La “banda” en la redacción del suplemento dominical “New York”, del “Herald Tribune”, una noche del otoño de 1962 que cambiaría para siempre el periodismo gráfico global. De izquierda a derecha: George Hirsch, Tom Wolfe, Gloria Steinem, Clay Felker (director), Peter Maas, Jimmy Breslin y Milton Glaser.
La “banda” en la redacción del suplemento dominical “New York”, del “Herald Tribune”, una noche del otoño de 1962 que cambiaría para siempre el periodismo gráfico global. De izquierda a derecha: George Hirsch, Tom Wolfe, Gloria Steinem, Clay Felker (director), Peter Maas, Jimmy Breslin y Milton Glaser.

"La primera norma fue desechar viejas normas. Los líderes del Movimiento se percataron de que el periodismo podía ir más allá. Comenzaron a pensar como novelistas (…). No hubo otra revolución tan contundente, inherente al estilo, de los 70 para acá. Por eso, la banda sigue patentando el Nuevo Periodismo aun frente a las actuales transgresiones de soporte y método".
(Marc Weingarten, en La banda que escribía torcido, Libros del K.O.)

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Era un otoño épico, y el periodismo en papel vivía su apogeo: era el centro de la vida de todos. Wolfe entra a la redacción del suplemento "New York", del Herald Tribune, sacudiendo un ejemplar de la revista Esquire. Grita:

-¿Qué es esto, en nombre de Cristo?

"Esto" era un retrato íntimo del deportista Joe Louis. Wolfe piensa: Este artículo se podría transformar en un cuento con muy poco trabajo. Esa noche del '62 faltan once años para que Wolfe le estampe su firma al prólogo-manifiesto de la antología El Nuevo Periodismo (que, en 1973, determinó lo nuevo, en periodismo, y lo convirtió en un valor intemporal). Esa noche, los seis se arrojaron sobre la historia de Esquire, sin entender todavía cómo el autor –Gay Talese– había accedido a "la pequeña digresión personal entre un hombre y su cuarta esposa en un aeropuerto".

-Dios mío –sospechó Gloria Steinem-, tal vez haya inventado escenas enteras, y es un mentiroso sin escrúpulos.

El resto no levanta la mirada de la Esquire. Pero Jimmy Breslin se aparta. Se siente subestimado. Si él lo viene haciendo en el propio periódico en el que ellos trabajan, el Herald, que contiene a "New York" como suplemento dominical. ¿No valen una mierda, entonces, su centenar de artículos para True, Life y la Sports Illustrated, en los que se luce en el uso del diálogo, la escenificación, la rotación del punto de vista entre el montón de personajes de sus crónicas? Lo que pasa es que Talese es un Periodista del The New York Times; no un vulgar participante de las revistas populares, que eran la garantía de permanecer anónimo.

Breslin no dejaba de ser un reportero para su jefe –Jack Whitney, director del Herald, que lo contrató para escribir una "columna local brillante"- ni para su propia banda, desvergonzadamente fascinada por las estrellitas de la Esquire y el Times. ¡Qué invisible resultaba –todavía- ese irlandés cuyo mérito residía en escribir todo lo bien que podía antes de la hora del cierre!

“La hoguera de las vanidades” le dio fama internacional a Tom Wolfe
“La hoguera de las vanidades” le dio fama internacional a Tom Wolfe

Esta noche, nadie le presta atención. Están emocionados porque se prefigura lo que no volverá a repetirse: perciben –y autoperciben- el nacimiento de un estilo que se haría movimiento. Ya se siente en el aire de las antiguas redacciones "el estilo de los años 60", eminentemente exclamativo, aliterado por interjecciones, sobresaturado de puntos suspensivos y de paréntesis, la pura subjetividad hecha discurso escrito. Es el momento en que la palabra mediática masiva se erige revolucionaria. Ninguno como Wolfe captaría el signo de la corrosión que está presente en el estilo.

Con el tiempo, su obra no ficcional desarmaría los grandes mitos de "lo estadounidense" que le fue contemporáneo: el héroe aventurero, el hippie erotizado, el psicodélico en el camino, el comprometido de izquierdas de Park Avenue, el conquistador espacial, el Pantera Negra… Exclamar y no ser lineal fue un modo de cuestionar el statu quo de su tiempo. Enumerar caóticamente lo que el ojo ve –sin jerarquizar- fue un eslabón superior de este estilo personalista expandido: era resignificar las convenciones pequeñoburguesas y la hipocresía de los cócteles y la vida ligera urbana a través de una panorámica fulminante y muchos planos al detalle.

