En el Museo del Louvre las obras de arte ya no tienen más secretos

desde París
El perro de bronce del sitio arqueológico de Bavay “bajo la lupa”
El perro de bronce del sitio arqueológico de Bavay “bajo la lupa”

El perro de bronce, una miniatura de 10 centímetros de largo y 5 de alto, parece aterrorizado frente a la inquietante lente de una máquina electrónica de 27 metros de largo y cuatro toneladas de peso.

Como en una novela de Dan Brown, la asombrosa escena se desarrolla en las entrañas del Museo del Louvre, en París. En un auténtico "bunker", a 15 metros de profundidad bajo la pirámide de cristal que ocupa el patio central del museo, funciona un universo cibernético sin comparación con ningún otro laboratorio artístico-científico.

Solo un puñado de personas tiene acceso a ese espacio de casi mil metros cuadrados que cobija el nuevo Acelerador del Gran Louvre de Análisis Elemental (New AGLAE). Uno de los recintos, que se mantiene a temperatura constante, encierra a la máquina. A su lado funcionan las salas donde están ubicadas las consolas de control y las computadoras que permiten intervenir sobre objetos de cualquier material. Nada escapa al ojo sensible de ese monstruo de acero.

El New AGLAE, el acelerador de partículas que puede “desmembrar” una obra en segundos
El New AGLAE, el acelerador de partículas que puede “desmembrar” una obra en segundos

Ese es el antro subterráneo de la única máquina en el mundo que puede descubrir todos los secretos que encierra una obra de arte. Como un sabueso mitológico, ese coloso de la tecnología moderna que "olfatea" al diminuto perro de bronce es capaz de "perforar" la estructura del objeto para determinar su datación exacta, el origen biológico de los materiales, sus componentes químicos, la solidez o los puntos frágiles de la estructura.

La famosa pirámide del Louvre
La famosa pirámide del Louvre

"Para hacer una analogía con el lenguaje policial, se puede decir que el nuevo Acelerador del Gran Louvre de Análisis Elemental (New AGLAE) posee la asombrosa capacidad de hacer 'hablar' a todos los objetos inertes", explica a Infobae —en términos didácticos— Claire Pacheco, doctora en física de arqueomateriales, que dirige el reducido equipo autorizado a realizar ese delicado tipo de operaciones.

El perro de bronce fue el primero en "confesar" sus secretos ocultos.
Por una razón inexplicable, esa joya arqueológica permaneció sepultada durante 17 siglos bajo las ruinas de una antigua ciudad romana junto con otras 365 piezas de bronce, plata y oro. Ningún científico había logrado determinar, hasta ahora, a cuánto se remontan esas esculturas descubiertas en 1969 en las extrañas del sitio arqueológico de Bavay, en el norte de Francia.

Claire Pacheco, estudiando el Júpiter de bronce
Claire Pacheco, estudiando el Júpiter de bronce

Frente a una antigüedad, el New AGLAE actúa como la policía científica en una escena de crimen. "Se trata de reunir una serie de indicios que nos darán las respuestas sobre el origen de las obras", resume a Infobae Didier Gourier, director de estudios de ese departamento que depende del Museo del Louvre y del CNRS (Centro Nacional de Investigaciones Científicas).

Así operaron con una estatuilla de bronce también hallada en el sitio arqueológico de Bavay: "¿Es un Júpiter? ¿De dónde proviene el metal? ¿El cobre es de origen español? ¿Los metales provienen de un solo taller o son recuperaciones de otros objetos que fueron fundidos y reutilizados?", se interroga Benoît Mille, arqueo-metalúrgico del equipo.

La respuesta surge de un bombardeo de protones acelerados a 10% de la velocidad de la luz, lo que significa que podrían llegar a la Luna en 13 segundos. En interactividad con el material que compone la estatua, produce un flujo de rayos X y rayos gama que son analizados en tiempo real por el multidetector New AGLAE, que recibe 1,6 millones de datos por segundo.

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"No solo identifica los componentes, sino que también detecta las trazas de otros elementos presentes a escala millonésima", precisa Claire Pacheco.
Su capacidad de observación es tan minuciosa que puede explorar incluso una soldadura. "Es algo que no me esperaba. Esos detalles nos permiten comprender cómo trabajaban los escultores, que trataban de ser lo más naturalistas posibles", dice aún sorprendida con los primeros resultados.

Todo lo que viene del pasado puede ser sometido al ojo implacable del New AGLAE: "La presencia de un material o las trazas de otros elementos pueden constituir la firma sobre su origen exacto, su fuente geológica (como una mina o un río de lava), la presencia de capas preparatorias o de ciertos adhesivos en la superficie del objeto. Todos esos indicios permiten reconstituir las rutas comerciales que siguió la materia prima o las herramientas empleadas y exponen, como un libro abierto, todo el proceso de fabricación del objeto", explica con entusiasmo Pacheco.

El nuevo instrumental, único acelerador de partículas del mundo exclusivamente dedicado al dominio del arte, es el heredero de la antigua versión inaugurada en 1988 y que ahora —en comparación— parece una vieja locomotora a vapor. Mientras que la vieja máquina apenas tenía una resolución de 50 micrones, el New AGLAE —cuya renovación costó dos millones de euros— permite descender a menos de 20 micrones (20 milésimos de milímetro).

Los científicos, en la sala de control
Los científicos, en la sala de control

No solo el salto tecnológico es fundamental, sino que permite obtener una gran ganancia de tiempo en el vértigo del trabajo cotidiano. Entre otros méritos, el New AGLAE posibilita la automatización del proceso. Esa ventaja no es insignificante cuando se sabe que el Centro de Investigaciones y Restauración de los Museos de Francia (C2RMF en sus siglas francesas) trabaja con más de 1.200 instituciones nacionales de exposición de Francia y analizan un millar de objetos por año, entre ellos unas 350 pinturas sobre caballetes.

La precisión del New AGLAE permitirá analizar, pixel por pixel y con métodos no invasivos, un cuadro sospechado de falsificación, una frágil tela del Renacimiento o los vitrales de una catedral. Además, esos estudios son imprescindibles antes de emprender una restauración a fin de identificar los colores originales, el proceso de envejecimiento de ciertos matices o las características que presenta el trazo de pincel de un determinado maestro de la pintura universal.

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Gracias al instrumental del Louvre, un estudiante que preparaba su tesis doctoral pudo descubrir los mecanismos químicos que provocan el bronceado de los pigmentos a base de cobre, que dan esa tonalidad oscura tan particular a las telas del Renacimiento. Otro estudio resolvió el problema de un hongo pertinaz que ataca las telas conservadas en el ambiente húmedo de las iglesias y que, poco a poco, vela las imágenes hasta hacerlas desaparecer por completo. Ese estudio le permitió descubrir la forma de devolverles el brillo original.

“La restauración es una operación a mitad de camino entre el arte y la ciencia”, afirma Claire Pacheco.

Algunos aparatos del laboratorio del Louvre fueron miniaturizados para ser transportados: el MoLab (Mobile Laboratory) se desplaza habitualmente a sitios donde existen tesoros imposibles de transportar, como frescos de iglesias o las paredes ornadas de las grutas prehistóricas. Gracias a toda esa tecnología de punta, el arte tiene cada vez menos secretos y, poco a poco, empieza a develar los enigmas de su historia.

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