Por Julián Gorodischer (texto) + Augusto Mora (ilustración)

En el siglo XXI, la Biblioteca de México decidió dedicar parte de su espacio a albergar bibliotecas personales de los principales padres intelectuales del país como José Luis Martínez, Antonio Castro Leal, Jaime García Terrés, Alí Chumacero y Carlos Monsiváis.
Es un original mecanismo de gestión cultural que logra, al mismo tiempo, difundir grandes piezas clásicas de la literatura de todos los tiempos y producir un viaje fascinante a la intimidad y el orden libresco de un gran autor. La Biblioteca de México abre al público la visita a las estanterías de Carlos Monsiváis, tal como habitaban su mundo privado.

Estos 24 mil volúmenes agrupados tal como se mantenían en el ámbito privado del autor, figuran entre los textos de consulta más requeridos por los lectores que vienen a la Biblioteca de México. Aquí está todo: "Monsi, escritor nacional pero también el más defeño e internacional de todos los escritores mexicanos –lo definió su amiga, la escritora mexicana Margo Glantz-; Monsiváis y su afición por la crítica literaria en general; Monsiváis y su preocupación por la literatura y la historia mexicana del siglo XIX; testigo de la historia contemporánea; Monsi, el melómano; Monsiváis el cinéfilo; Monsi, aficionado a las novelas policíacas y autor de un texto precoz sobre ellas cuando sólo tenía 18 años". Monsi es el gran cronista mexicano; ya lo dijo Octavio Paz:

Leer es una forma de ejercer el estilo. Entre las filas y filas, hay cuento, teatro, novela y poesía. Hay, también, cine, fotografía y ciencias sociales. Su hemeroteca contiene suplementos y revistas como La Familia Burrón, Sur, Pepín, Tiempo y Heavy Metal. Su amplia colección de ensayos y crónicas sobre diversidad sexual ancla, sobre todo, en los años 80, cuando sus esfuerzos se centraron en la defensa de los enfermos de VIH.
Su militancia en la causa lo llevó a fundar Letra S, uno de los pocos suplementos a nivel mundial que abordaba esta enfermedad, y a romper relaciones con el periódico La Jornada, por una nota que el diario publicó en sus páginas anunciando la disminución de enfermos de Sida en la Cuba de Fidel Castro, gracias a la internación obligatoria de infectados.
Monsi fue un activista por los derechos de los homosexuales que prefirió no salir públicamente del clóset. No quería ser estigmatizado. También evitaba así los motes, burlas y cotilleos que habían tenido que soportar otros intelectuales, como el poeta Salvador Novo (1904 – 1974), por hacer pública su orientación sexual.



Castrejón advierte: "No le gustaba la sociedad de consumo". Generaba su sociedad de mini consumo, rescatando artículos obtenidos en "tianguis" -mercados de pulgas y librerías de viejo-, documentos como el que tenemos ahora delante: facsímil de una carta manuscrita firmada por Porfirio Díaz –ex presidente mexicano, en respuesta a un pedido de trabajo, de una madre para su hijo, en el que el ex presidente pide conocer "las aptitudes" del joven.
Aquí están alojados sus documentos gráficos; los objetos adquiridos fueron a parar al Museo del Estanquillo, ubicado en el Centro Histórico de la capital. En ambos casos, el mercado de pulgas da cuenta de los miles de turistas extranjeros en busca de antigüedades, pero también de Monsi.
Entre las reliquias, sus agendas. Monsiváis anotaba todo lo que hacía. Cuenta Castrejón que la escritora Elena Poniatowska ha pasado días consultándolas.

Garabatos de gatos: Ellos se llamaban Pio Nonoalco, Carmelita Romero, Evasiva, Nana Nina Ricci, Chocorrol, Posmoderna, Fetiche de peluche, Fray Gatolomé de las bardas, Monja desmatecada , Mito genial, Ansia de militancia, Miau Tse Tung, Miss oginia, Miss antropía, Caso omiso, Zulema Maraima, Voto de castidad, Catzinger, Peligro para México, Copelas y Maullas. Así los bautizaba, ése es su tono. Dibujados con el trazo entrañable de un "monero" (garabateador), con caligrafía de niño aplicado.

Ubicada en una crujía del ala poniente de la Biblioteca de México "José Vasconcelos", la Biblioteca Personal Carlos Monsiváis resguarda y pone al alcance público el acervo personal que formó la mente del escritor.
"Para él –le dedicó Elena Poniatowska en Cronista de un país a la deriva– lo personal vale en tanto lo puede convertir en movimiento de masas. Si no, existe como motivo de risa y de escarnio. Odia los hospitales y no asiste a entierros salvo al de Cantinflas, acompañando a María Félix, al de Pedro Infante o al de Lola Beltrán para ver a la gente llorar. Y poder desternillarse de risa".
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