¡Ah, la manera de nombrar! Flaco, Boca de Riego, Borracho simpático, Gran almuerzo: es el bautismo de quien mira y desdeña, tan simpático como cáustico, leal al mito del Dandy que en él encarnó en un traje blanco y una sonrisa full time. ¡Pow! ¡Flash! De pronto, el ritmo del relato se crispa y –esa noche del 62- se calientan a fuego intenso. Esa noche invadieron en manada el despacho de Clay Felker con el artículo de Talese, y alguien –dicen que el propio Wolfe- dijo la frase que se convertiría en lema: "Volemos por los aires el edificio del The New Yorker". Wolfe expresaba su deseo de conjugar estilo y tema.

-Hagamos un retrato de William Shawn– dijo.

Justo Shawn, el inexpugnable director de The New Yorker, "el mudo", "el misterioso". Wolfe debería infiltrarse (en los pre albores del Periodismo de rol, que hoy multiplica los cronistas-conejillos); debería ingresar al medio enemigo que sintetizaba todo "lo que no". Lo concretaría en "Pequeñas momias", y algo ya no sería igual en un panorama de prensa que –antes de Wolfe- escindía lo elitista de lo popular: Wolfe y secuaces plasmaron el sueño de una masa lectora sofisticada y culta; un punto de encuentro entre lo aspiracional y lo vulgar.

El resto fue el propio aspaviento: nunca le sobraron remilgos para el autoelogio. Diría sobre "su" movimiento (disputándoselo a Truman Capote, al propio Talese que les inoculó el veneno) que mama de Balzac y de Dickens; de Gogol y de Tolstoi. ¿Por qué no de Dostoievski? ¿Y de Joyce? Estimulado por Felker a más "Bruuummm" y más "¡Rahjhh!" y más "Thphhh", en relatos jocosos llenos de escenas y diálogos, se le dio por teorizar sobre su práctica. Cada pieza incluía un manual de instrucciones. Después de "El embellecido cochecito aerodinámico fluorescente" dijo: "Así lo hice: fragmentos de notas breves, ráfagas de sociología, apóstrofes, epítetos, lamentos, cháchara, todo lo que me venía a la cabeza cosido de forma tosca y torpe".

Tom Wolfe
Tom Wolfe

Adiós a los prolijos partes noticiosos, a la lengua literaria, a la opinión sesuda, y bienvenidos los amplios mares del texto en el esplendor de la revista y el diario de papel. Ante cada paso dado, la voluntad de ampliar los bordes de la conciencia y lo dicho y de incorporar en la prensa los monólogos de la mente –asociativa y rítmica-, lo intelectual conviviendo con lo emotivo, y la No ficción en su punto máximo de cercanía con el teatro y el cine, pero en clave realista, lejos del performativismo actual.

Wolfe trabaja dos días por semana para el Herald, como reportero de Asuntos generales, y otros tres para un artículo semanal de 1500 palabras que sale en el suplemento "New York". Solo pasarían unos meses hasta que la Esquire le pida su primer artículo. Publicar en la revista le da más permisos y más ímpetu dentro del diario. Un día da un paso más allá:
"-Hai-ai-ai-ai-ai-ai-ai-ai-ai-ai (…)", fue el inicio de un artículo sobre las mujeres presas del Greenwich Village. El lunes posterior, Felker lo convoca a su despacho. Gesto compungido, se viene el reto. Primero rió Wolfe. Luego su mentor. Se abrazaron largamente. El suplemento "New York" ya era el tema en Manhattan, mucho más que The New Yorker.

Inicios del '64. Entonces, volvía a empezar de nuevo, y así sucesivamente. En los pasillos del diario, le dedican: "El narrador insolente". Una estudiante de periodismo lo entrevista:
-A veces me meto yo en el artículo y juego conmigo mismo. Puedo convertirme en el hombre del Borsolino marrón- la provoca. Ella anota con actitud frenética.

Su mirada descarnada era una de las características de su obra
Su mirada descarnada era una de las características de su obra

Desde ahí hasta el lunes 14 de mayo de 2018 fue un nodo –con protagonismo continuo- en el mapa de la literatura y el entretenimiento pop norteamericano (todo en uno). Fue porque, hasta Wolfe, la voz del narrador era uno de los grandes problemas en la literatura de No ficción. Wolfe entendía que –hasta su Nuevo Periodismo- la mayoría de los narradores de lo real usaban una voz británica de hacía un siglo. "Los lectores se aburrían hasta las lágrimas", dijo. "El tono beige pálido" se asoció –por contraste, después de Wolfe- a un periodista elíptico, inclinado al zumbido y el ronroneo. El signo de exclamación –después de Wolfe- devino en símbolo. ¡Ante todo: exclamaciones, puntos y guiones –en ritmo discontinuo- para representar un habla y un cuerpo que vibran en los textos, historias y maneras de contarlas que se mantienen vivas aun después de la muerte del autor!

 

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