
El futuro no mira para atrás, pero nosotros, desde acá, del presente, ¿podemos mirar al futuro?
Hay un problema clave, dice Stanislaw Lem. Lo dijo siempre: hay un problema clave. ¿Cómo podemos imaginarnos el futuro si vivimos empantanados en este presente que no es otra cosa que una acumulación caprichosa, resumida y desgastada del pasado? ¿Acaso alguien del siglo XIX pudo predecir internet? En aquel entonces, seducidos por la Revolución Industrial, imaginaban un mundo autómata; a nadie se le ocurrió una nube digital. Toda época que pensé la próxima, falló.
Pero, ¿por qué? "El ser humano casi nunca sabe qué es lo que realmente hace", escribió Lem en 1961. Esa sentencia está en el libro Summa technologiae que acaba de editar Ediciones Godot por primera vez en castellano, con traducción del polaco a cargo de Bárbara Gill. Quizás allí esté la clave, en su impredecibilidad, por eso no podemos acertar cómo será el futuro.
Según este filósofo polaco fallecido el 27 de marzo de 2008, hace 12 años, "somos proclives a alargar las perspectivas de las nuevas tecnologías mediante líneas rectas hacia el futuro", pero —asegura— a la historia hay que pensarla con los "zigzagueos de una evolución no lineal".

Stanislaw Lem nunca dejó de pensar en el futuro. Ya desde que trabajaba con las máquinas en su Leópolis natal —antes de que sea una ciudad ucraniana—, fue soldador y mecánico. Con la máscara puesta, entre los hierros y los chispazos, entendió que la tecnología es siempre una herramienta manipulable: por eso realizó acciones de sabotaje para que su familia se salvara de las cámaras de gas de Belzec —era miembro de la Resistencia Polaca— y pueda escapar del nazismo.
Estudió medicina porque creía que saber sobre el funcionamiento del cuerpo humano era fundamental para pensar el futuro. También se dedicó más adelante a las matemáticas, la cibernética y la filosofía. Su fascinación estaba en el universo, en el cosmos; sobre el final de su vida fue miembro fundador de la Sociedad Polaca de Astronáutica. Pero si hay que destacar algo entre todas las disciplinas por las que navegó es cómo supo relacionar ciencia ficción y filosofía.
Su primer libro, El hombre de Marte, fue publicado en 1946 cuando tenía 25 años: alienígenas, desempleo y laboratorios fríos. Y a partir de ahí no paró más. Escribió mucho, muchísimo, y se transformó en un héroe del género. Quizás la obra más conocida sea Solaris, que describe un lejano y exótico planeta recubierto por un océano protoplasmático. Tuvo tres adaptaciones al cine: por los soviéticos Nikolái Nirenburg en 1968 y Andréi Tarkovski en 1972, y por el estadounidense Steven Soderbergh en el 2002 con George Clooney como el doctor Chris Kelvin.

Lo que prima en sus historias es la falta. En sus mundos literarios, ante el desarrollo de la tecnología y el descubrimiento de lugares inhóspitos del universo, predomina la falta de comunicación, que no es otra cosa que la incapacidad de asimilar la otredad. No estamos solos, para decir Lem, y no queda otra que asumir la complejidad de nuestra finitud.
¿El futuro será no estar en él?

Mientras crece la producción de vehículos autónomos, uno de estos autos atropella a una mujer en la ruta y la mata. Mientras las redes sociales siguen prometiendo una democracia casi utópica, Facebook filtra datos de sus usuarios para campañas políticas y comerciales. El avance de la tecnología, o al menos eso que se nos dibuja en la mente cuando pensamos en el avance de la tecnología, es una serpiente que se come la cola. No logra ser redentora.
Ya sabemos que existen planetas fuera de la Vía Láctea, que del otro lado de los agujeros negros (o dentro de ellos) hay algo y que la clonación humana es inminente. Lo sabemos y a partir de allí imaginamos el futuro de la humanidad. Esto es: cómo imaginamos el porvenir más allá de cómo se nos presenta hoy. Porque, si es como decía el también filósofo polaco Ernst Cassire, que "el ser humano es un animal simbólico", entonces hay que tener en cuenta, además de la dimensión fáctica y concreta de la tecnología, también la simbólica.
La idea de robot, por ejemplo, y de la futura colonización del mundo. "Es un muñeco mecánico —escribe Lem—, una máquina más o menos antropomorfa dotada de inteligencia humana. Por lo tanto, es una caricatura primitiva de hombre, y no su sucesor". En algún punto es gracioso. La ironía de Lem da lugar a la risa. Su filosofía es satírica pero no por eso menos sagaz. "Cada quien —continúa— puede divertirse solo dejando en un cajón durante unos años aquello que hoy se describe como cuadro fiel del mañana".

Quizás la ciencia ficción sea el gran prisma para ver el futuro. Black Mirror es un gran ejemplo sobre cómo decodificar este abrumador momento que atraviesa la humanidad. Crece imperiosa la necesidad de romper el muro de los discursos oficiales que, ya desde el siglo pasado, venera acríticamente la tecnología como una nueva religión.

"La tecnología que facilita la vida se convierte en la herramienta de su empobrecimiento, puesto que por los medios masivos de información pasa de ser una obediente multiplicadora de bienes espirituales a una productora de baratijas culturales", dice en Summa technologiae, entonces abre el juego:
¿A qué intereses beneficia la idea de que allá adelante, en el futuro, nos espera un paraíso tecnológico? ¿No es un pensamiento excesivamente optimista teniendo en cuenta que, desde hace tiempo, al problema de la brecha digital se le sumó el de la manipulación mediática?
"El hombre no puede cambiar el mundo sin cambiarse a sí mismo", escribe más adelante, y tal vez ahí esté otra gran clave: a medida que transformamos la tecnología, la tecnología nos transforma. Ese avance es incierto.
Una vez que sucede, ya está. Luego —lo sabemos— el futuro no mira para atrás.
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