las lectoras. Las hermanas March tienen una personalidad muy marcada; son personajes realistas con quienes las lectoras se sienten altamente identificadas. Ninguna está idealizada. Meg es la hermana mayor responsable, que se esfuerza por enorgullecer a Marmee, la mamá, pero al mismo tiempo detesta la pobreza en la que viven. Jo, la hermana que se comporta como un varón, tiene ambiciones literarias y un amor incondicional por su familia, pero debe aprender a convivir con su rebeldía. Beth adora la música, juega a la mamá con muñecas rotas y es terriblemente tímida. Amy, la más chiquita, tiene la ambición de convertirse en una dama de la alta sociedad y en una gran artista pero, al mismo tiempo, es tremendamente vanidosa.

Jo, en especial, ha despertado los sueños de cientos de muchachas que anhelaban ser independientes algún día y hacer algo que marcara la diferencia. Algunas lectoras como Christine King Farris, Hillary Rodham Clinton, Carla Hayden, Simone de Beauvoir, Patti Smith, la emperatriz de Japón Michiko Shōda, Gloria Vanderbilt, Connie Chung, Gloria Steinem, J. K. Rowling, Cynthia Ozick y Caitlin Moran han sido inspiradas por Jo March. Jo era la muchacha que todas teníamos dentro, que se rebelaba contra las convenciones y, envuelta en su capa de la gloria, explotaba su talento en el ático, al tiempo que deseaba profundamente amar y ser amada por su familia.

Afiche publicitario de la película Mujercitas de 1933, dirigida por George Cukor. (Alamy Stock Photo)
Afiche publicitario de la película Mujercitas de 1933, dirigida por George Cukor. (Alamy Stock Photo)

En mi investigación sobre cómo Alcott escribió Mujercitas, cómo fue recibida la novela por las diversas generaciones de lectores y por la crítica a lo largo del tiempo, y qué decisiones se tomaron en las diversas adaptaciones, me encontré con que esta novela no es lo que parece a simple vista. Lo que aparenta ser una historia sobre un tiempo mejor en realidad es el producto de una vida difícil y, en ocasiones, extremadamente dura. Lo que parece una historia dulce y trivial sobre cuatro jovencitas en realidad trata sobre las dificultades que tenían las mujeres (y todavía tienen) por el hecho de crecer en una cultura que premiaba su aspecto por sobre su esencia. Y lo que sería una representación idealizada de la solidez de un hogar y una familia, en realidad también encarna el riesgo constante de que esa familia sea desmembrada.

Una vez que traspasamos la fascinación inicial del recuerdo del clásico de Alcott que nos retrotrae a la infancia, vemos que de esta novela surgen preguntas que aún hoy nos planteamos. ¿Qué significa que esta adorada historia de chicas se centre en una muchacha que en realidad no quiere serlo? ¿Cómo podemos aspirar a la independencia pero, al mismo tiempo, encontrar el amor y el apoyo en el hogar? Y también, ¿es realmente Mujercitas una historia solo para chicas, o es una historia sobre las cosas que todos acordamos ceder a medida que vamos creciendo? ¿Por qué tantos lectores hombres, desde Theodore Roosevelt hasta John Green, se han enamorado también de Mujercitas, pero tenían que esconderse para leerla o inventar excusas para justificarlo? ¿Y qué implica el hecho de que a la mayoría de los varones se les dice que ese libro no es para ellos, que es lo mismo que se les dice sobre casi todos los libros que tienen mujeres como protagonistas?

Fotograma publicitario de la película Mujercitas de 1949 con Elizabeth Taylor. Pictorial Press Ltd/(Alamy Stock Photo)
Fotograma publicitario de la película Mujercitas de 1949 con Elizabeth Taylor. Pictorial Press Ltd/(Alamy Stock Photo)

Leer Mujercitas, hablar sobre el libro, actuarlo con amigos, mirar películas basadas en la historia, reescribirlo e inspirarse en él son todos actos de afecto hacia la lectura. El clásico de Alcott se ha ido transmitiendo de generación en generación y ha contribuido a la manera en que pensamos sobre qué significa crecer, qué significa ser mujer, y qué significa vivir una vida plena. Mujercitas se publicó hace ciento cincuenta años, y yo me pregunto, ¿seguirá teniendo la misma recepción dentro de otros ciento cincuenta años?

A pesar de que los lectores jóvenes viven en un mundo muy diferente, siguen preguntándose cómo vincularse con su familia y sus amigos, aún ponen a prueba constantemente su independencia. Las chicas de hoy se siguen sintiendo identificadas con Meg, Jo, Beth y Amy, y cada una de ellas encuentra un camino diferente para crecer. Volver a Mujercitas nos recuerda quién somos y nos invita a preguntarnos quién queremos ser, lo cual confirma que el clásico de Alcott sigue teniendo la misma vigencia de siempre.

Afiche publicitario de la película Mujercitas de 1994, dirigida por Gillian Armstrong. MoviestoreCollection Ltd/(Alamy Stock Photo)
Afiche publicitario de la película Mujercitas de 1994, dirigida por Gillian Armstrong. MoviestoreCollection Ltd/(Alamy Stock Photo)

*Anne Boyd Rioux es profesora en la Universidad de Nueva Orleans. Como autora ha publicado Constance Fenimore Woolson: Portrait of a Lady Novelist y fue editora del volumen de sus relatos Miss Grief and Other Stories. Ha recibido dos premios National Endowment for the Humanities. Vive en Nueva Orleans.

Título: El legado de Mujercitas: construcción de un clásico en disputa
Autora: Anne Boyd Rioux
Traductora: Lucila Cordone
Colección: Scripta Manent
PVP: AR$ 450
Fecha: Septiembre 2018
366 páginas

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