La literatura y esa capacidad de transportar a lugares más felices (Getty)
La literatura y esa capacidad de transportar a lugares más felices (Getty)

Todo libro es de autoayuda, dijo una vez en una charla un editor español. La autoayuda es un género despreciado por muchos, pero todo libro está en condiciones de brindar, de un modo u otro, algún tipo de consuelo. La idea viene de los griegos: una obra artística produce identificación y catarsis. Un buen texto literario, en realidad, brinda información, entretiene, procura el goce estético e intelectual del lector y puede hacerle bien. Hay muchas formas en las que un libro puede hacer bien: pueden hacer pensar mejor, distraer en momentos difíciles, servir para elaborar procesos emotivos, dar ganas de escribir, brindar alivio al originar empatía con el dolor de los otros, animar a concretar sueños, hacer que uno se entienda mejor a sí mismo mismo o que encuentre palabras para lo que le pasa. Pregunté en Twitter a mis contactos qué es lo que les hacía bien de un libro; hubo muy buenas respuestas, y la que más me gustó fue la del periodista Alejo Shapire: "Los libros que te hacen bien son los que te permiten asimilar el mal. No tirar para arriba, sino hacerte integrar los hechos negativos y el mal de la época. A respirar bajo el agua".

El sentido, finalmente, lo completa al lector, y por eso esta lista de libros que hacen bien es personalísima.

En el camino, de Jack Kerouac (1957)

Imagen de la adaptación cinematográfica de Walter Salles, en 2012
Imagen de la adaptación cinematográfica de Walter Salles, en 2012

En la estela de los decimonónicos Walt Whitman y Henry David Thoreau, Kerouac escribió en notas calientes este diario apenas ficcionalizado de sus viajes con sus amigos por los Estados Unidos. En el camino es un canto al camino, a un país y a la libertad, es el prólogo perfecto para esos años sesenta que se venían y que revolucionarían las costumbres y es un manifiesto para la juventud vagabunda. Su impulso vitalista sigue vigente, y conviene leerlo en el momento justo: alrededor de esos dorados veinte en los que se sale nomás al camino de la vida.

El cazador oculto, de J.D. Salinger (1951)

Jerome David Salinger (Antony Di Gesu/San Diego Historical Society/Hulton Archive Collection/Getty Images)
Jerome David Salinger (Antony Di Gesu/San Diego Historical Society/Hulton Archive Collection/Getty Images)

Otra joya de los años cincuenta que anuncia que el porvenir será de los jóvenes. El Catcher -que también fue traducido como El guardián en el centeno– es En el camino versión neurosis urbana y angustia existencial. Los dos días de Holden Caufield fugándose del colegio y vagando por Nueva York lo convierten en un antihéroe entrañable, campeón de la empatía y la desdicha. ¿Leer el Catcher hace bien? Sí, sin duda: es un libro sobre el miedo a crecer, y Holden es una buena compañía. ¿Adónde van los patos del Central Park cuando en invierno la laguna se congela?, se pregunta Holden, y encuentra la metáfora perfecta para la aventura de hacerse adulto.

Hospital de ranas (1994), de Lorrie Moore

Esta novela de la mejor escritora de escritores del mundo (un dato que le garantiza la inmortalidad) es la síntesis contemporánea del El cazador oculto y En el camino: una narración de aprendizaje adolescente vista desde la lluvia escéptica pero-por-siempre-inmadura de la adultez. Dos amigas pasan un verano terrible e inolvidable que, aunque no lo saben, será el punto al que siempre querrán volver. La música sintáctica y la agudeza emocional de Lorrie hacen definitivamente bien: esta lista podría estar integrada sólo por sus ocho libros de ficción. Autoayuda, escrito a los veintiséis años, sin dudarlo: es un libro escrito en la segunda persona imperativa de la autoayuda tradicional, y a la vez un libro de sofisticación literaria quebradiza.

El camino del artista, de Julia Cameron (1992)

Este es un libro de autoayuda-autoayuda, sin ironía. Da consejos y propone ejercicios muy prácticos sobre cómo liberar la creatividad, regados de invocaciones divinas y frases cortas de aliento anímico. La consigna básica es escribir todas las mañanas tres páginas a mano con lo primero que se te viene a la cabeza. A veces, las mentes complicadas necesitan soluciones sencillas: este libro es una de ellas. Y le viene bien a cualquier persona: todos tenemos un artista adentro nuestro.

La analfabeta, de Agota Kristof (2004)

Agota Kristof
Agota Kristof

Bello título para una autobiografía de escritora. Es un libro mínimo: once capítulos muy cortos en los que esta húngara que murió en 2011 cuenta la huida del régimen comunista rumbo a Suiza, los primeros tiempos como refugiada, su trabajo en una fábrica y cómo logró convertirse en escritora. A veces escribir bien es simplemente hacerlo de manera concisa y clara, pero con astucia y sensibilidad. Estas lecciones de literatura lo son también de vida.

Lunas de Júpiter, de Alice Munro (1982)

A veces la Academia Sueca se equivoca y le da el Premio Nobel de Literatura a un extraterrestre. Fue lo que pasó con Alice Munro, la chica canadiense que llegó tarde a los años sesenta y a la literatura: quizás fue esa demora la que le dejó escribir estos cuentos tan sabios. Una mujer visita a su padre enfermo, otra trabaja en un negocio de venta de pavos y otra revisa las ramas materna y paterna de su familia: las historias son mínimas, pero la emoción es total.

Niños hippies, de Maxine Swann (2007)

Maxine Swann
Maxine Swann

Cuatro hermanos son criados entre la permisividad y la desatención por padres seminómades en los años setenta. A medias entre el hippismo y la disfuncionalidad, los chicos hacen lo que pueden y conforman su sensibilidad. El libro de esta norteamericana que vive desde 2001 en la Argentina puede ser pensado como una colección de cuentos sueltos o como una novela también disfuncional, que encuentra su encanto en esa confusión misteriosa que es la vida.

Cómo ser buenos, de Nick Hornby (2001)

Una médica que trabaja duro lidia con su marido, un amargado con pretensiones artísticas que de repente atraviesa una conversión espiritual. Hornby es un maestro de la ironía tierna; en este libro, le da una vuelta al viejo tema del tedio matrimonial. Los personajes son tan anti heroicos que ni siquiera tienen éxito en su intento de separarse. Reír sin duda hace bien, y es difícil encontrar una página de Hornby que no haga reír.

El buda de los suburbios, de Hanif Kureishi (1990)

Hanif Kureishi y David Bowie, quien hizo la música para la serie televisiva de la BBC2
Hanif Kureishi y David Bowie, quien hizo la música para la serie televisiva de la BBC2

Un chico mitad inglés y mitad indio intenta convertirse en actor en la Londres de los sesenta y setenta. Esta novela semiautobiográfica es un mix de humor inglés tradicional, autoironía de un hijo de inmigrantes y actitud pop. Además de la ternura atorranta y sexual de su alter ego Karim, Kureishi ofrece un retrato atrevido y gracioso de una época en la que todo lo sólido se disolvía en el aire.

La ciudad y la casa, de Natalia Ginzburg (1984)

Es una novela hecha de más de noventa cartas, que dibuja la vida de un grupo de amigos en la Italia de los años sesenta. La magia empática de Ginzburg le da al amor y a las relaciones su forma compleja con palabras simples y personajes honestos. La nafta de los secretos y las fallas alimenta esta historia emocionante que nos mantiene al borde del misterio de la vida.

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